Artemio Rodríguez y el sueño michoacano

Raúl Eduardo González

 

Artemio Rodríguez (Tacámbaro, Michoacán, 1972) es un observador perpetuo. La vida pasa con aparente prisa pero con gran intensidad para él; como migrante, sabe que para el viaje —sea este una odisea o el devenir cotidiano— hay que ir ligero, hay que aprovechar cada elemento, cada forma, cada emoción, cada sombra, cada rayo de luz… Hay que tener, eso sí, adonde volver: la comunidad, el rancho, el taller, la casa, la tierra propia. Artemio tiene un punto de salida y una llegada: ha buscado por el mundo para ir encontrándose a sí mismo, no como el artista en pos de un renombre, sino como el ser humano que sabe que tiene mucho que prodigar con sus manos, con su obra, con su magisterio, y con el diario estar en casa y en el mundo, consigo mismo, con sus alumnos, con su esposa y con su hijo. Desde su lugar bien plantado, se aventura en la representación, en la enseñanza y en el aprendizaje de quien tiene algo que decir.

La esencia de la vida de Artemio Rodríguez es y ha sido siempre la creación; como se dice en el campo, no se sabe estar quieto. Las ideas permanecen apenas un poquito en su cabeza, y muchas veces antes que aparecer platicadas ya están figuradas en blanco y negro. Sus manos revelan formas que evocan la realidad y que se desenvuelven en trazos exuberantes, en los que la luz de la gubia va transigiendo apenas con el negro esencial de la madera y el linóleo, la sombra abigarrada que se revuelve en texturas, pliegues y formas vegetales, y que caracteriza el estilo de Artemio.

De su transcurso cercano o remoto, el migrante trae mil imágenes y mil ideas. A veces estas llegan de fuera, en un verso, en un relato, en un inesperado sueño. El artista reflexiona —y esto es lo sorprendente— en fracciones de segundo: el proyecto deja de serlo en cosa de un instante cuando Artemio pone manos a la obra y aquellas figuras evanescentes empiezan a tomar forma en su constitución especular; no son aún sino un dibujo efímero, en plena construcción, que merced al lápiz y a la gubia se van aventurando en la placa de linóleo. El grabador talla la luz con serena impaciencia; la mano es guiada por el oficio y aquellas sombras que distinguió con los ojos, con la imaginación, encontrarán la tinta horas después, y se harán líneas en el papel que las acoja.

Ha desarrollado su oficio durante más de veinticinco años, y en este lapso ha forjado una imaginería que ciertamente es deudora de grabadores mexicanos como José Guadalupe Posada y Manuel Manilla, como lo es también del paisaje tacambarense; se ha formado en la ilustración de libros impresos con tipos móviles en el Taller Martín Pescador. Más allá de estas influencias y diálogos que han discurrido por su trabajo, Artemio ha forjado un estilo propio, que parte de los discursos y géneros tradicionales mexicanos, pero que establece su visión particular del mundo actual.

Aparecido originalmente en el año 2006, bajo el sello de La Mano Press, el libro American Dream vio su segunda edición en el 2012, publicado por Editorial RM. Básicamente, el volumen recoge una buena muestra de la obra gráfica de Artemio, desde sus primeros grabados, hasta los aparecidos hacia 2004 —e incluyendo otros posteriores en la segunda edición, para abarcar prácticamente cuatro lustros de obra gráfica. El volumen presenta además dibujos, fotografías y textos —excluidos en la segunda edición— que dan testimonio de la labor de este artista, que a los 45 años se ha convertido, sin duda en un exponente singular del grabado mexicano del siglo XXI. Como él mismo se

ñala en la primera edición del volumen: “Este libro es como una exposición retrospectiva, pero portable y permanente, que espero sirva de inspiración para muchos” (56).

El título y buena parte de las imágenes remiten, por supuesto, a la experiencia migrante, que Artemio vivió, como tantos otros michoacanos, originalmente, cuando fue a California como pintor de casas, en el año de 1994; en las obras incluidas se aprecia la confrontación que el artista emprende con el imaginario de quien ve más allá de la frontera un paraíso que se entregará de forma incondicional a quien tenga la osadía y la fortuna de trascenderla. En su propia experiencia, y en sus imágenes, Artemio Rodríguez presenta el desencanto de los migrantes que, a cambio de unos dólares, se encuentran con una realidad que no los recibe con beneplácito; como lo señala el estudioso Philip Garrison en su libro Porque me faltan alas (2009) en los años recientes más que nunca resulta evidente cómo las autoridades y los medios informativos estadounidenses tienen “una mentalidad predispuesta a ver a la gente [de México] como una masa que los Estados Unidos del siglo XXI no se atreve a acoger en su seno” (19).

Así, el artista presenta estampas en las que la realidad evocada es, más que nada, una mera causa: bajo la apariencia de realismo y la pretendida sencillez de las figuras, hay por lo general un discurso subyacente que echa a andar una serie de principios encontrados

: dicotomías como la de la realidad y el sueño, la riqueza y la pobreza, la vida y la muerte, cuyos límites aparentemente claros sucumben en las estampas de Artemio. Rodeados por la ambición y el fracaso, el deseo y la frustración, los personajes suelen quedar a medio camino, presos de su propia ensoñación, extraviados en el tránsito perpetuo, que les lleva la vida.

El sueño americano que Artemio refiere es, ciertamente, el ansia de migrar, el afán de superar una realidad adversa más allá de los límites de la tierra propia, en el norte, en el promisorio sitio de las oportunidades y las deudas pagadas, del riesgo cotidiano del cruce y la migra, del prejuicio y la persecución, pero, asimismo, es el sueño de encontrar una realización ante la marginación y el olvido que el campo mexicano otorga a los lugareños; es la muestra de toda una realidad negada: la de la migración y las remesas que hoy por hoy sustentan la economía de un país que los expulsa prácticamente sin más oportunidades, y de otro que los recibe a regañadientes, como un mal necesario e, incluso, como un chivo expiatorio que cifra todos los males de una economía en crisis.

Luego de su experiencia migrante por Estados Unidos, Artemio regresó definitivamente a su natal Tacámbaro en el año 2007; sin dejar de lado su obra creativa de artista gráfico e ilustrador, se ha dedicado, con el apoyo de su compañera Silvia Capistrán, a impulsar proyectos editoriales, de promoción de la gráfica y de difusión cultural, a través de su editorial La Mano Press, de los talleres de gráfica para niños y jóvenes que establecieran en su pueblo natal, en El Huerto (2007-2008); luego, en el Espacio Cultural La Paloma, ubicado en el centro histórico de Tacámbaro (2011-2013), y desde hace dos años en la galería La Mano Gráfica de Pátzcuaro, y en el Taller de Grabado de Santa Ana Chapitiro, inaugurado hace un año, donde han impulsado proyectos de producción y residencias artísticas, tal como han hecho en los diversos proyectos que llevan a cabo con jóvenes.

Nos podemos imaginar los tránsitos que este artista, hoy hecho y derecho, aun a pesar de su constante reinvención, vivió durante su juventud, del campo a la ciudad, de la agricultura al aula de agronomía, de una cultura de tradición oral a la imprenta más sofisticada —el Taller Martín Pescador, del impresor Juan Pascoe, ubicado en Tacámbaro—, de México a Estados Unidos, y de regreso. Podemos imaginarlo, dotado a veces de libreta y lápiz, contemplando y tomando nota de cuanto veía, callado y perceptivo, como es. Esos devenires se traslucen en la formación del grabador, pero, sobre todo, han abierto una vía libre en su ruta creativa, en uno y otro sentidos, de manera que donde quiera que ha estado ha dejado una impronta creativa y de formación de nuevos artistas.

En todas estas labores late el sueño de Artemio de contribuir a que los jóvenes michoacanos encuentren en el arte una alternativa estética y económica, un medio de vida que los arraigue virtuosamente a su tierra, para poder evitar así el tránsito por los hoy por hoy anchos y riesgosos caminos de la expatriación y la delincuencia. Se trata, pues, del migrante que regresa y prodiga. No sabemos adónde lo llevarán sus próximas travesías, pero sí que a través de su obra y su enseñanza ha dejado huella de la gráfica y la cultura popular en su comunidad y en otras regiones de Michoacán y de México, con jóvenes que ven y escuchan su realidad de otra manera, y que pueden representarla con las herramientas del dibujo y el grabado, tal como Artemio lo ha hecho a lo largo del último cuarto de siglo.

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