Escombros

© Kyriakos Papageorgiou

 

La tierra se sacude.

Tres gotas caen sobre tu rostro. La primera golpea la frente provocando que frunzas el ceño. La segunda moja el párpado de tu ojo izquierdo, haciéndote parpadear. La tercera cae sobre los labios, escurriéndose hacia la garganta.

Despiertas abriendo de golpe la boca, pero la cierras al sentir la tierra apilán•dose sobre la lengua.  Todo es negro, con pequeños puntos verdes agitán•dose nerviosos. Tanteas a tu alrededor. Un trozo de pared derribada impide que los escombros te sepulten por completo. Las gotas continúan escurriendo de la pared, rompiendo el silencio y llenando el lugar de un olor nauseabundo. Tu cuerpo está adolorido y la mente, rebosa una urgencia que no logras identificar.

Ana…

Maya…

Los nombres reverberan en tu mente, sustituyendo el desconcierto por ansiedad. Empujas con los brazos entumecidos el trozo de pared que se cierne sobre ti. Te incorporas lastimosamente, sintiendo el peso de los escombros sobre la espalda.

Excavas durante horas. Manos sangrantes, uñas quebradas. Ningún viso de luz que te indique que estás cerca de la superficie. Continúas excavando. Los labios y los ojos apretados; los rostros de Ana y Maya fijos en la mente.

Una sutil corriente de aire te hace arremeter con un ímpetu desco•nocido. Primero salen tus dedos, luego la mano.

Te mantienes bocabajo, inmóvil, permitiendo que el fuego que que•ma los músculos se extinga. Después, te incorporas pesadamente. Tanteas tus huesos y articulaciones verificando que nada esté roto o fuera de lugar. Sacudes la tierra de tu bata blanca y buscas en vano los anteojos.

A tu alrededor, un claro iluminado tímidamente por una luna llena escondida entre las nubes. A lo lejos, mujeres y hombres emergiendo de los escombros. A tus pies, un oso de peluche… El mismo oso de peluche que compraste saliendo del hospital antes de que todo fuera oscuridad.

Recorres las calles vacías y húmedas de la ciudad con el oso colgan•do de uno de tus brazos. A pesar de que la luna sigue escondiéndose entre las nubes y de la fina capa que se posa sobre tu vista cuando no utilizas los anteojos, sabes exactamente el camino.

Tu casa.

Intentas abrir la puerta, pero no encuentras la llave. Te asomas por la ventana. Una mujer, de espaldas a ti, coloca platos y cubiertos sobre la mesa del comedor. Hasta en la peor oscuridad reconocerías sin vacilar la figura de Ana. Gritas su nombre. De tu boca sólo sale un carraspeo. Ana alza la cabeza, como si hubiera escuchado algo.

Su rostro está lejos de ser el de una chica de veinticinco años. Arru•gas surcan su rostro, se alojan en el ceño, alrededor de los ojos. Sus manos, anteriormente bellas e inmaculadas, ahora están cubiertas de manchas color café.

Una mujer entra al comedor y la saluda efusivamente. Los labios delgados y apretados, los anteojos, el cabello negro rizado… Es idéntica a ti… Maya.

Respiras ruidosamente por la boca, cubriendo de vaho la ventana. Aprietas con fuerza al oso de peluche. Tu cabeza es una bomba de tiempo.

Escuchas el sonido de un automóvil doblando la esquina. Te escondes entre los arbustos. El automóvil se detiene. Un hombre, que porta una bata blanca y que te resulta conocido, desciende del vehículo y entra en la casa. Ana y Maya corren a su encuentro. Lo besan, lo abrazan. Se sientan a la mesa para cenar.

La luna llena surge de entre las nubes, desbordando su luz plateada sobre la ciudad.

Limpias el vaho de la ventana con el dorso de tu mano y miras tu reflejo. Rostro lleno de llagas, agusanado. Ojos hundidos, cubiertos de una fina capa azul. Mechones hirsutos de cabello emergiendo caprichosamente de la cabeza calva. Miras al oso de peluche. Cuerpo sucio, descosido, que deja ver su interior de algodón. Le falta un ojo.

Regresas al claro.

Te sientas en su borde, sosteniendo al oso. Recuerdas que ahí se erigía el hospital. Ahora sólo es un tiradero de basura que inyecta lixiviados a la tierra. Comprendes que ha pasado mucho tiempo desde aquella mañana de 1985; que ya no eres el doctor González, ni Ana ni Maya tu familia; y que ahí te mantendrás, alimentándote de animales rastreros y desperdicios, hasta que el hambre sea tan imperiosa que sólo te haga pensar en sus cuerpos… y regreses a casa.

 
Tomado de: Antología Zombie, Endora Ediciones, México, 2012, p.23
 
 

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