Los días con el otro de Magdiel Torres Magaña

Raúl Eduardo González

Para los que amamos la literatura y la letra impresa, la aparición de un libro es siempre una buena noticia; en los tiempos que corren, además, el que se trate de un libro de poesía viene a ser un acontecimiento esperanzador, pero en el caso de un buen libro de poesía, como este, se suman a la buena nueva y a la esperanza, el gusto de encontrarse ante un canto impreso que tiene mucho que decir a los contemporáneos del escritor, y a los que le sucedan en esta gran canica que rueda de suyo, en este país convulso, en esta ciudad de Morelia que no lo está menos, y en este hermoso mundo de la lengua española, del gusto por el buen trovar y, sobre todo, del gusto por el decir verdadero, esa recóndita forma de expresión que se encuentra en perpetuo peligro de desaparecer.

Los días con el otro (Secretaría de Cultura de Michoacán, 2011), es el primer libro de Magdiel Torres Magaña (Tepalcatepec, Michoacán, 1982), un escritor que ha rebasado ya su tercera década con una formación de posgrado en curso y con una sólida trayectoria como periodista, que sin duda le confieren un oficio en consonancia con su talento como poeta, que se ha revelado, me parece, no tanto en los primeros frutos de la labor, sino ahora que estos han madurado ya, en un libro de sesenta densas páginas que lo hizo acreedor al premio estatal de poesía Carlos Eduardo Turón, en el año 2011.

Ante el ideal del autoconocimiento alentado por las filosofías de mayor o menor prosapia, Magdiel propone aquí el ejercicio del auto-desconocimiento, no como un mero juego chocarrero del lenguaje, sino como un proceso sincero en el que se ponen en la balanza aquella imagen que el poeta tiene de sí mismo, alentada por la percepción y por la proyección de los demás, por supuesto; frente al impulso que late en el fondo de sí, y que con frecuencia se aparta de la imagen institucional y civilizada de la buena bestia a la que todos se supone que aspiramos ser, para dar salida a la otra bestia, la oculta y vulnerable que se manifiesta en el dolor y en la imaginación, en el sueño y el deseo, en el llanto y en el ansia, que las más veces está confinada en el impulso recóndito, en el ánimo callado, encorsetada en el discurso patriarcal de la buena conciencia, tan efectivo como tapabocas, fierro ardiente dispuesto siempre a marcar la terrible frontera de lo indecible, y más allá, de lo impensable.

Si bien el poeta debería tener el sempiterno compromiso de ahondar en la verdad para dar con la belleza ―norte suyo y su razón de ser―, dar con esa verdad oscura como lo hace Magdiel, desafiar el camino que conduce al otro, significa una búsqueda doble y un arrojo que debemos aquilatar, no sólo porque al hacerlo el poeta se desnuda de poses y clichés que allanan y tornan insulso el camino del arte, sino porque al asumir el reto de mirarse en el espejo que lo revela en toda su dualidad nos hace atisbar nuestro propio camino largo, la brecha que no cede a los artificios de la versificación, sino que nos encara con nuestro propio fondo de humanidad, desandando el camino de la poesía hacia el silencio:

…pasar inadvertido a toda costa

no aparecer siquiera en el crédito de nuestra vida

tratar de ser a toda costa nadie […]

Es la necesidad de volverse silencio poco a poco

como si se quisiera ser el aire

en la garganta del pájaro

el ruido de la hoja al tocar el pasto (11).

Como todo buen trayecto, el recorrido de Magdiel tiene siete cantos prefigurados por sendos poemas epígrafe o dinteles, que anticipan el descenso del poeta hacia el otro, y que a la vez que aluden a aquel nos hacen guiños o nos tiran dardos a los lectores, en alusiones que se mantienen en el diálogo entre el poeta y el otro. De pronto no es claro dónde está el límite de la escisión, de qué lado quedamos en el espejo. Así en el canto II, el dintel lanza la provocación: “Si yo salto / ¿vendrás tras de mí? / Vamos a jugar a ver quién cae / primero” (15), que se mantiene adelante:

¡Qué poco sabes del otro!

¡Con qué frecuencia te equivocas!

Ayer te estuvo esperando en la barra de un bar

al norte de la ciudad

y tú decidiste comprar cervezas en la tienda de la esquina (18).

Los días con el otro son así las páginas del vértigo: el otro que el poeta desconoce es el otro de cada quien que también desconocemos; ¿cuál es cuál en su propia reflexión? ¿quién es en realidad “este alguien que vive en una vida prestada” (22)? La respuesta no es fácil ―yo creo que ni aún para el hipotético psiquiatra de Magdiel―, porque subjetivamente nos involucra, y quedamos a la postre confinados igualmente en el juego de espejos, cayendo con el otro que también somos como lectores y como humanos ante el poemario, ante la apuesta por la verdad, por ponzoñosa que pueda ser. “En mi jardín la flor que miente / se ha sonrojado al verme” (25) anticipa el tercer círculo, el miércoles del poemario, que ahonda en su propia sustancia ―“hace falta un canto que de tan antiguo sea diferente” (27)― y refuerza el sentido del viaje, que no termina simplemente en enunciar la mera introspección ―con el pesar del hipotético psiquiatra de Magdiel―, sino que tiene un vehículo y una razón de ser en la poesía:

Me refiero por supuesto

al viaje imposible

a algo que ya no existe

imaginable

quizás a pesar de todo

literatura (39).

Personalmente, me parece que, no sólo en términos aritméticos, el canto IV es el medular del poemario, porque intuyo que el dolor del desencanto ―con su epígrafe “El amor es un ángel terrible / que te patea los huevos” (33)― puede ser el detonante de toda la jornada. No sé si el cisma de esa patada sea el que provoque la búsqueda, pero sí creo que el dolor que sobreviene a la ruptura amorosa puede jalarnos muy hondo. Las palabras están de más y sólo queda la contundente ausencia que no se alivia con boleros ni con rancheras:

Qué ganas de coger

apenas ayer

qué ganas de coger

amor

otra vez y otra vez.

Pero tú ya no

y yo aquí apenas sin tú apenas.

Una mancha tiene mi pared

ayer te recordé con la mano

ayer te recordé.

Novia mía

novia mía

esta tarde vi llover

ya para qué

si nos fuimos (37).

La paráfrasis de “Tú y las nubes” de José Alfredo Jiménez alcanza una cumbre de lirismo en el poemario que coincide con el toque de fondo del poeta ―y no podría ser de otro modo cuando se invoca a José Alfredo―; Magdiel está a la altura de su antecesor, santo patrono de todas las desilusiones en nuestro país, al que es difícil emular, pero con quien el poeta establece un diálogo franco y bien logrado que tiene como destinataria a la sempiterna ausente de canciones y poemas, ella:

Yo y los árboles

tú y las nubes

Yo y la mar

tú y las estrellas

Yo y el charco

tú y la lluvia

Yo y la noche acá abajo

tú y la noche allá arriba

Yo y el desolado paisaje de una casa en llamas

tú y el humo que emprende la inteligente huida

Yo un poco más acá que antes

tú todo lo contrario

Yo en la acera mirando los pájaros en la calle

tú un pájaro que no sabe mirar (40).

El luto trae la transfiguración: el mismo ya no es el mismo, el uno se ve invadido por el otro que ha sobrevenido al cambio de piel, y con el tufo chato de la resignación aparece el extravío en el canto V, uno de cuyos poemas anuncia con crudo desencanto que la desazón insulsa viene en camino:

Hoy me encontré a una amiga en común

y no me preguntó por ti.

Qué lejos te sentí entonces

y qué lejos me sentí yo de aquello (45).

Con esa lejanía del dolor, con esa resignación que nadie invocara, se vuelve al camino andado, que es visto con la extrañeza del desengaño, para volver al juego de la vida cotidiana, para “que con suerte / todo vuelva a ser / lo que nunca fue” (52), dice el poeta, quien en el último canto lanza su nocturno de soledad, en el horizonte citadino:

¿Qué voy a hacer con la noche

cómo sobreviviré a tanta cosa

si encima tengo que respirar

una soledad densa y lenta

y mirar por la ventana

lucecillas titilantes

de casas como la mía a lo lejos

y pensar que quizás allá

esté esto que a mí me falta? (57)

En esta contemplación silente de la ciudad llena de otros, la ausencia del ser una vez amado se refuerza como el provocador del barullo de aquellos ―pues “la presencia de alguien / solo te deja una terrible soledad (60)”―; el poeta retorna al silencio, no como la ausencia de voces, sino como el detonador de todas ellas, el origen y la vuelta a sí mismo, el despeñadero desde donde se forjan los días con el otro, aquellos en que la sombra colma a la figura que la proyecta, y cuesta trabajo saber cuál es el doble de cuál.

Más sobre el autor aquí.