Caducidad

Débora Hadaza

Una de las cosas más sabias que toda persona debe aprender es que todas las palabras, dichas personalmente, tienen fecha de caducidad.

No importa si fueron pronunciadas, escritas, incluso sólo pensadas, todas se corromperán, apestarán, se llenarán de gusanos, se tragarán a sí mismas consumiéndose en fuegos fatuos, serán un espectáculo de horror hasta desvanecerse. Por eso el erotólogo Jaime Sabines dice que hay que reunirlas y penderles fuego. No se desaconsejan, sin embargo, los rituales funerarios. Es sano, cuando se tiene la ocasión, despedirse amablemente de ellas, acariciarlas mientras aún están tibias, besarlas ardorosamente antes de su descomposición, y apenas se sientan un poco gelatinosas echarlas sin piedad al fuego.

Pero para esto, para los funerales de las palabras, existen, al menos, tres grandes inconvenientes:

1. Si todas las palabras dichas personalmente tienen fecha de caducidad, -todas, las hermosas, las horrendas, las comunes-, ¿quién puede determinar cuáles de ellas merecen o no un funeral? A veces un “¿cómo estuvo tu día?”, un simplón “Cofi taim”, un odioso “fíjate tarugo”, o un asqueroso “cállate”, son abrazadas hasta que se quedan los gusanos apestando en el cuerpo para siempre.

2. Si todas las palabras dichas personalmente tienen fecha de caducidad, -todas, las hermosas, las horrendas, las comunes-, ¿quién puede determinar su tiempo exacto de caducidad? Muchas de las palabras más hermosas y más horribles, que ha dicho ésta que escribe, murieron justo después de pronunciarlas; incluso aún mientras sonaban las últimas letras, como quien nace muerto, como los que se abortan; pero en los oídos, en el alma de quien las escucha, terriblemente, nacen vivas, fragantes, fuertes, y como engendro de ángel, o demonio, se vuelven inmortales. ¿Cómo quien las dice puede desligarse de la vida vampírica de las palabras que engendró? ¿No es esto irresponsable? “Tú dices que ya no son verdad, ¿y yo qué hago con todas esas certezas, ansiedades, alegrías o miserias, que al decirlas creaste?” ¿Cómo quien las escucha puede reclamar la falta de vida a quien se le acaban de morir, no es esto insensible? “Juro que yo no las maté, simplemente se murieron.”

3. Si todas las palabras dichas personalmente tienen fecha de caducidad, -todas, las hermosas, las horrendas, las comunes-, ¿cuál es el momento preciso para hacer el funeral? Hay quien se aferró a una palabra muerta por toda su vida y sólo le propició más vida. Hay quien dio por muerta una palabra agonizante y al quemarla calcinó su esperanza. Hay quienes fundaron su vida sobre palabras robadas, secuestradas, compradas, las esclavizaron como a los hebreos que construyeron las esfinges, y al final de su tiránica existencia se quedaron tan mudos como las momias. Hay quienes nos pasamos los días resucitando palabras, conservándolas en alcohol, dándoles respiración de boca a boca, y no nos alcanza el tiempo para vivir. Al incinerarlas, ¿nos alcanzará para morir?

Una de las cosas más sabias que toda persona debe aprender es que todos los cuerpos que ha amado tienen fecha de caducidad. Algunos caducarán inmediatamente después de verlos, otros ni siquiera con la muerte de su poseedor, y los más caducan cada segundo mientras les circula el aire. Pero éste será motivo de otro estudio, de otro escrito, de otro dolor.

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