El retorno de Prometeo a la tierra

Miguel Tonhatiu Ortega

Bien se deben regresar estos temas a

la mente colectiva, a los sueños colectivos

y a las formas que emanan del arte.

Ése es el propósito de cualquier libro.

                                                                                         Anónimo

 

Robert Graves en 1955 afirmó en una recreación de los mitos griegos, específicamente, que permitió al lector de otro continente como yo, acercarse de forma sencilla a las posibilidades que ofrecen cada una de estas narrativas antiguas. Se puede fácilmente situar el caso de la explicación de Prometeo a través de ellas. Comenzaré por la una frase que involucra tanto al titán Prometeo como a su esposa Pandora: “A pesar de todo, la Esperanza falaz, que Prometeo también había encerrado en el ánfora, les convenció de sus mentiras para que no cometieran un suicidio general”[1]. Así comienza la historia de la humanidad, esta cita aclara la actitud autodestructiva y de salvación que cohabitan en el mismo ser humano: la esperanza falaz. Cierto es, al comenzar la urdimbre de este texto por el final, emerge una incógnita necesaria: ¿cómo explicar a Prometeo y el ánfora de Pandora[2]? Pandora decide o no se da cuenta que ha quebrado el ánfora para liberar los malestares que aquejan al hombre hasta nuestros días. La liberación de todos los malestares también vino acompañada de la llamada Esperanza falaz. De forma indiscriminada, es probable que Prometeo depositara en la mencionada “Esperanza falaz” la única vía posible para rescatar al hombre de su propia miseria: de su “ser para la muerte”. Como única verdad posible, según la inteligencia tradicional de México, sea la muerte vertida en frases y dichos populares. Sin embargo, ése no es el propósito de este texto.

La acción de Prometeo al robar el fuego del Olimpo y dárselo al hombre, fue sentenciada ante el “ánfora de Pandora”, un evento que refleja una inmensa piedad filial al hombre como especie. Por recapitular el mito, se puede hacer una aproximación sintética que sólo abarque las formas generalizadas de su narrativa para entenderlo mejor: Prometeo, el titán encadenado por robar el fuego a Zeus, nació en suelo Escitia y fue condenado en el Cáucaso, donde permaneció por siglos atado por Hermes (el dios mensajero) con cadenas que forjó Hefesto (el dios herrero); todo ello, en espera de que un buitre le devorase el hígado por cada día, hasta el resto de la eternidad. El pecado de este fabuloso titán fue engañar a Zeus y hurtar el fuego creador del Olimpo para obsequiarlo a los hombres y con él liberar la capacidad artesanal y técnica que permanecía dormida en el hombre: el arte y las ciencias. El fuego acompañó al hombre durante siglos en su irreductible capacidad de adaptación y dominio de la naturaleza: evolución, en breves palabras. El hombre, por su parte, ignorante del destino del dios y refugiado en su ego infantil que se encontraba en penumbras, aunque por siglos lo olvidó, finalmente, logró escuchar la leyenda de su liberación en manos del hijo de Zeus: Hércules. La raza humana, ya multiplicada por todas partes, nos encontramos ajenos al destino del dios. La libertad de Prometeo, tocar el tema, abrirlo y debatirlo en las plazas, suele estimular la libertad humana desde la filosofía y hasta la frágil conciencia colectiva. Así lo cita Camus después de la lectura de Prometeo, Luciano (158 a.C.) con la cual inaugura la crítica sobre la humanidad de los dioses. En esta tragedia, la última notica que tenemos es el rescate de Hércules (Dios flechador hermano de Hermes) que asesinará al buitre (o águila) y romperá las cadenas del titán. A su vez, Percy B. Shelley con Prometeo Liberado (1820), mostró, con una obra que se ha convertido en clásica, el enfrentamiento del pasado heroico ante el dilema de la identidad; sin desearlo, hace de este personaje mítico un ícono del mundo moderno.

Precisamente el Prometeo liberado (1820) sería multiplicado como un ícono plausible de la humanidad: ya que el dios expuesto a sus atavíos en la roca del Cáucaso sería liberado por Hércules al final, después del suplicio que fue orillado a recibir por conceder a los hombres la libertad del fuego. La liberación de Prometeo reestableció el equilibrio entre hombres y dioses, lo que permitió la supervivencia por siglos de la humanidad.

Sin embargo, la única variante escrita por Shelley sería aquella que lo aleja de Esquilo, la imposibilidad de reconciliación entre el titán y el dios del olimpo Zeus.

Esta versión se ve transfigurada a partir de un ensayo de Albert Camus sobre el titán (“Prometeo en los infiernos”, 1946), justo en pleno fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo apenas estaba en proceso de reconstrucción espiritual y material. La versión de Shelley aporta la no retroactividad de la amistad entre Zeus y el Titán, así como su liberación para el bien humano, sin embargo, esta liberación en el texto de Albert Camus será en un territorio hostil: huella indeleble de los campos de la guerra. Tenemos que esperar hasta el siglo XX, cuando A. Camus refrenda la imagen del dios lo hace desde el infierno de la guerra. “Prometeo en los infiernos” (El verano, 1946)[3], es un texto que oscila entre el diario de viaje, memorias y el ensayo, en él Prometeo aparece convertido en víctima de un campo minado, muerto por el gas y los incendios. A pesar de ello, Prometeo nunca fenece, más bien queda disuelto en los restos de humanidad que le sobreviven en ruinas por la guerra; se sabe resuelto a proveer al hombre futuro de esa Esperanza Falaz, de recuperar la inútil existencia humana a través de la existencia absurda. Sería preciso reconocer el sitio al cual ha regresado el dios a su retiro, después de salvar lo que aún latía en lo humano y proveerlo de nuevas armas esperanzadoras. Aun, el mismo Graves ofrece pistas para descifrar cierta nomenclatura de Prometeo, el texto reza: “(en) una mala interpretación griega de la palabra sáncrita Pramatha, la svásttica, o taladro de fuego, que se suponía había inventado él, pues el Zeus Prometeo de Thurii[4] era representado sosteniendo un taladro de fuego”.[5] Aunque puede considerarse al dios originario de la India por el sentido de la palabra Pramatha “previsión” y este dichoso atributo también se le puede atribuir a Zeus y por supuesto a las colonias griegas que pertenecían a la Magna Grecia en las Polis del sur de Italia.[6] Tal cual lo explica Graves que lo mira como un héroe indoeuropeo (un dios migrante). Como ya lo afirmé, Hércules termina con el suplicio del titán por compasión y la única posibilidad de mantenerse entre los griegos fue perderse entre la geografía: perderse entre los turios con los fundadores del Peloponeso: unir a Grecia con la futura Roma, ése será su verdadero destino. El titán, padre de la humanidad, que nació en tierra Escitia (Kazajistan, Rusia o Ucrania) ha vuelto a nacer en otra tierra distinta a escita para la conflagración de un mundo nuevo. La relación de los dioses griegos fue extinguida por la operación del tiempo: la llegada del monoteísmo de estado con la Roma de Constantino I (siglo IV).

Prometeo, que ha aparecido en el horizonte, sin develar su origen, prepara el terreno para que sus criaturas, a imagen y semejanza, no perezcan ante la animadversión que se han creado por su propia raza inferior. El dios acecha con la salvación que significa la Esperanza Falaz. Ya que la vida no tendría sentido si quitamos el autoengaño que la belleza le permite al hombre por creer en la propia eternidad posible.

Robert Graves quizá inspirado en la belleza que emana la isla de Mallorca— en la que vivió durante cuarenta años—, observando ese mar más calmo en el cual nunca llega una ola, logró imaginar con el camino de erudición que labró la obra magna que serían Los mitos griegos para un lector anónimo de otro continente justo en un día lluvioso como el de este noviembre.

 

(Sigue aquí)

 

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[1] Robert Graves. Los mitos griegos, I., Alianza, Madrid, 2007, p. 191.

[2] Esta precisa metáfora permite darle una nueva forma a la caja de Pandora (creada para castigar a los hombres). En realidad, la forma de la “caja de Pandora” influye en la relevancia de la liberación de los malestares del hombre ya que la caja ameritaría ser abierta de forma indiscriminada por un acto de voluntad; por otro, el ánfora puede haber sido despedazada por algún acto involuntario o casi accidental, sin malicia. Así Pandora sólo sería la esposa descuidada de Prometeo y no la maléfica mujer creada por Zeus para la perdición de la humanidad y de Prometeo en sí.

[3] Albert Camus; Obras completas I, Alianza editorial, Madrid, 2010.

[4] Thurii o Turios, región ubicada al sur de Italia, en esa región se asentaron los aqueos después de cruzar el golfo de Tarento desde el Peloponeso.

[5] Robert Graves. op. cit., p. 196.

[6] Las Polis (Ciudad – estado) estaban esparcidas por todo el mediterráneo como pequeñas colonias griegas con dioses tutelares que avalaban el poder del político.