Santo Tomás de los Plátanos

© Kurt Higgins

 

La tarde se volvió roja, el cielo cambio de un azul resplandeciente a un tono rojizo causado por el estallido de una bomba atómica…

Acepté el empleo por necesidad, porque no tuve otra opción, mi suegro conocía a un tipo del barrio que se dedicaba a conectar a gente necesitada, este hombre tenía contactos con varios grupos terroristas y narcotraficantes del país y del extranjero.

El empleo consistía en ir a recoger una carga a la frontera con Estados Unidos en Chihuahua.

—¿Sabes manejar? —me preguntó el tipo aquel.

—Sí pero…

—No hay bronca mi yerno es tropa, no te va hacer quedar mal, yo me comprometo.

—Está bien, está bien, toma.

Me dio unas llaves y un sobre amarillo que sacó de su bolsa interior de una chamarra de piel. Dentro del sobre había dinero en efectivo y un papel que contenía la dirección donde tenía que recoger un auto.

—Tu trabajo consiste en traerlo a la ciudad y entregarlo en esta dirección.

Me entregó una nota con los datos para la entrega del vehículo.

—Ahora vete y será mejor que hagas bien el trabajo o tu mujer quedará viuda.

El vehículo me lo entregaron exactamente a la hora fijada y en la bodega indicada, cuando vi el tamaño del aparato automotor que tenía que conducir pensé que había sido un error pues no era un auto sedán o algo por el estilo, sino que se trataba de un camión con la cabina pintada de negro y con la caja de carga pintada del mismo color como si se tratara de un vehículo del ejercito. De momento quise abrir la puerta trasera para ver el cargamento que trasladaría pero me detuve cuando me llegó el recuerdo de mi mujer, así que me detuve y me subí a la cabina para emprender viaje.

La inexperiencia me llevó a manejar despacio y con los nervios destrozados, me detenía casi en cada señalamiento para ver si era el camino que debía seguir, de Chihuahua, bajé por Durango, Zacatecas, pasando por San Luis Potosí y en lugar de seguirme hacia Querétaro, me desvié por Guanajuato, bajando por Morelia Michoacán; cuando me di cuenta que me estaba yendo demasiado al sur, se escuchó un ruido que me sobresaltó en medio de esa carretera oscura.

El timbre de un celular sonaba en el interior de la cabina, comencé mirar en todas direcciones para localizar el lugar de donde provenía ese sonido, pisé el freno para detener por completo el camión, miré con recelo la tapa de la guantera, al abrirla, un teléfono celular vibraba reluciendo una luz parpadeante, dudé en cogerlo, el instinto me llevó a tomarlo y contestar.

—Estás tardando demasiado, si no llegas mañana a primera hora, olvídate de tu familia –me dijo la voz del interlocutor.

—Pero…

Había colgado sin darme tiempo de dar una explicación.

Tomando camino por el estado de Toluca me empecé a sentir con demasiada presión, los nervios no me dejaban ver con claridad, en el tablero la aguja marcaba en la reserva de gasolina. No sabía dónde me encontraba; de pronto me vi manejando por un camino desconocido para mí, ya no era una carretera parecía el camino de algún poblado, había pasado un lugar llamado Ixtapan de oro, pensé que andaba por Guerrero, maldije a mi suegro por haberme embarcado en este trabajo.

“Chingada madre, ¿y ahora qué hago?”

Renegaba en contra de todo, cuando de pronto sentí un fuerte golpe; el camión se agitó de un lado para otro, mis manos se aferraron al volante, abrí los ojos al máximo, el pánico se apodero de mí por unos instantes, no podía perder el equilibrio, pensé que circulaba por algún despeñadero pero en realidad el camino era demasiado angosto; el peso de la caja se recargó de un solo lado y el camión se fue volcando hacia la parte derecha del camino; abrí la puerta para salir rápidamente y brinqué hacia unos arbustos.

—¡Noooooooooo!

El camión caía a un lado del camino, dio dos vueltas antes de quedar quieto, la puerta trasera se abrió.

—¡No!, no me chingues, ¿cómo me haces esto? Mi esposa… la van a matar, que su puta madre.

El sol lanzó sus primeros rayos de luz, me llevé las manos al rostro, “¡no pude ser”. Iba a dar media vuelta para correr y llegar pronto a la capital para salvar a mi esposa pero fue cuando escuché un zumbido como si fuese una alarma de reloj proveniente de la caja del camión; giré rápidamente la cabeza para ver la puerta abierta, corrí hacia la caja, el corazón bombeó con demasiada fuerza; de nuevo el pánico invadió todo mi cuerpo, el zumbido era ocasionado por un artefacto que parecía un misil de la fuerza aérea, el cual estaba conectado a varios dispositivos que tenían la forma de barriles de acero. Me habían mandado a la frontera para llevar una bomba atómica al Distrito Federal… pero cuando mi mente reaccionó pude ver que en realidad no era una bomba atómica, se trataba de un explosivo conectado a varios cilindros llenos de componentes químicos; si cometían un atentado en contra del gobierno mexicano sería con un ataque biológico, de pronto el zumbido se escuchó más agudo y en aumento.

El golpe había activado los dispositivos eléctricos, en minutos haría explosión, el impulso de sobrevivencia me obligó a girar y correr; llegué hasta unos árboles, al cruzarlos vi un lago del cual sobresalía la cúpula de una vieja iglesia; el estallido me obligó brincar hacia el lago y sumergirme en él, debajo nadé hasta llegar a la iglesia para entrar en ella; subí la mirada y pude ver un destello rojo, la bomba había estallado.

Pasaron cinco minutos, mis pulmones pronto me estallarían o empezaría a tragar agua, era determinante tomar una decisión, morir ahogado o morir por causas de las composiciones químicas. No, no podía dejarme vencer y morir allí, tenía que ir por mi esposa, así que empecé a nadar para salir a flote; me encontré dentro de la cúpula, fui sacando poco a poco la cabeza del agua para ver qué había pasado en el exterior, no aguantaba más, necesitaba respirar, así que moví la cabeza a modo que mis orificios nasales rozaran ligeramente el agua y pudiera respirar; no sentí nada, imaginaba que sentiría una picazón al inhalar aire pero no, miré al ángulo de la explosión, todo había terminado, mi esposa moriría, yo la había matado, no había escapatoria, el tipo aquél no descansaría hasta encontrarme y matarme sin antes matar a toda mi familia.

La tarde se volvió roja, el cielo cambio de un azul resplandeciente a un tono rojizo causado por el estallido de una bomba atómica, de una bomba biológica, no sabía si sentirme afortunado o los efectos llegarían después, pero empecé a caminar fuera del lago, después de varios minutos entre a un pueblo, “Bienvenidos a Santo Tomás de los Plátanos” se visualizaba un anuncio al pie de las escaleras de un kiosko de la plaza principal, estaba completamente solo, ¿y los habitantes?, era una pregunta estúpida, tal vez corrieron a esconderse o intentaron escapar, pero en su intento debería haber cuerpos por todos lados quizás estuvieran escondidos en sus casas. Seguí ca•minando sintiendo una extraña sensación, si los habitantes sobrevivieron ¿por qué está todo en silencio sin nadie en todo el perímetro?

De pronto me sentí vigilado, asechado, como si alguien siguiera mis pasos.

—¡Hola!, ¿hay alguien ahí?, ¡HOLA!

Grité sin obtener respuesta, una sombra corrió detrás de mí, giré rápidamente pero no vi a nadie, miré en todas direcciones, sin con•seguir ver nada, seguí caminando en busca de un teléfono para comunicarme a casa y fue cuando vi correr una persona.

—Espera, necesito un…

Eché a correr detrás de esa persona, la falta de aire me sofocó, me vi rodeado de plantas, giré la cabeza por la izquierda luego por la derecha, estaba en el centro de un platanal, la figura que vi corriendo se hallaba hincada al pie de un árbol de plátanos, con la cabeza entre las rodillas, al estar cerca pude ver que se trataba de una niña de escasos trece o catorce años.

—¿Por qué corriste?, yo sólo…

Como si el tiempo se hubiera detenido y los dioses hubiesen estado jugando conmigo, la niña giró su cabeza en cámara lenta, di un paso para atrás mi gesto articuló miedo y asombro, la niña parecía un monstruo, la piel de su rostro se veía carcomida como si tuviera la enfermedad de la lepra; me gruñó y se incorporó velozmente, su ojos me decían que me atacaría, por instinto la detuve con mis manos, forcejeando con esa niña me sentí en un cuadrilátero de lucha libre, su fuerza era sorprendente, sus gruñidos parecían los de un felino hambriento, su quijada se abría y cerraba simultáneamente, intentaba por todos los medios morderme, no pude creer que tuviera tanta fuerza. Sus jaloneos y aventones con los pies y manos me obligaron a retroceder, tropecé con algo y caí de nalgas, sus ojos sin un rastro de vida me miraban con furia animal dispuestos a cometer cualquier locura o fatalidad, comprendí que estaba en una situación de vida o muerte, busqué con que defenderme hasta que mi mano derecha cogió un tronco, la niña se abalanzó sobre mi cuerpo tendido, no hice más que colocar el tronco frente a mí como medida de protección y el cuerpo inerte cayó encima perforándose a sí mismo a la altura del corazón. Perturbado me paré viendo un cuerpo putrefacto.

“¿Acaso sería la consecuencia que dejó la explosión?”

Al salir del platanal y volver a tomar rumbo hacia el poblado, de•cenas de personas deambulaban cerca de la plaza principal, tenían las mismas características que la niña, la radiación había quema•do parte de su rostro y cuerpo; comprendí que los componentes químicos trastornaron su cerebro pues al no matarlos los convirtió en una especie de zombis, muertos vivientes. Me sentí dentro de una película de terror, pues los afortunados que pudieron sobrevivir siendo inmunes al estallido como yo, eran perseguidos por estos seres que horas antes eran personas comunes y corrientes. Me iba a derrumbar, sentí que mis rodillas se me doblaban, mi corazón sintió dolor pues era mi culpa, yo era el culpable de que en ese pueblo, en Santo Tomas de los Plátanos, hubiera gente muerta buscando lo único primordial del instinto animal, alimentarse.

Estaba por caer de rodillas pero de nuevo el recuerdo de mi esposa me dio fuerza para seguir, tenía que ir por ella. Los gritos se escuchaban por doquier algunas personas eran sometidas y atacadas por los zombis, la escena era cruel, pero tenía que seguir, a mi alrededor no había ningún vehículo que manejar; el único disponible se encontraba del otro lado de la plaza principal, tenía que cruzar por el mismo lugar donde se hallaban los muertos vivientes, quienes inmediatamente me vieron y quisieron correr a donde me encontraba. Me dispuse a escapar, a un lado pude distinguir el cuerpo de un hombre con un machete en la mano, corrí hacía él para quitarle el instrumento de metal, al cogerlo me tomó por sorpresa aquel cuerpo sin vida que había sido víctima de las mordeduras; se movió tratando de agarrarme un brazo, me sobresalté del susto y de la impresión pero me di valor arremetiendo el machete en la cabeza del cuerpo hasta dejarla como picadillo; con la adrenalina a flor de piel corrí por el costado de la plaza sobre una avenida, mi destino era llegar hasta esa camioneta que vislumbraba, defendiendo mi integri•dad con furia, tratando de conservar la vida fuera como fuera. Tuve que pelear y destazar como pude a esos seres que me atacaban y que no pidieron ser convertidos en lo que ahora eran.

Al llegar a la camioneta me llevé la sorpresa de mi vida; fue aún más grande de ver a ese pueblo convertido en un poblado de muertos vivientes; mi esposa, la mujer que amaba con todas mis fuerzas, se encontraba parada frente a mí, siendo amagada por una pistola en la frente sostenida por el hombre que me había contratado.

—¿Te sorprende vernos? —a la par salieron hombres encapuchados y con mascaras antigás. —¿Cómo pudiste ser tan estúpido?, ¡sólo tenías que llevar un pinche camión a la ciudad, cabrón!, y resulta que activaste un arma poderosa, ¿eres tan pendejo? ¿Qué no pudiste hacerlo?

—¿Cómo dieron conmigo?

—Vía satelital, siempre supimos dónde andabas, pero no imaginé que fueras tan pendejo de perderte en las carreteras.

—Suéltala ella no…

—Ella no ¿Qué? pendejo, ella no ¿Qué?

—Esto no debió pasar, es mi culpa déjala ir.

—Claro que no debió pasar, no aquí, debió de haber pasado en los Pinos ¡pendejo!

—¿Iba a hacer explosión de todas maneras?

—Eso no te importa, lo que te debe importar es lo que te va a pasar a ti y tu esposa.

Los estallidos de las armas disparando en contra de los zombis me hicieron voltear, en la plaza había una lucha encarnizada en contra de estos seres quienes caían pero que se volvían a levantar para ata•car a los hombres encapuchados, siendo algunos víctimas de estos seres. El tipo aquel jaló el gatillo.

—¡Noooooooooo!

Sentí que gritaba en cámara lenta, le iban a disparar a mi esposa, la bala perforó su cráneo, su cuerpo cayó lentamente al suelo.

Fue cuando desperté gritando el nombre de mi esposa, quien estaba a mi lado recostada en la cama; todo había sido producto de una pesadilla.

Un dejavu pasaba por mi mente, “Esto ya lo viví”.

Mi suegro me presentó a un hombre corpulento de piel morena como de 1.80 metros, al verlo lo reconocí, pero no recordaba de dónde. El tipo me daría un empleo, me entregó unas llaves y un sobre. El trabajo consistía en recoger un auto en una bodega en el estado de Querétaro, a la hora y lugar indicados, pensé que sería un tráiler o un camión de carga pero en realidad era un sedán rojo con unas cajas en su interior de un piso laminado importado de los Estados Unidos, al ver la mercancía respiré con tranquilidad, me subí al auto y emprendí viaje.

Al llegar a la Ciudad de México y al lugar donde tenía que entregar la mercancía me recibió el tipo que me dio el trabajo. Me dijo que era todo y que después tendría más trabajo para mí; le di las gracias no sin antes acomedirme a ayudarles a sus empleados a bajar las cajas.

—No es necesario, ya te puedes ir.

—No tengo ningún problema con ayudarles.

Cogí una de las cajas, pero torpemente se me cayó una jalanado la lona con que estaban cubiertas las cajas, en su interior se encontraba un aparato electrónico conectado a un cilindro, sentí que mi gesto articuló pánico, el tipo aquel me miró con los ojos desorbitados, por accidente había activado el cronómetro de este aparato, los hombres a mi alrededor corrieron con gesto de horror, el tipo aquel también lo hizo al igual que yo, la gran explosión me hizo caer a un lado de un camión de carga con la cabina negra…

Recostado en el asfalto con dolor en gran parte del cuerpo pude ver en todo lo alto que el cielo se tornaba de color rojo, cerré los ojos y perdí el sentido.

Tomado de: Antología Zombie, Endora Ediciones, México, 2012, p.55

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