Tierra Altar: el lado B de Julio Givendra

David Cano

Quien haya merodeado por el centro de esta gran megalópolis, ahora llamada CdMx, puede sentir cómo una tradición de música urbana envuelve sus calles. Esta selva de hormigón es musa y madre, escenario sin telón, concierto de nadie, espectáculo abierto. Por ella se desbordan múltiples géneros, desde el más sofisticado jazz, hasta la más “improvisada” batalla de rap en boca de adolescentes. Hay un caleidoscópico espectro de artistas apropiándose del espacio público y transformando el camino de los transeúntes. En los cafés no puede faltar quien esté hueseando con guitarra en mano y de vez en cuando, antes de agradecer y despedirse de su audiencia espontánea, interprete un tema propio.

¿Qué sería de la música sin personajes como Leonard Cohen, Bob Dylan o la Edith Piaf surgidos de las mismas entrañas del hormigón cotidiano? ¿Existiría en México el rock urbano de no ser por Rockdrigo González? Tal vez nunca sabremos la respuesta, pero intuimos la influencia de la calle en estos grandes de la música. Julio Givendra, quien a pesar de ser músico de escuela (cuenta con la carrera de música por el INBA, donde estudió piano y guitarra) manifiesta un amor por el telón sin fachada, por lo tanto, no es raro verlo interpretando melodías propias y ajenas en algún paraje de la urbe; vive de la música y para la música; y todo esto gracias a la jungla de asfalto donde por medio de la trova proyecta su arte:

—La calle es el lugar más grande de entrenamiento para quitarse los miedos como músico, tienes la libertad que tú quieras. A la vida llegas con una pureza, vas creciendo y te contaminas, para eliminar todo esto, está el arte, es una medicina, la música es mi medicamento y en la calle es donde me he podido curar —nos indica Julio.

Julio cuenta con 10 años tocando su guitarra en la calle y la primera banda donde colabora, “Los abandonados”, surge del corazón de la urbe. Esta agrupación contaba con un repertorio harto versátil: bossa nova, rock en español e inclusive temas propios, escritos por el mismo Givendra. Con ellos aprendió sobre cómo las veredas dan ese fogueo necesario para el músico, pues en ellas se encuentran todo tipo de público y resulta un gran reto tener un trato directo con la gente. Haciendo un recuento de su relación con la música resultaría obvio encontrarnos con un primer material trovero de Julio, pues quien lo conoce sabe que es su más natural medio de locomoción, pero en momentos la lógica no tiene cabida en las producciones artísticas, su primer material no será en solitario, a guitarra y voz, como se pensaría. La realidad es que este músico acústico tiene alrededor de dos años desarrollando un proyecto con una banda. Ahí es cuando hablar del lado B de Julio Givendra crea sentido.

Tierra Altar es el proyecto en colectivo donde conoceremos otra faceta de este artista. La historia de cómo se anexa a esta agrupación resulta peculiar; en esta ocasión su hada madrina no fue la calle:

—Ricardo Cazares, tecladista, programador de Tierra Altar y fundador del proyecto, el cual cuenta ya con 5 años, lanzó un casting por Facebook. El perfil era alguien con influencias de Caifanes, Depeche Mode, Soda Stereo, La Ley, es decir, bandas representativas de finales de los ochenta y principios de los noventa para la escena de nuestro país. Respondí a la convocatoria y coincidimos de una manera muy natural; desde ese momento, hace dos años, soy parte de la agrupación —nos comparte Givendra.

El cómo se integra Julio a Tierra Altar, mostrándonos su lado B, es sólo una fracción importante de las futuras memorias de esta agrupación que empieza a escribir su historia por medio de sintetizadores, secuencias, una guitarra eléctrica y voz, y nos da testimonio de su sonido con su primer producción llamada “SPACIO 1”, el cual cuenta con 6 canciones disponibles en las principales plataformas digitales y está a punto de salir en disco compacto para gusto de los amantes de lo tangible; además viene con algunas sorpresas como el bonus track “Déjalo ir”.

Los nostálgicos de vanguardia ya no necesitarán de una máquina del tiempo para trasladarse a esa época dorada, donde el rock en nuestro idioma logró conformar un espacio en común y potenció a bandas que hoy en día ya son parte de la historia del rock de habla hispana. Escuchar a esta banda es darse un brinco a esa esa escena de una forma muy orgánica. Resulta un ejercicio interesante escuchar sus composiciones y poder ubicar ciertos riffs con esencia caifanesca, algunos coros muy a la Soda Stereo, atmósferas creadas con sintetizadores que nos hacen recordar a Depeche Mode y una influencia muy marcada por “La Ley” de Beto Cuevas; todo esto sin llegar a ser parte de una réplica forzada, es más una resignificación de la particularidad de estas bandas y funciona como tributo sincero a ese momento en la historia del rock, donde lo medular era un sonido creado desde un idioma y una cultura afín a nuestras raíces, es decir, apropiarnos del rock como hispano parlantes.

Definitivamente esta banda nos hace volver a las raíces y no sólo por su fórmula musical, sino por ese rescate al echar mano de ciertas figuras retóricas más próximas a la poesía, como en su momento lo hicieron los Caifanes. Las rolas de esta agrupación van desde la memoria y el respeto al pasado, hasta composiciones donde se le vuelve a dar un lugar especial al tan atacado discurso del “amor romántico”.

Tierra Altar, el lado B de Julio Givendra, es una prueba fehaciente, más allá del reggaeton y el pop comercial, de cómo el rock en nuestro idioma sigue echando raíces y tiene bastantes historias por contar.

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