Eusebio Ruvalcaba: jirones de vida y belleza

Miércoles 01 de Abril 2015. En el marco del 9o Gran Remate de Libros del Auditorio Nacional se realizo la charla Libros para Sobrevivir con Eusebio Ruvalcaba y Arturo Borja. Foto: Antonio Nava / Secretaría de Cultura.

Luis Eduardo Alcántara //

En cierta ocasión le preguntaron a Eusebio Ruvalcaba cómo explicaba que gran parte de su público lector fueran jóvenes algo distantes de los temas de matrimonio y paternidad que permean en las narraciones que escribe, a lo que el autor de la novela “Un hilito de sangre” respondió franco y espontáneo: “Porque los chavos quieren que uno les hable sobre la vida; no sé, quizá en su casa nadie los pela. Alguna vez yo también tuve 17 años y hubiera querido que alguien me dijera a qué huelen las mujeres, incluso antes de experimentarlo en carne propia”

En otra oportunidad, mientras dictaba una conferencia sobre literatura contemporánea en conocida preparatoria, Eusebio despidió cortesmente a los estudiantes: “Yo a su edad no perdía el tiempo viendo y escuchando a un autor que ni me interesa. Mejor váyanse a hacer el amor, armen una fiesta, diviértanse cómo mejor les plazca, porque cuando alcancen otra edad y tengan otras responsabilidades, a lo mejor ya no tendrán tiempo para hacerlo ni ganas tampoco”.

Nacido en Guadalajara en 1951, la música clásica sonaba todo el tiempo en casa. Hijo de la pianista Carmen Castillo y del violinista Higinio Ruvalcaba, el amor y el disfrute por autores clásicos quedaron reflejados en decenas de poemas y de artículos periodísticos dedicados a Schumann, Brahms, Strauss, Haydn, Paganini, Mozart. En una famosa crónica desarrollada al interior de una pulquería, acompañado por hermosa hembra que atraía miradas como abejas en panal, patentiza la fuerte admiración por Ludwig van Beethoven:

“Hoy, 9 de abril, concluyo el curso de apreciación musical que estoy dando en la Fonoteca Nacional… Es lo que yo vine a hacer al mundo. A compartir mi amor por la música. Cada curso lo consagro a un tema, a un compositor, a una modalidad. Esta vez estuvo dedicado a Beethoven. No me canso de admirarlo por encima de cualquier otro. Lo maravilloso de él es que no nada más su música es sublime, vigorosa, telúrica, que enriquece el alma y provoca una elevación espiritual en el acto mismo de escucharla, sino que además su vida es ejemplar… siempre solo, siempre aferrado a la soledad”.

 Soledad, trago y literatura fueron constantes en la vida de Eusebio, pero no la soledad vinculada al asceta o al ermitaño, no, puesto que siempre estuvo rodeado de infinidad de amigos, discipulos y cómplices nocturnos, sino del individualismo vital frente al proceso creativo, el olfato para marcar distancias cuando es menester hacerlo. “Tengo un lado ultra fresa que me permite detectar situaciones en las, cuando estoy francamente alcoholizado,

 prefiero dormir o largarme de ahí. Siempre traigo dinero para un taxi, es la ley de la vida para que te vaya bien”. Una copa más, pero no con cualquiera.

Lo mismo que Carlos Fuentes durante la época universitaria, Ruvalcaba descubrió en Fidór Dostoyevski al más fecundo héroe literario, el maestro de la psicología humana y del realismo social. La crítica habitual, sin embargo, insistía en colocarlo en la misma esfera de Charles Bukowski, por la evocación constante hacia el alcohol, mujeres e historias trágicas. Sobre el autor de la “Máquina de Follar” encontramos elogios evidentes:

Has dejado muchas y largas noches.
Páginas desafiantes de belleza,
en las que aún es posible percibir
tu execrable tufo.Caídas, azoro, pudor —nadie como tú
ha escrito en forma tan elocuente del pudor—,
jirones de vida,
bares en los que campea el último trago.
Balzac habría besado tus labios
—Mozart también.
Bukowski, déjame terminar este vaso de whisky
antes de correr a tu lado. No me dejes solo.
No ahora.

Bebedor solitario y mujeres cuarentonas

Desde la tersa noche lo imagino acodado en la barra de un bar, degustando una copa de tinto mientras algunas moscas caminan en el

brazo arquedo sin que él sea capaz de espantarlas. Al igual que Tito Monterroso, las consideraba seres superiores, especiales. Desde el picor de la botana o de la fraternidad de la hora del amigo, Ruvalcaba establece las reglas básicas para cualquier bebedor que se precie.

“El bebedor solitario disfruta cada copa como si fuera la última. Porque en efecto lo es. Que al bebedor solitario le tiemble la mano le da igual. Excepto si es él mismo quien lo descubre. La máxima distracción del bebedor solitario está en ver cómo se deshacen los hielos en su trago. El bebedor solitario pide lo mismo cada vez que se sienta a beber. Esa cuba, ese vodka, ese tequila, es su única compañía. Sabe que no lo traicionarán. El bebedor solitario no funciona en una cantina vacía. Paradójicamente, necesita público alrededor para ser solitario”.

Acostumbraba tener una libreta a la mano para escribir en el momento en que la inspiración aterriza. Con “Un hilito de sangre” ganó el Premio Agustín Yáñez a primera novela en 1991, pese a que antes ya había publicado un par de libros de poesía. La novela narra la odisea personal de un joven que tras ir en busca del amor, encuentra de manera cruda el lugar que la sociedad le tiene destinado. Violencia, sexualidad y desencanto por la autoridad -encarnada en padres y escuela- son los mecanismos que el autor utiliza para llevarnos de la mano por la vida de éste personaje,

Con el mismo título escribió durante varios años una columna en la revista La Mosca en la Pared, que sumado a sus numerosos ensayos, cuentos, obras de teatro, novelas y actividad como generoso tallerista, labraron una trayectoria muy querida dentro de las letras mexicanas de las últimas décadas. A la memoria vienen libros como “¿Nunca te amarraron las manos de chiquito?”, “Desgajar la memoria”, “Pocos son los elegidos perros del mal”, “Todos tenemos pensamientos asesinos”, “Desde la tersa noche”, “Atmósfera de fieras”, “Con olor a Mozart”, “Homenaje a la mentira”, “Jueves Santo” y “El portador de la fe”.

O bien ese compendio de disfrute erótico y lúdico, sin desperdicio alguno, llamado “Las cuarentonas”, donde los protagonistas son el liguero, el brasier, la falda, el sudor, las posiciones, la seducción, el deseo, la noche, las malas palabras, los tacones. Alguna vez confesó haberse enamorado de verdad unas veinte veces “pero la mujer en quien actualmente he vaciado mi gozo, podría jurar que es el amor definitivo. Finalmente me tocó llegar a una isla donde soy aceptado”.

Hace tiempo, Eusebio sorpendió en una entrevista al fijar su muerte a los 67 años, al igual que Brahms. El destino tomó otra decisión y adelantó la cifra a los 65, como dice la canción de los Beatles. Luego de varias semanas de hospitalización por hematoma cerebral, el colaborador habitual de la sección cultural de El Financiero, pierde la batalla el pasado 7 de febrero. Quienes lo conocimos brindamos por su memoria ese día, jornada plena de testimonios cariñosos y condolencias. Ante lo inevitable lo mejor es retomar de nuevo sus palabras y cerrar la semblanza con algo que de seguro aprobaría: “Dicen que a Beethoven se le mira en el paraíso haciendo música. Que es incontenible. Nadie lo invitó y está ahí. Nadie le dijo ven y está ahí. Rodeado de ángeles, arcángeles, santos y querubines, vírgenes y mártires cuya misión es distraerlo. Conducirlo por caminos equívocos. Las hojas de la música que deshecha, las arroja al vacío. Son las nubes que vemos pasar”.

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