Caducidad de La canción desesperada

Débora Hadaza

Mientras escribo estas palabras la última sílaba de tu nombre cae del reloj de arena.

Uno se aferra a un nombre, a la sonoridad, lo deletrea, en la lengua raspa su textura, un nombre no es ni una mano ni el rostro de nadie, un nombre no significa nada hasta que se vuelve todo, hasta que nombrar(te) alumbró el mundo, el cielo es cielo desde que se escribe con tus letras, el mar se volvió hondo porque se parece a tus ojos, y la tierra dejó de ser insulsa porque se hundió en tu piel. Pero los dioses caen, las palabras mueren, los nombres se evaporan, suben al techo como el humo delgado del cigarro, se pierden como su aroma en la peste de los días, dejan de ser.

Tu nombre no es nadie, pero un día formó un país, y cada costa se ceñía a tus caderas, escondido en la bahía de tu entrepierna soñaba con volverme un extranjero, huir, conquistar otro mundo, beber de otras aguas, todo te lo tragaste como la lejanía, como el mar, como el tiempo, todo en ti fue naufragio.*

(He sido tantos naufragios que la palabra mar significa tierra. Donde otros atisban locura yo veo mi bandera.)

Para creer en tu nombre debí encallar el barco. Tirar por la borda todos los futuros, hundir el ancla hasta el fondo de las certezas, -pero de su entraña brotaron cientos de dudas-. Llegar al faro, subir, gritar desde lo alto “quién vive”, pero el país está desierto -de cierto-, y la luz denuncia sólo rocas, vacío.

En tu país sin ti, en tu nombre sin esencia, era la sed y el hambre pero no hubo milagro. Hubo ruinas y duelo, pero ninguna fruta. La alegre hora del asalto y el beso escapó sin estupor, era la negra soledad de las islas y no quedaron brazos. Cuevas sin ecos. Cementerio de besos, sólo gusanos en las tumbas. ¿Qué importa que tu amor no pudiera guardarme? La noche está cerrada y en tu patria ni tú estás contigo. El cartógrafo nos engañó, Ítaca no existe, Utopia es mentira, y tu nombre un azar de letras.

Tierra seca, árida, cavar es imposible, todo se rompe ante tu rostro. No se puede sembrar, no escondes diamantes ni oro, piedra impenetrable, enigmática, estéril. Moriría por contemplarte, sí, moriré de hambre y contemplación, de frío fascinante, de sed estúpida, no hay ríos, no hay lagos, no hay fuentes, sólo tu piel impoluta y sin poros, sólo belleza, sólo un eterno espejo que me muestra al descarnado que siempre seré en ti, miseria, fealdad, carencia. Pero lo he dicho, tú eres hermosa.

Ese fue mi destino, y en él viajó mi anhelo, y en el cayó mi anhelo. Todo en ti fue naufragio. De tumbo en tumbo aún canté y aullé, de pie como un marino fascinado ante la proa de mi barco. Pálido buzo ciego, desventurado hondero, descubridor perdido, esa honda embriaguez de amor vuelta en eterna abstinencia, no terminó el delirio, se mantuvo inclemente la resaca. Sólo queda lanzarse, hundirse, caer hasta el cimiento de la Tierra, ahogarse, beber sal hasta hacer mina en los pulmones. Que el mar ya no sea destino sino tumba, que el amor no sea puerto sino lápida.

Caer de un nombre al olvido, de un significante al abandono, mientras pueda brazear nadaré, si no me encuentra un barco no se salvará nada de mi memoria, quien se quedó atrás fue mi patria, lo que se cuartea en mi ilusión es eso que dijeron mis padres al llamarme, yo no soy eso que nunca fui, y cada trago de agua involuntario me borra identidad. Es la hora de partir. Mientras escribo estas palabras la última letra de tu, ¿mi?, nombre se ahoga.

Es la hora de partir, la dura y fría hora

que la noche sujeta  todo horario.

El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa

Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.

Abandonado como los muelles en el alba.

Sólo la sombra trémula se retuerce entre mis manos.

Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.

Es la hora de partir. Oh abandonado!

La canción desesperada, Pablo Neruda.

 

 

*Palabras en cursivas citas del poema “la Canción desesperada”de Pablo Neruda