El primer motor

© Chiara Aime

Thiasol

Juliana cerró una mañana las puertas de su infancia y echó a andar por los adormilados corredores de la vieja ciudad. No retornaría a esa casa. Su caminar se había vuelto lerdo, metódico; cada paso era el resultado vívido de su mente dictadora.

Una descarga eléctrica en el alma la sacudió del letargo anímico y la puso frente a su madre. Su cuerpo fue sumergido en un pánico absurdo, la razón gritaba desesperada que esa mujer era un espejismo carente de sustancia; sin embargo, el instinto de supervivencia la obligó a correr sobre las huellas que minutos atrás había grabado en cada piedra de aquellos callejones.

—¿Huyes de mí? —llegaron a sus oídos estas palabras a través de un viento delator.

—¿Por qué te aferras a seguir corriendo? —decía la voz enmascarada en un tono amoroso.

“¡No existes!”, repetía Juliana una y otra vez tratando de convencerse, mientras buscaba refugio en una antigua vecindad. La alborada se tornó eterna, el presente, el pasado y el futuro se fusionaron en un momento primigenio. El aire se vio envuelto en un fuerte aroma a chocolate que trasminaba tanto las paredes enmohecidas como los sentidos inertes de Juliana.

—Aún no lo has entendido ¿verdad? —jugó un poco la madre con la mente de la desventurada hija.

En cuclillas, Juliana restregaba el rostro sobre las palmas sudorosas de sus manos. ¿Qué debía hacer? ¿Creer en lo que veía y escuchaba? “¡no! No eres real”, pensó.

—¿Y cómo sabes lo que es real y no? ¿No basta con que esté yo aquí, hablándote y mirándote, para creer en mi existencia? —preguntó la madre acercándose a Juliana y posando su mano delicada sobre la cabeza de la hija—. Si eres capaz de poner en duda el valor de tus sentidos, también deberías dudar de tu inteligencia. Sólo así podrás darte cuenta que existo tanto como tú.

Juliana alzó la cabeza y miró a la mujer que decía ser su madre; la observó pausadamente, y recorrió sus dedos temblorosos sobre aquel cuerpo. ¡Cómo deseaba encajar las uñas en él y arrancar su alma!

Luego de leer los pensamientos de su hija, la madre preguntó sonriendo:

—¿Puedes oler el chocolate? —Juliana aspiró profundo buscando con la mirada el lugar de donde provenía. Sí, podía olerlo.

—Entonces, ¿el olor es verdadero o producto de tu imaginación? —Juliana estaba abatida en la confusión. No lograba comprender cómo había llegado hasta ahí. Ansiaba que el futuro viniera ya con la salvación.

—¿Pero de quién o de qué deseas liberarte? ¡Pobre niña mía! No te has dado cuenta que el futuro nunca llega y el presente dura sólo un segundo. Si lo único que persiste es el pasado, ¿por qué huir de él?

Juliana seguía luchando consigo misma, creyó que si en el futuro no hallaría cómo romper con este cordón umbilical, sería necesario hurgar en el pasado para conseguir aquello que la impulsó a este vertiginoso presente.

—Bien, tus reflexiones han descubierto el camino, síguelo pues pronto te vendrá la revelación. En tanto yo, te seguiré contemplando —fueron las palabras condenatorias de la madre.

Juliana desenmarañó sus recuerdos, buscó aquello que siempre la motivó a moverse, a actuar, a ser. Caminó sonámbula largo tiempo, sin rumbo aparente. En el andar se enfrentó a cada decisión que tomó en su vida, todas ellas influenciadas. Pudo percatarse que el destino siempre sería el mismo, aunque una y otra vez inventara veredas diferentes. Así, cuando su mundo sensible y su mundo inteligible fueron capaces de convergir, despertó ante la casa que había jurado jamás regresar. Bajo el marco de la puerta, de pie y sosteniendo una sonrisa cáustica, su madre la esperaba:

—Por fin se te aclara la mente —dijo triunfadora—. Espero que hayas comprendido que yo soy el origen y el final. Y que siempre harás mi voluntad ya que soy tu primer motor.

Juliana entró pasible a la casa con olor a cacao.

 

Tomado de: Leer el cuento, Endora Ediciones, México, 2010, p.17

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