Goyo Cárdenas: Vuelve a estrangular la memoria

Luis Eduardo Alcántara

En la calle Mar del Norte, en el pueblo de Tacuba, un nutrido grupo de agentes del servicio secreto y de vecinos curiosos se dan cita alrededor de una casa misteriosa. Tienen reportes de haber sido vistos, entre la tierra suelta del patio, varios despojos femeninos. No tardan mucho en verificarlo.

Las primeras pesquisas y maniobras en el lugar descubren los cuerpos de cuatro cadáveres femeninos en avanzado estado de descomposición, todos con síntomas de asfixia por estrangulamiento.

La noticia causa furor en la sociedad conservadora de entonces y se propaga con la velocidad que permitían los periódicos y los reportes de radio en aquel lejano 1942. Igual de sorpresiva es la serenidad con la que el dueño del predio acepta haber sido el responsable de los asesinatos: Gregorio Cárdenas Hernández, un tranquilo estudiante de de Ciencias Químicas de 27 años de edad, con elevados porcentajes de coeficiente intelectual y además un marcado gusto por frecuentar prostitutas, a las que, dijo, conducía a su laboratorio particular para satisfacer en ellas toda clase de instintos y después otorgarles el pasaporte directo al más allá.

Los cuatro asesinatos sin motivo aparente ocurrieron en un lapso menor de veinte días, un ritmo impresionante inclusive para psicópatas actuales. “El estrangulador de Tacuba”, como se le conoció rápidamente, no sólo se convirtió en el primer asesino serial mexicano, sino que además su caso revalidó a la nota roja como espectáculo público para entretener a las grandes masas, debido al profundo interés que despertaban sus audiencias y declaraciones, las visitas en grupo que comenzó a hacer la gente a su domicilio hasta que finalmente el hombre fue condenado, primero, a un tiempo de reclusión en La Castañeda, y después a cárcel definitiva en Lecumberri.

En total, Goyo Cárdenas purgó 34 años en presidio, tres décadas y media bajo sombra en las que pudo aprovechar el tiempo al máximo, por ejemplo, para leer cuanto libro sobre padecimientos mentales llegaba a sus manos, personificar conductas maniáticas en el interior de su pequeña celda de 3 x 2 metros, escribir dos libros, estudiar de forma autónoma la carrera de Derecho, encargarse de una tienda de abastecimiento, planear la defensa legal de varios de sus compañeros y, por último, salir libre el 8 de septiembre de 1976 entre flashes y aplausos. En la Cámara de Diputados lo recibieron con honores, su caso fue manejado entonces por el gobierno de Luis Echeverría  como un claro ejemplo de la reivindicación social que logra el sistema penitenciario mexicano, aunque Goyo, en corto, nunca más habló de las razones psicóticas que motivaron sus arteros crímenes, ni de otros oscuros factores que alimentaron desde entonces su leyenda.

 

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El paso de los años no ha logrado empolvar el atractivo de su carpeta judicial ni su famoso estado neurótico, el cual, según palabras del padre de la criminalística moderna, Alfonso Quiroz Cuarón, quien lo estudió a detalle, era del tipo esquizo-para-noide, con tendencias homosexuales, narcisismo y erotismo sádico anal. 

Obras de teatro, cómics, series de televisión, reportajes impresos, y actualmente una película, mantienen viva la imagen de “El estrangulador de Tacuba”. Según algunos investigadores como Carlos Monsiváis y Rafael Aviña, la primera aparición fílmica del caso del cuádruple homicidio en Tacuba se dio en un breve corto cinematográfico de tintes porno titulado El asesino; no se sabe exactamente la fecha del rodaje del mismo pero se deduce que puede ser entre finales de 1942 e inicios de 1943.

Actualmente Los crímenes de Mar del Norte, dirigida y escrita por José Buil (Celaya, Guanajuato, 1953) constituye otro buen ejemplo del cine negro mexicano. Como bien se apuntó en una reseña, “destaca lo inquietante de las atmósferas, lo sofisticado del montaje y la forma que Buil enfatiza el fenómeno mediático y la tendencia social de convertir en celebridades a los asesinos seriales. Filmada en blanco y negro y protagonizada entre otros actores por Gabino Rodríguez y Sofía Espinosa, resulta además un interesante retrato del peso y función de la nota roja”.

Para armar la adaptación tanto Buil como su esposa, la también directora Maryse Sistach, investigaron a fondo el caso de este prometedor estudiante becado por Pemex quien declaró sentir un profundo odio hacia las mujeres, y también la época histórica en que se desarrolló, la segunda guerra mundial, con la incertidumbre que despertaba entre los jóvenes clasemedieros por un posible llamado a las armas. Escenografías pulcras y bien cuidadas, vestuario de época, diálogos creíbles y peinados de salón, ofrecen una rica crónica en blanco y negro sobre un mundo quasi provinciano que apenas fijaba interés por los feminicidios.

Si bien no apologiza en ciertos procedimientos inverosímiles que el criminal inflingía en sus víctimas, ahonda, por el contrario, en el trato preferencial que las autoridades policiacas brindaban a denunciantes pudientes, por ejemplo, para localizar a la última víctima de Goyo, Graciela Arias, su gran amor, una preparatoriana de clase acomodada cuya extraña desaparición fue brindando las pistas para dar finalmente con el panteón clandestino que el estudiante tenía en el jardin. Si alguien busca otros rasgos interesantes en la personalidad de nuestro famoso desequilibrado deberá buscarlos en otros lados.

 

Personas que lo conocieron de cerca, por ejemplo, indican que ya en Lecumberri, Goyo manifestaba un severo amaneramiento, revelación constatada por una serie de fotografías halladas en Mar del Norte en las que Cárdenas aparece vestido de mujer, específicamente como geisha.

En alguna de sus declaraciones el asesino mencionó la existencia de un mal congénito que le impedía alcanzar la plenitud sexual. De su propia madre nació la idea de internarlo, en principio, en alguna casa de salud mental para tranquilizarlo.

Padecía también de enuresis, pues se sabe que Goyo Cárdenas mojó la cama hasta edad avanzada y que gustaba de ensañarse con pollos y conejos. El doctor Jonathan Pincus enfatizó sobre otras características: madre dominante, daño neurológico y, en algunos casos, inteligencia arriba del promedio. En efecto, Goyo sentía un amor extremo por su madre y según el doctor Quiroz Cuarón,* sufrió una encefalitis que originó ciertos daños cerebrales. Quiroz Cuarón ahondó al respecto: “Desde el punto de vista de la psicología criminológica, corresponde al de la personalidad neurótica: neurosis evolutiva; órgano-neurosis, de tipo introvertido, con estados de violencia muy peligrosos”.

Hoy sabemos que Goyo Cárdenas no fue el primer asesino serial. Tan sólo en el Palacio Negro, en los mismos años, purgaba varias condenas un torvo sujeto apodado “El Sapo”, con decenas de crímenes confesos a cuestas, pero con menos popularidad. Mucho menos comparación tendría hoy Cárdenas con el manto sangriento que ha extendido sobre el país el narcotráfico y sus perversos métodos, con crímenes por millares, pero en cuanto al odio de género que significan los feminicidios, el nativo de Tacuba sí sentó un claro precedente. Convertido en una celebridad nacional, con apariciones en televisión y prensa, pasatiempos como la pintura y la música, litigante de oficio, una vida conyugal relativamente feliz con cuatro hijos y una mujer (Gerarda Valdes) que lo adoraba y a quien había desposado siendo todavía recluso (la segunda, en su historia), Goyo Cárdenas muere el 2 de agosto de 1999 en la Ciudad de México a los 82 años de edad, víctima de padecimientos ocasionados por su avanzada edad.

* El doctor Alfonso Quiroz Cuarón escribió el libro Un estrangulador de mujeres, en donde recopila los dictámenes médicos sobre Goyo Cárdenas y sus crímenes. En alguna parte concluye: “Ese hombre lo único que merecía era desprecio porque se escudaba en aparentar desequilibro mental -locura- para evadir su responsabilidad”.

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