Betsy Pecanins. Una entrevista

Foto: Antonio Nava

Luis Eduardo Alcántara // 

Diciembre 2016

El primer concierto que disfruté de Betsy Pecanins ocurrió en agosto de1982. Dentro de las jornadas del 4o Festival de Blues en México, desarrollado en las viejas instalaciones del Auditorio Nacional, cierta noche apareció sobre el escenario el cuarteto formado por Roberto Aymes en el contrabajo, Andreas Luscher a la batería, Big Rigoberto en el requinto y en las vocales, una chica menudita de larga y pelirroja cabellera que generó encendidos aplausos no tanto por el repertorio que uno esperaría fuera utilizado en eventos así -blues ortodoxo, en sentido estricto- sino por sus apasionadas interpretaciones y los arreglos empleados que viajaban del jazz al blues, y del canto nuevo a la rumba flamenca.

Desde el principio Betsy puso en claro la integración de culturas que fue algo característico en sus espectáculos y en la manera de entender el arte.

El pasmo inicial de los concurrentes fue tornándose, con el paso del tiempo, en una feligresía que iba creciendo conforme conseguíamos discos suyos o la encontrábamos anunciada en carteles de eventos distintos.

A pesar de haber nacido en Yuma, Arizona, Betsy Pecanins comenzó en la música a los 17 años, en un “café concert” de Barcelona, llamado Cova del Drac. En dicho sitio ya habían desfilado antes estrellas de la talla de Joan Manuel Serrat y María del Mar Bonet, pero la chiquilla no sintió temor cuando decidió lanzarse al ruedo, iniciando de esta forma sus pininos en el ambiente musical catalán. “Para mí el canto y la música son necesidades vitales. No puedo hallar significado a la vida si no existe la música o no tengo la posibilidad de cantar”, me confesó Betsy hace algún tiempo, sentada cómodamente frente al enorme balcón de su departamento en el edificio Condesa, mientras la luz de la tarde caía sobre su mirada lánguida y penetrante, como la música que la habitaba.

Siempre atenta y generosa, de buen modo contestaba las preguntas que buscaban desentrañar la clave de la producción artística: “Cuando estoy en este proceso, ya sea con poetas o con músicos, lo que hacemos no es blues, ni estrictamente rocanrol o nueva canción, es una fusión de varios géneros que da como resultado una obra estrictamente personal, cargada, eso sí, de influencias muy evidentes. Puedo organizar un concierto con canciones de Gershwin, un disco con boleros tradicionales, o colaborar con gente que esté trabajando materiales de López Velarde o Lucha Reyes; lo que hago en cada una de mis obras y presentaciones, es una combinación de estilos e influencias, aunque las raíces visibles sean el rock y el blues”.

Los recuerdos de aquellos años juveniles surgían con naturalidad: “Mi adolescencia –de los trece a los 23 años- la pasé en Estados Unidos, México y Barcelona. No me estabilicé en ninguno de ellos, sin embargo, fue una época de mucho aprendizaje, de irle perdiendo el miedo al público, de cantar en todo tipo de lugares, bares, universidades, pequeños foros”. Para ella, México siempre fue una raíz central: “El folclor campirano y el bolero citadino son géneros muy fuertes, muy del alma, de sentir el amor y el desamor que nos produce la vida, son una especie de grito que al sacarlo afuera, nos ayuda a aliviarnos y a seguir existiendo”.

NATURALEZA DEL BLUES

Sobre por qué el blues es el género de mayor penetración, la también productora tenía razonamientos claros. “Nací en Estados Unidos y allí es una forma musical muy fuerte, que siempre estuvo clavada en el alma, pues la producen los hombres de raza negra. En este tipo de manifestaciones hay varios géneros, el soul, el gospel, el jazz pero sobre todo el blues, que para mí es el género que los reúne a todos”. Cuando Betsy decidió radicar en México definitivamente, en 1977, consideraba impropio cantar temas en inglés, por la barrera natural del idioma, pero a medida que el tiempo pasó, y de que la gente empezaba a conocer más del cadencioso ritmo por el trabajo que efectuaban artistas como Javier Bátiz, Guillermo Briseño, Follaje o Real de 14, grupo muy cercano a ella durante la primera época, lo natural fue que incluyera temas así en discos y conciertos. “Es la razón por la que también canto rolas en inglés, que es el idioma natural del blues: Si no lo hago, la gente me lo exige, especialmente en canciones como I’m a Woman, que es una pieza tradicional de Muddy Waters”. (*)

Era cosa natural vincular a Betsy en proyectos artísticamente arriesgados. Hubo ejemplos concretos. La recordamos, en principio, en aquel tributo a los Beatles, con arreglos especiales tanto para piano como cuerdas, y vocalizaciones conmovedoras en torno a melodías emblemáticas de Lennon y McCartney. Después vino un disco muy premiado, “El efecto tequila”, en el que estableció arreglos de música clásica a boleros famosos, con adaptaciones especiales dentro del formato del blues, es decir 12 compases a cuatro cuartos.

Apoyada por el pianista Guillermo Briseño, en el “El efecto tequila” trabajó melodías conocidas del folclore popular en un sabrosísimo ambiente de blues matizado con cuerdas, armónicas y teclados. Después surgió la posibilidad de vincularse con el director de cine Arturo Ripstein en la película “La reina de la noche”, cuya encomienda fue notable, cantar el repertorio de Lucha Reyes, considerada la jefa de la música ranchera: “Creo que logré el objetivo pues la tesitura de mi voz alcanzó las fuertes notas agudas que eran características del estilo vocal de Lucha”, detallaba orgullosa.

Pero ¿cuál es la diferencia principal entre dos géneros hermanos como son el jazz y el blues? La experimentada cantante detallaba: “Tienen raíces parecidas, pero nada más. El jazz empieza más bien siendo instrumental, pero tiene otra historia, aunque también brota de la esclavitud. El blues, por otra parte, es más lamento, tiene inclusive una forma musical cerrada, presenta otra evolución, ahora el blues va encaminado hacia el rock, es más eléctrico”.

Fue entonces cuando le recordé una frase de Julio Cortázar, rescatada en alguno de sus libros: Escuchara Billie Holliday era una tristeza hermosa que daban ganas de acostarse y llorar de felicidad. El campo quedó abierto para que Besty profundizara: “Por supuesto, es que Billie Holliday cantaba el blues de una manera muy profunda, aunque luego cantó mucho jazz. En esa época, que también es la época de Bessie Smith y de otras, a las cantantes de blues las acompañaban bandas de jazz, entonces fue un momento muy fusionado, una especie de música que nacía para amenizar espectáculos de vodevil, pero siguen siendo géneros muy diversos. El jazz es menos lamento, puede ser más festivo, más abstracto, lo que no sucede con el blues, que dentro del dolor, logra que nos burlemos de nosotros mismos y entonces viene la catarsis”.

El canto del ave phoenix calló para siempre el pasado 13 de diciembre, después de haber recibido en vida numerosos reconocimientos, como el ofrecido en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris el 29 de agosto de 2015, por su rica trayectoria como compositora e intérprete.

(*) La versión de I’m a Woman que Betsy solía cantar, estaba basada casi por completo en la adaptación que hizo Koko Taylor del tema “Manish Boy”, que a su vez fue una adaptación que hizo Muddy Waters del verdadero corte pionero: I’M a man, de Bo Didley.

 

 

 

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