Mujer

No sé a ti, pero a mí me encanta que me llamen mujer. Ya sé que esa palabra está cargada, como los dados, lista para hacerme perder, todas las jugadas, hasta las imaginarias; pero me gusta, suena bien, suena fuerte, suena a vida, a senos, a caderas anchas, a cabello suelto, a olor de hembra, a calor, a sensualidad, a redondez, a ojos ardiendo, a voz llamando. Así me suena. Pero no sólo así, porque mientras escribía mi memoria protestaba, no todas las mujeres son así, ya sé los dados están cargados, yo veía un tipo de mujer, cuando hay cientos, miles.

Pero me gusta mujer, porque además es una palabra casi censurada. Te dicen señorita, señora, joven, dama, niña, muchacha, chica, vieja, princesa, reina, puta, mamacita, madrecita, jefa, morra, y todos sus etcéteras, lo dicen fácil y sin pensar, o pensando mucho como venderte, comprarte, venderse o comprarse, pero la palabra “mujer” se les atora en la tabútraquea. Suena demasiado político, demasiado intenso, demasiado preciso, demasiado concreto, muy otro, pero muy humano, muy real, muy digno. Mujer más allá del estado civil, del rol social, de la edad, de si se está o no disponible para los negocios matrimoniales. Mujer, más allá de la ilusión de un tronito coronado de caprichos y mimos infantilizantes, más allá del reino falso y doméstico, de la verborrea castrense que te somete a primera vasalla y consorte de un hechizo rey, en un restringido reino. Mujer, que es mucho más que dama. ¿Qué diablos es una dama? ¿Cómo es que ese corset medieval pretende seguir asfixiandonos cortésmente? Mujer, más allá que madre icónica de los deseos incestuosos reprimidos, sí más allá de mamacita, mamazota, madrecita, o jefa, más allá de puta, que a veces en el edipito significa lo mismo. Mujer, más allá de todo. La que no es hombre, la que no tiene pene, la que no lo extraña, ni lo añora, ni jamás sintió perderlo. La que tiene vagina, la que sangra, la lunar, la que todo lo ve de otra forma. La Otra.

Mujer, que ya no es niña, que ya es responsable de sí misma, que sólo tiene que darse cuentas así. Mujer, que ya no necesita custodia legal, tutor, maestro, consejero, guía, gurú. Mujer, hecha y derecha. Mujer, igual a mayoria de edad.

Me gusta mujer, porque también suena a hembra, hembra humana, pero hembra, que se sabe sexual, que no le teme a su cuerpo, ni a sus impulsos, ni a sus deseos. Mujer que disfruta de su instinto, que se regodea y se complace en sí misma, que se puede autónombrar y describirse en sus atributos físicos sin vergüenza, sin un falso pudor que cubre la mogigateria. Mujer que se sabe disfrutable, y se desea disfrutando. Por eso decir mujer suena tan fuerte tan íntimo, tan difícil de decir y de aceptar en público. Porque al decir Hombre, se asume su madurez y su derecho a la sexualidad, pero al decir mujer no se quisiera aceptar lo mismo. Mejor santa, mejor virginal o madre, mejor dama, señora o señorita. Mejor reina o princesa. Mejor algo que suene infantil, tierno, débil, pequeño, frágil, vulnerable. Mejor mujer.

Por todo eso, y por cómo suena, y cómo sabe, y cómo huele, y cómo luce, me gusta más ser llamada Mujer.

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