Mi operativo de búsqueda

© Butcher Billy

Luis Eduardo Alcántara //

La orden de Mariana resultó tajante: “Tú verás cómo le haces pero lo encuentras rapidito. Me dijeron que ya existe, que ya circula en varios lados. ¿Te imaginas la cara de la embajadora gringa cuando yo se lo lleve? Vaya regalazo. Si los burros de la bancada metieron zancadilla, nosotros corregiremos tal ofensa. Faltaba más. Haz algo de provecho, carajo, gánate el bono de fin de año y salte a reportear”.

Conocí a Mariana en la escuela de periodismo. Tras una amistad discreta marcada por diferencias ideológicas -según ella tengo espíritu de comunista primitivo- a los dos nos recomendó el director para entrar a trabajar en el Congreso y hoy estamos en la sala de prensa. Yo redacto boletines y ella es mi jefa inmediata. Beneficio de acostarse con patrones, supongo. En diciembre el trabajo queda suspendido, las sesiones expiran, los reglamentos enmudecen. Millones de pesos repartidos en aguinaldos y obsequios fatuos. El dichoso encargo debería estar para antes del día 15, fecha en que los diputados emigran hacia destinos turísticos.

En principio decidí buscar antiguas amistades, viejos conocidos del submundo laboral y fiestero. Encontré a Chester muy quitado de la pena por los rumbos de Jamaica. Como buen ayatero seleccionaba para sí toda clase de artículos, objetos robados la mayoría. Nos abrazamos como dos náufragos en tierra firme.

-Años sin verte Ricardito, mira que no cambias ¿eh? sigues con tus temas llamativos- sonrió y sus dientes de platino contrastaron con el negro intenso de la barbita de candado-, bueno pues entonces te voy a recomendar lo siguiente, abusado. Vete por Artículo 123. Entre los puestos callejeros de regalos es posible que encuentres algo interesante, aunque yo dudaría, quizá sean simples rumores, si fuera cierto yo tendría alguno aquí en mi tinglado- y señaló con su uña amoratada la manta sobre la que descansaban botellas de whisky, libros usados, teclados de computadoras, relojes, bocinas restauradas.

Tuvo otra sugerencia: “Mejor busca a Tavira, él conoce a medio mundo entre líderes informales. Ahorita vende películas en el mercado 2 de abril. Luce irreconocible, bastante obeso. No olvida cuando lo sacabas de chirona”.

De la línea café del metro transbordé directo a la azul y de allí a la verde. Salí en la estación que ronda el barrio chino. Sentí hambre, seleccioné un restorán cantonés y entré para ordenar chop suey y cerveza. También wonton. Ya satisfecho procedí a husmear entre la mercadería colocada en expendios saturados de cuanta ocurrencia existe en éstas fechas, con resultados ínfimos. Derrota a la vista. Continué la búsqueda hasta muy lejos. Puras negativas. Ningún comerciante tenía datos concretos sobre el objeto ansiado. Así llegué a Balderas. Desanimado opté por visitar mejor el Negresco y de la hora del amigo continué de filo tomando cubas hasta que la tarde pardeaba y en la tele de la cantina desfilaban puros infomerciales.

Decidí irme a casa y continuar la investigación al día siguiente. Quise enviar a Marcela un whatsapp con la relación pobrísima de resultados y descubrí que tenía diez llamadas perdidas, todas suyas. La dejé picada, no dije ni pío. A la señal del despertador percibí bríos renovados. Vaporazo de por medio quedé repuesto y empecé a trazar planes. Mientras revisaba el periódico y tomaba tazas de café descubrí algo terrible, Washington exigirá satisfacciones a la diplomacia mexicana. Urgía encontrar aquello.

Una hora después apareció Epigmenio Tavira entre la esquina de Eje Central y Teatro Hidalgo. Venía parsimonioso, con un bonche de películas piratas en el brazo y noventa kilos de carne desparramada. Recordé a los budas del día anterior en Dolores. “Sabes amigo, ya no vendo en el Chopo -señaló cabizbajo-, los puesteros oficiales andan de hojaldras, si no eres asociado, pelas”, reconoció el gordo con voz solemne. “Mira te voy a dar una exclusiva, nomás por los favores del pasado, que conste. Busca a los Piñateros de Sonora, ¿recuerdas la dirección? atrasito del mercado, a la altura de Fray Servando. Sé de buena fuente que allí es la fábrica. Ahorita es top secret, mañana quien sabe, dominio público”.

Tenía razón. En el gran lote baldío de San Nicolás encontré más tarde aquél viejo paisaje. Barracas desarmables transformadas en intenso taller artesanal, ollas de barro amontonadas en el piso, engrudo hirviendo, reguero de papel estaño y cartón modelado por decenas de individuos.

-Lo que usted busca tiene sentido, don Richard, créame, diré sin embargo que ese artículo lo tenemos confiscado hasta nuevo aviso.. pero por tratarse del Congreso.. a ver.. sígame..- explicó el encargado del lugar bastante turbado por mi credencial sellada con tremenda aguilota. Llegamos a un cuartucho miserable en donde trabajaban varias personas en la restauración de niños dios, y otros más coloreaban a detalle reyes magos, el arcángel, San José y demás aldeanos en conjunto, pero lo interesante consistía en otro grupo de imágenes terminadas.

“Qué mejor prueba de amistad entre países que incluir al restaurador del orden en la más añeja de las tradiciones mexicanas, el nacimiento. Si los diputados revoltosos hicieron escarnio de él a piñatazos, hoy los hogares aztecas comparten gustosos el pesebre”, la absurda tesis de Mariana adquiría visos de realidad mientras analizaba incrédulo el diminuto traje sastre manchado de tonalidades ocres en los costados, apéndice misterioso detrás, ceño fruncido y a la salida de las sienes, agujas por encima del abultado copete amarillo, dos equidistantes cuernitos.

En la madre, Donald Trump es el nuevo pingo del nacimiento, el diablo coludo y panzón, enemigo público de pastores ilegales. No creo que Mariana esté enterada del agregado único de cornamenta y rabo. ¿Se imaginan el rostro de la embajadora cuando abra el regalo y observe a su futuro jefe convertido en el mismísimo señor de los avernos, y además zurrado por la vaca del pesebre? El filo de la venganza asomó colmillos brillosos. Mariana será cesada, el imperialismo humillado y yo emergeré airoso en nuevo puesto de mando.

-¿Y entonces patrón? ¿va a llevarlo o no? mire que el riesgo que tomamos debe ser suplido por publicidad-. La voz del artesano encausó en definitiva la acción. Claro que sí mi estimado, échelo para acá, ahorita es top secret, dije, pero mañana quién sabe, dominio público tal vez ¿cuánto me dijo que cuesta?

 

 

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