Un remedio para el mundo

Marco Antonio Rodríguez Martínez

 

Lenina Abreu se despertó muy tarde y con el cuerpo molido, por•que se pasó la madrugada descuartizando a su último sujeto de prueba (un hombre de cuarenta y tantos años, chaparro y calvo). Después puso los miembros en bolsas de plástico negras, las guardó en el refrigerador, y limpió meticulosamente la sangre que manchaba el piso de su laboratorio improvisado, los serruchos, y a las seis y media de la tarde, Lenina se levantó de la cama con tremendos esfuerzos. La pesadumbre no se debía sólo al agotamiento físico, sino a la decepción de haber fracasado de nuevo. El individuo que ahora estaba cortado en pedazos dentro de su refrigerador, era la duodécima persona a la que le inyectaba el suero sin obtener resultados favorables. Y aunque su carácter era fuerte y tenaz, Lenina ya empezaba a cansarse.

Como tuvo que sacar sus víveres para hacer espacio, se echaron a perder, así que únicamente comió cereal sin leche y un vaso con agua de la llave. Acto seguido se puso ropa limpia y cogió dos bolsas negras, las más pesadas, las que contenían las piernas y el tronco de aquel patético hombrecito que se le acercó con timidez en una cantina de Garibaldi, presentándose como arquitecto freelance (o sea, arquitecto desempleado).

Ya afuera de su casona, Lenina metió las bolsas en la cajuela del Tsuru y se puso a manejar sin rumbo fijo. La primera bolsa la tiró en un bote de basura de cierto parque desolado. Se deshizo de la segunda dejándola adentro de una carcacha abandonada que, probablemente, serviría de refugio para algún indigente. ¿Con cuántos indigentes había probado su suero? Al menos con cuatro, sin embargo dejó de recurrir a este tipo de personas desde que una mujer (a quien llevó a su casa prometiéndole despensas y ropa) estuvo a punto de escaparse antes de que el suero defectuoso la matara. “El problema con ellos es que están acostumbrados a defenderse, a luchar por sus vidas. Siempre a la defensiva, como perros salvajes”, reflexionó Lenina, y a partir de ese día se limitó a levantar a pobres diablos borrachos que la abordaban en los centros de vicio.

En el camino de vuelta se detuvo en un Oxxo y compró leche, ja•món y queso. También un Jumex de piña. Al salir tropezó con dos jovencitas escandalosas que la miraron con rencor. “Fíjese, pinche vieja”, mascullaron y luego se rieron burlonamente. A Lenina la asaltaron unos deseos bárbaros de abofetear a aquellas escuinclas altaneras que no harían más que embarazarse a los quince años, contaminando el mundo con su descendencia parásita y absurda. Se contuvo respirando hondo, y, sobre todo, pensando en el suero. “Cuando perfeccione el suero, ya veremos quién se ríe.”

Al volver a su casa se dio un baño y se preparó algo de cenar. “Ya las iré tirando en el transcurso de la semana”, se dijo mientras contemplaba las bolsas negras restantes. Después de acomodar los víveres nuevos en el espacio que dejaron las piernas y el tronco del arquitecto freelance, Lenina se encerró en su laboratorio improvisa•do, y trabajó en su experimento hasta altas horas de la noche.

Lenina Abreu sabía que los demás doctores del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM no le tenían aprecio. Sabía que varios hablaban a sus espaldas, y que la tildaban de huraña. Por fortuna su trabajo era impecable, así que nada ni nadie podía quitarla de su puesto. (¿Cómo hacerlo, si eran sus aportaciones al ámbito de la inmunología las que les otorgaban los premios a sus superiores, quienes eran expertos en robarse el crédito ajeno?) El “por fortuna” no es porque a Lenina le encantara laborar en el instituto, buscan•do vacunas y remedios para salvar a la humanidad, sino porque el instituto le brindaba infinidad de material de todo tipo para trabajar en su verdadera investigación, aquélla que yacía inquieta en el labo•ratorio improvisado de su casona deteriorada de la Roma.

“Es una vergüenza que siga desapareciendo material, y una vergüenza aún mayor que nadie de ustedes sepa nada”, dijo enérgica en cierta ocasión la jefa del departamento, mirando de reojo a Lenina, quien pensó que tal vez sería buena idea experimentar el suero en la mujer. Sin embargo recapacitó segundos después. Si el suero fallaba (que era lo más probable) la doctora comenzaría a convulsionarse, a echar espuma por la boca, y finalmente se le detendría el corazón; entonces se vería en la necesidad de descuartizarla, guardar sus restos en bolsas de basura, y tirarlas por aquí y por allá. A diferencia de los vagabundos y los pobres diablos, a la eminente doctora sí la extrañarían. Y lo que Lenina menos deseaba eran problemas con la ley. Encerrada en la cárcel jamás podría terminar su trabajo.

“Hola, disculpe que me acerque así, pero… eh… ¿podría invitarle otro trago?”, dijo en tono nervioso un individuo alto, con panza y cara de imbécil. Lenina lo inspeccionó de pies a cabeza, de golpe se terminó su piña colada sin alcohol, puso la copa vacía en la barra del bar y le respondió: “Sí.”

La rutina de Lenina Abreu fue la misma durante dos años. Su experimento seguía fracasando. Una vez estuvo cerca del éxito. Su sujeto de prueba era un viejo lujurioso lleno de verrugas a quien el suero lo puso violento durante un par de minutos. Con los ojos amarillentos se estrellaba contra la pared, lanzando mordidas al aire. Desgraciadamente, la felicidad que Lenina sentía en las entrañas se terminó cuando el viejo cayó fulminado por el temido ataque cardiaco. El suero todavía necesitaba correcciones.

La depresión que le sobrevino fue de tal magnitud que abandonó el experimento por varias semanas. Los bríos regresaron renovados con el paso del tiempo. Las infamias que leía en la nota roja de los periódicos, que veía en las noticias, que presenciaba en las calles (para Lenina, una infamia iba desde un asalto a mano armada hasta que alguien no le cediera su asiento a una embarazada en el metro) la empujaron de vuelta al laboratorio improvisado. Al mundo le urgía un remedio.

Un día, la jefa del departamento de Inmunología encaró a Lenina, amenazándola con supuestas pruebas que la señalaban como la responsable de que tanto material y químicos hubieran desaparecido en los últimos años. La acusación le causó gracia, ya que era evidente que la doctora lo sabía desde hace mucho tiempo, y era evidente que lo sacaba a relucir justo en ese momento no porque le importaran las cosas desaparecidas, sino porque el rendimiento de Lenina en el Instituto había disminuido escandalosamente, debido a que los avances en su proyecto personal le exigían más atención. Siempre le había desagradado a la doctora, y ahora que no le generaba premios ni medallas que colgarse, simple y sencillamente se deshacía de ella.

—Sí, es verdad, yo me he estado robando el material. Pero ha sido por una buena causa, por una investigación que modificará al mundo para siempre. Si no me denuncia, le obsequio el crédito —dijo Lenina. Los ojos de la doctora brillaron de codicia, a sabiendas del talento de su desagradable colega. —¿Y de qué se trata esta investigación? —preguntó cruzándose de brazos. —Vamos a mi casa, ahí le explicaré todo –y fueron a la casona de la Roma. Mientras la doctora hojeaba embobada las decenas de libretas de Lenina, ésta le inyectó el suero en el cuello. La mujer se fue de bruces, regando la pila de apuntes. Escupió un poco de espuma y los ojos se le tornaron de un amarillo pálido. Empezó a revolcarse y a enseñar los dientes. Lenina salió del laboratorio improvisado y lo cerró con llave. Transcurrió una hora, dos, y la doctora seguía viva, destrozando la habitación. “Creo que lo conseguí, creo que lo conseguí…” pensó Lenina Abreu llorando lágrimas tibias.

En algún punto de la noche los ojos se le cerraron, y se quedó profundamente dormida, con la espalda recargada en la puerta del laboratorio.

Al despertar, pegó el oído a la puerta, temerosa de que la infección de la doctora hubiera sido un sueño. Con alivio escuchó los gruñidos de la mujer, y cómo se seguía golpeando con las paredes. Antes de abrir la puerta, Lenina salió a la calle a comprar un periódico. En él leyó sobre dos violaciones (una de ellas tumultuaria), tres asaltos, y una narcomatanza. Luego entró en un café y le dijo a uno de los empleados: —Señor, ¿me regala una tortilla, o un bolillo de ayer?, no he comido en dos días, por favor, no sea malo. Me corrieron de mi trabajo y tengo cáncer. —Aquí no somos caridad, órale, sáquese, vieja huevona —le contestó el empleado. Con esto se disiparon las dudas que tenía sobre si sería lo correcto darle su remedio al mundo.

Lenina fue al banco y vació su cuenta. También fue al Walmart y compró lo que le cupo a seis carritos (tuvo que hacer seis viajes al supermercado).

Ya con todo dispuesto, Lenina abrió la puerta de la casona, y luego la del laboratorio. Dando grandes zancadas subió a resguardarse en su cuarto. Bastaron pocos minutos para que la doctora escapara en una carrera rabiosa. Bastaron sólo segundos para que mordiera a la primera persona.

—Creo que ahora las cosas serán mejores —dijo Lenina Abreu, contemplando el alboroto de la calle desde su ventana.

—Sí, ahora las cosas serán mejores —repitió Lenina como un eco.

 

Tomado de: Antología Zombie, Endora Ediciones, México, 2012, p.32.

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