Prometeo hispánico o la confusión

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Miguel Tonhatiu

Nos parece difícil, a los lectores e intérpretes del mito hispánico del titán del Cáucaso, resistir la tentación de ver a Prometeo unido a otro gran mito de tradición peninsular: don Juan. Quizá la asociación resulta más forzada que un producto del flujo de la historia de la ideas. Sin embargo, es altamente probable que dos entes sumergidos en el submundo infernal —sitio en el cual la humanidad los ha colocado a ambos, Prometeo y don Juan—puedan mezclarse, incluso a fusionarse en uno solo. Así como las almas se ha perdido en el inframundo (fuera de toda concepción teológica, sino en la concepción intelectiva que la historia se ha propuesto elaborar), ya que han dejado de lado su unidad angelical y se han convertido en almas colectivas, sin definición, en una palabra: informes. Por ello, tanto don Juan como Prometeo están condenados al fuego del inframundo que la mente colectiva ha querido crear. Si se les convoca al mundo de las ideas, ya no volverían al sitio de los vivos de forma impoluta: quizá traigan segmentos e imágenes de otros personajes que se hallan inmersos en ese inframundo que ha creado el subconsciente colectivo y que recrea las historias de los héroes, semidioses y dioses en conjunto.

No deseo ahondar en el detalle del subconsciente, mucho menos en esas imágenes perversas que provean de un sentido difuso. Sólo pondré en claro que tanto don Juan como Prometeo serán invocados por su naturaleza por un simple ejercicio intelectual. Sin embargo, sus naturalezas son disímiles, el único motivo de proximidad sería el inmenso amor a la vida humana que ambos profesan: Prometeo ama a la humanidad, don Juan Tenorio ama a las mujeres como única posibilidad de humanidad para el hombre.

Existió en Sevilla, hace cerca de cuatro siglos, un ser que se atrevió a franquear las reglas de la tierra, así como Prometeo lo hizo en el cielo. El tema central es la rebelión, tal como la apreció Camus en El verano, no se extinguió nunca: “[…] lo que caracteriza a Prometeo es que no puede separar a la máquina del arte”.[1] Habrá que especificar que la máquina es el hombre y que la obra son sus actos. Sólo así Prometeo dirige la obra humana iluminada con el azar del alba que dimana de la Esperanza Falaz, por obra del sable humano o transformándolo en un verde roble de la creación, para que el hombre llegase a contemplar parte de ese cielo con un color de oro al amanecer y tres astros confundidos en el púrpura cenital: el sol que nace con los ojos del hombre, la luna que pierde su protagonismo durante el alba y el planeta Venus que ha sido testigo de esa creación desde hace milenios.

Sin embargo, Camus, en el mismo ensayo, no hace del infierno un sitio por debajo de lo humano, sino algo expuesto sobre la superficie después de la segunda guerra; finalmente, algo convertido en Virgilio, se nos revela con su Prometeo en el inframundo en tierra: “Al primer grito de la inocencia asesinada, la puerta sonó tras de nosotros. Estábamos en el infierno, y ya no hemos vuelto a salir jamás”.[2]

Sólo así la raza del titán puede ser interpretada con un valor metafísico: la humanidad es el alma de Prometeo. Aparece de pronto como un Leviatán que echa de menos su vieja unidad, vivimos pues organizados con algo de infernal en nuestros genes. Si la segunda guerra fue la derrota del mal ante el bien, el resultado de esa victoria fue el vacío: somos al fin la involuntaria figura del mal, un Prometeo que vierte lágrimas de plata desde un corazón desvencijado. Perdido, finalmente, en un laberinto interior: nuestros tiempos evocan un vaso de lágrimas para ese dios.

Prometeo en segmentos de memoria, va apareciendo entre nosotros con la nostalgia del paisaje bucólico antiguo que ofrece un símil con don Juan, al huir despavorido del inframundo del subconsciente que Camus volcó sobre la tierra: ha mutado en su última forma humana como el burlador; quizá aparece entre nosotros como un posible don Juan con sus segmentos humanos profundamente marcados en el cinismo vital que su herencia presume. Este don Juan, aunque de forma imperceptible, nos ha devuelto también parte del estoicismo que recorrió el dominio romano con Epicuro y la evangelización cristiana en España.

En el don Juan se depositan los valores modélicos del hombre medieval: un macho atado a sus instintos, el rayo que en el cielo se combina, cae a tierra en forma de haces de oro que revelan la forma del hombre español y el sol, proyecta una sombra azur con un traje de aristócrata sevillano. Es en esa tierra que el sable o el florete hizo que se ganase el respeto; y las espigas en su traje le adjudicaron a su estirpe un sitio en la aristocracia del año 1500. La descripción es más ardua, el confuso brillo en su sombrero es producto de las plumas que apuntan al cielo y lo hacen resplandecer. Tejidos de Damasco, telas de terciopelo, bordados para acentuar la figura del hombre: una simple camisa blanca; o por encima, una garguera al estilo de los nobles de su casta Tenorio. Las mallas que le adjudican al personaje de Zorrilla serían un exceso, quizá serían mejor los pantalones completos y los botines hasta las rodillas; la barba, en esta descripción sería obligatoria. Este don Juan (El burlador de Sevilla, 1616) es el que imagina Tirso de Molina en los primeros años de 1600, un don Juan fuera de su tiempo, más cercano al mundo renacentista que al barroco español. Es su mito el que se aproxima al límite en el orden tradicional del mundo de la Contrarreforma; tornando su figura a la del conquistador español. Así lo describe Camus en El mito de Sísifo (1951): “Amar y poseer, conquistar y agotar es su única manera de conocer”.[3] Esta frase, aunque breve en su estructura, muestra la actitud del hombre español del siglo XVII, después de la conquista. Por principio de analogía el conquistador español tuvo la misma actitud del don Juan: “conquistar y agotar”; acabó con el mundo edénico que ofrecía el Nuevo Mundo. Fue así que el instinto que despoja de toda razón humana, guía al navegante español a un mundo que sólo se explicaría con las crónicas de viajes: América en el relato de la Historia.

Como un ejemplo obligado se puede regresar al modelo que propone Tirso de Molina y que se puede preludiar con el lema “vivir sin la libertad que la belleza significa sería el peor error de don Juan”; por ello, cuando don Juan no obtiene los encantos de la belleza expuestos en la persona de la mujer, decide obtenerla a cualquier precio, ya sea por el mecanismo de la seducción, ya sea por el ultraje que su poder económico le permite. Definitivamente, la belleza como objetivo último requiere por cualquier vía, regresar al engaño; en la obra de Tirso es más fácil encontrarlo, una muestra está en la escena (jornada) en la cual se encuentra con la pescadora Tisbea:

TISBEA: Soy desigual a tu ser.

D.JUAN: Amor es rey

que iguala con justa ley

la seda con el sayal.

TISBEA: Casi te quiero creer

mas sois los hombres traidores.

D.JUAN: ¿Posible es, mi bien, que ignores

mi amoroso proceder?[4]

 

Es así que se puede ver en el ejemplo, el engaño del amor sirve a don Juan para seducir a Tisbea. No obstante, el amoroso proceder de don Juan no tiene un solo registro discursivo, también se puede leer entre líneas un verdadero propósito en sus actos, con el fin de gobernarse por sí mismo y quizá adjudicarse el papel de ordenador de destinos; así establece un camino que raya en actitudes cínicas:

D.Juan: Quien tan satisfecho vive

de su amor, ¿desdichas teme?

sacalda, solicitalda,

escribilda y engañalda

y el mundo se abrase y queme.[5]

El destino que evoca para el mundo, resulta ser el destino propio. Por lo tanto, la sentencia: “y el mundo se abrase y se queme” parecería la lápida inscrita en su tumba que no negará jamás. Pero es en estas palabras que se anega el sentido vital que podría fácilmente confundirse con una actitud existencial: ése fue el objeto del arte barroco, al fin.[6] Esa actitud existencial estará presente en los conquistadores españoles, ya que el don Juan es un personaje que anticipa la presencia americana, sin armadura pero con una vestimenta adecuada para la otra confrontación: la guerra amorosa. A pesar del vacío que su actitud dimana (“No hay más amor generoso que el que se sabe al mismo tiempo pasajero y singular”), don Juan no fracasa cuando encuentra al comendador y pierde la vida, ya que su actitud resulta irreductible; es así como en la escena de la Casa del comendador don Gonzalo de Ulloa, que ya está en forma del convidado de piedra, espera a don Juan después de invitarlo a una cena de ultratumba. Don Juan no acepta su temor ante el fantasma del comendador que dio muerte con sus propias manos, es así como finalmente puede afirmar su muerte. Y como acto final, don Gonzalo pide que don Juan le dé la mano para saludarle, don Juan actúa de forma gallarda y muestra su mano en señal de negación de ese temor diletante. Don Juan logra cumplir su predicción, finalmente se abrasa en el fuego del infierno que acompañan las palabras del fantasma en piedra del comendador: “Esta es justicia de Dios”.

Aunque finaliza la obra con un destino nefasto para don Juan y todo regresa al orden universal establecido, don Juan abre la brecha a la duda inherente que seguirá a los conquistadores a América durante el proceso de colonización: ¿el destino estará en manos del hombre?, ¿el hombre es dueño de otros hombres? Al recordar la liberación de la Esperanza falaz, don Juan enfrenta el vacío de la misma manera que el aventurero español lo hace ente ese mundo desconocido; estará acompañado de forma permanente de la efigie de Prometeo liberador de la opresión sanguinaria de los indígenas por los mismos indígenas y emancipará al hombre americano de su propio salvajismo en nombre de la Corona española y la sagrada religión católica. La empresa vital de conquista requería esa actitud existencial por llevar al límite la vida, la actitud del don Juan será la de los descubridores americanos: sed de amor, sed de una utopía; para ello será necesaria una estrategia. En tal caso conquistar será a seducir lo que el explorador americano fue para el hombre renacentista, un doble, una reduplicación necesaria que aparecerá anónimamente provisto de un nuevo destino en sus manos: el arribo a tierras desconocidas de América.

El Prometeo americano sería muy parecido a nuestro Quetzalcóatl precolombino, esa fue la condena justa que recibieron los pueblos indígenas: su propia confusión y su condena.

[1] Albert Camus. Obras completas I; Alianza Editorial, p. 559.

 

[2] Idem.

[3] Albert Camus. El mito de Sísifo; Alianza Editorial, México, 1989, p. 101.

[4] Tirso de Molina; El burlador de Sevilla, Almar, Salmanca, 1978, p. 84.

[5] Justamente en esta parte, el ejercicio de cuestionar la fortuna que vive a partir del amor, vive una vida de satisfacciones imperecederas: la pregunta, finalmente, retórica lo ubica en el papel que Tirso desea explotar del personaje: el burlador de la mujer es burlador de la vida misma y, por lo tanto, también de la muerte.

[6] Confróntese para este fin: Historia general de España y América. La crisis de la hegemonía Española siglo XVII; t. VIII, ediciones Rialp, Madrid, 1993.