Martha

Imagen: William Blake

Graciela Roque García

 

Conocí a Martha en un día de plaza de mi pueblo; nos vimos,ella enseguida me sonrió, me acerqué caballerosamente a ayudarle a cargar su bolsa y me lo permitió, la acompañé a tomar la camioneta que la llevaría a su casa.

Era una mujer de diecisiete años, de estatura mediana, morena, con el cabello negro, lacio y largo, de constitución delgada, sus manos eran largas y finas, su rostro hermoso; llevaba un vestido rojo y unas sandalias, ninguna mujer tenía ese aire misterioso, entre abierto y reservado con el que se conducía Martha.

La invité a vernos en ocho días y aceptó, en esa cita la besé de sorpresa, desde allí nos consideramos novios; dos meses más tarde, le dije que quería casarme con ella pero me respondió que no, que a sus padres no les gustaban las ceremonias, ni las fiestas.

Un día lluvioso, llegó con su ropa para quedarse a vivir conmigo, yo era completamente feliz, nada opacaba la alegría que sentía, sin embargo, en el fondo de mi corazón desconfiaba de aquella felicidad, veía las nubes oscuras que cubrían el cielo y presentía que algo tenía que suceder para que esto no durara.

Ella empezó a decir que no tenía hambre y se sentía cansada, que consintiera que fuera con su mamá. Al verla tan triste accedí que se marchara con su madre, total, ya tendría que regresar. Siempre volvía. Después de varias idas y venidas, se me ocurrió decirle -para que veas que soy bueno, te acompaño- me contestó que no. Eso sí me dolió. Me explicó que su familia era muy pobre y si yo los visitaba se apenarían muchísimo porque no me iban a poder ofrecer nada.

Acepté de dientes para afuera pero, tan pronto salió, me fui detrás de ella, tomé otra camioneta, subí el cerro por un camino de huizaches, piedras y tierra seca. La vi entrar en una casa apartada, construida de piedras gigantes; me acerqué con ansiedad y, por un hueco entre las piedras, vi que su mamá le ofreció de beber en una peque- ña cazuela de barro. Me espantó la forma sedienta, arrebatada, en que comenzó a escanciar el contenido y unos hilitos rojos se le fueron escurriendo de sus labios. Me que- dé paralizado, ¿qué estaba pasando? Después miré cómo ambas mujeres se quitaron los pies, enterraron sus ojos en ceniza, en lugar de brazos se pusieron unas alas de petate, sus figuras se transformaron en grandes aves negras, una bruma fue cubriendo el cuarto, dos luces brincaban de un lado al otro y se escucharon algunas carcajadas, luego desaparecieron, en ese instante conseguí murmurar… exclamar…¡son brujas, son brujas, son brujas! No sé de dónde llegaron muchos vecinos armados con machetes, una mujer reclamaba que las brujas habían asfixiado a su hijo en la noche anterior, irrumpieron en la casa, le prendieron fuego a todo.

Martha nunca más regresó.

 

Tomado de: Leer el cuento, Endora Ediciones, México, 2010, p.27

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