La flor de un reciénvenido

Neftalí Báez R.

 

Recuerdo que uno de ellos cayó en el cofre del auto haciendo estallar el parabrisas. Yo acababa de salir del coche. Decidí entrar a la casa cuando vi que era una niña de ojos rasgados y un brillo como de luciérnaga en esa tarde que ya iba pardeando.

La niña quedó con el cuello muy estirado y torcido en zigzag. La sangre brotaba hirviendo de sus ojos y su boca. El burbujeo en su garganta parecía una voz rota queriendo alcanzarme.

La calle estaba desierta esa tarde que llegaba del trabajo. Quise usar el teléfono y no sirvió. Llamé del celular a la policía pero no contestaron. De pronto escuché disparos y gritos afuera.

Cerré puertas y ventanas.

Me hice un búnker casero.

Nunca paré de temblar.

***

Desde hacía años, cuando se empezaba a hablar de ellos en los Estados Unidos, supe que se trataba de personas con una cualidad  tan extraordinaria y terrible que por decisión propia habían estado ocultas en permanente voto de tinieblas. Uno de ellos alegó esto, dijo que había estado encerrado en una habitación durante mucho tiempo, por eso decía odiar y temer a las penumbras, pero después el gobierno gringo le hizo confesar que no quería ser visto brillando en la oscuridad ni ser descubierto trayendo muerte a su alrededor.

El gobierno japonés intervino desde el momento que supo que eran de allá. A pesar de que fue difícil hallar documentos que los identificaran, la información que dieron era convincente, su vestimenta y acento japonés también.

Los que tenía el gobierno europeo relataron que un día bajó el sol del cielo y los cegó temporalmente, los quemó por unos instantes, luego aparecieron en varias partes del mundo y también aquí en México.

Todos ellos: hombres, viejos, mujeres, niños, eran de dos ciudades que fueron destruidas en la segunda guerra mundial y que ahora mataban al mundo. Aquellas que en nuestra mente asustada se volvieron una a la que nombrábamos Hirosaki o Nagashima.

La ciencia sólo atino a conjeturar que, de alguna extraña forma, los núcleos de las explosiones atómicas de 1945 fueron trayéndolos a este tiempo y a muchos rincones del mundo.

Con ellos vino la radiación, la muerte. Por eso a los recienvenidos luego se les llamó kamikazes nucleares. Sólo hablaban cuando se les obligaba, eran parias de otro tiempo y lugar. Eran personas que de•bieron haber muerto en aquella explosión o en los años venideros, de no ser por ese salto temporal, pero no, eran zombis que con sólo estar cerca de ti te daban mordiscos pequeños, bocados fantasmas, celulares…

Se comprobó que ya tenían mucho de haber comenzado a apare•cer, sólo que se mantenían ocultos, pero matando a todo ser vivo en un radio que variaba desde algunos metros hasta un par de cientos. La radiación que emanaban no les afectaba, no se supo por qué. También se dijo que Estados Unidos y otros países los mantuvieron a raya capturándolos y ejecutándolos (y por supuesto estudiándolos) en secreto por algún tiempo.

Luego fueron llegando a mayor ritmo. Hasta se dice que hubo una lluvia de campesinos de Nagazaki dentro de una iglesia en Roma.

***

Yo temí por la chica afuera de mi casa, no por la radiación, pues se decía que al morir dejaban de emitirla, sino porque podría atraer a más recienvenidos. Éstos eran muchos y rondaban el barrio. Por un tiempo se conformaron con sacar comida de las casas vecinas y regresar por donde venían.

Afuera de mi búnker, durante semanas escuché disparos, pero fue•ron cada vez menos frecuentes. Ya casi no escuchaba gritos o explosiones. Pero esperaba escuchar al ejército o a alguien que pudiera rescatarme.

No tuve otra comunicación que la internet. Recorrí el twitter buscando en cada hashtag si cualquier tema de discusión seguía teniendo redactores, lo que sería prueba de que había supervivientes.

Una noche, de pronto, mi puerta fue derribada. Me acurruqué en la oscuridad con un cuchillo.

No eran del frente contra los recienvenidos, como pensé en un principio.

Los zombis atómicos dieron conmigo.

Me tendieron la mano. No intenté resistirme, no me parecieron agresivos, podía ganar tiempo. Salí con ellos.

Afuera organizaban la navidad, adornaban las calles, iban por todos lados brillando como ángeles. Uno de los recienvenidos hablaba español, parecía también mexicano, me dio una flor, una adelfa. Luego me dijo que él había estado en Venezuela, cerca de una base militar que los gringos atacaron, con un misil nuclear para aparentar un accidente en la supuesta carrera atómica que Hugo Chávez tenía con el apoyo de Irán.

La flor de adelfa, me explicó, es la flor oficial de Hiroshima, ya que dicen que fue la primera en florecer de nuevo después de la explosión de 1945.

Me llevaron a un auditorio con muchas mesas donde se mezclaban más supervivientes y recienvenidos que parecían de varias nacionalidades. Había muchos rostros desencajados, miradas opacas, pero también se iba dando alguna sonrisa, alguna charla. Parecíamos los supervivientes de La Torre de Babel.

Aquella noche, pensando en la venenosa y resistente adelfa, cené como nunca.

 

Tomado de: Antología Zombie, Endora Ediciones, México, 2012, p.75

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