Escribir por nosotras

Débora Hadaza

Son las 10:10 p.m. mi esposo y mi hija están ya durmiendo. Quiero escribir, no para decir algo específico, no para hacer poesía o para tratar un gran tema. Quiero escribir porque las emociones se me atoran en la garganta, porque hoy es cumpleaños de mi mamá y estoy lejos de ella, porque el miércoles sería el cumpleaños de mi abuelita y ya no está en la tierra, porque uno de mis mejores amigos se casó ayer, porque uno de mis mejores amigos se divorcia mañana. Porque una amiga se acaba de enterar que está embarazada y está feliz, porque una no amiga se acaba de enterar que está embarazada y está aterrada, porque alguien que podría ser mi amiga acaba de perder un bebé, porque alguna de mis amigas jamás podrá embarazarse.

Quiero escribir por todas las mujeres y niñas que ya no podrán hacer nada más, por las que ya no podrán bailar, besar, dudar, por todas aquellas que viajando ya nunca las dejaron volver, por aquellas que fueron a la tiendan y ya no las dejaron volver, por aquellas que fueron a la escuela y ya no las dejaron volver, por aquellas que ni siquiera les permitieron salir de su casa. Por sus ojos que saben quién las mató, por su boca que se cansó de gritar o que fue silenciada en el horror, por su cuerpo que dejó de ser para convertirse duda, dolor, espanto, ausencia. Quiero escribir por ellas porque realmente quiero llorar, porque me gustaría llorar a gritos hasta hacer un mar. Porque tanta tristeza no puede seguir conteniéndose en tantos cuerpos callados, porque ya es hora de aullar hasta romper el cielo, hasta destruir la tierra. Porque ya no caben más mujeres mal sepultadas en la playa, en los patios, en los caminos, en los ríos, en los closets, entre las paredes; ya no caben más mujeres muertas en este país que huele a muerte.

Quiero escribir porque quiero tener esperanza, porque quiero defender la alegría, porque quiero creer que vale la pena hacer letras y seguir viva, porque estoy viva, porque aun estoy viva, porque no tengo pretexto para callarme, porque no quiero ser un perro mudo, porque no quiero ser una mujer amordazada, porque es la única arma que tengo, porque es la única trinchera que mantengo, porque de tanto escribir puede ser que se me ocurra algo, algo más que letras, que dolor, que rabia, quizá dé con algo que sea una bomba antimuerte, antihorror.

Quiero escribir hoy por las mujeres que amo, por todas las que nacieron con vagina. Por mi mamá que es hermosa desde la punta de sus pies raros hasta sus pocas canas, por mi abuela pequeña y testaruda, por mis tías: la que me cuidó y fue mi todo, por la que me detesta aunque diga que me quiere, por la que me quiere pero no sabe cómo querer a mi mamá, por la que odia a todo el mundo porque piensa que no la merece. Quiero escribir por mis primas: por las que son madres, por las que quizá nunca lo serán, por las que han peleado hasta con las uñas su derecho a todo lo que poseen, por las que han perdido hasta las uñas, por las que aman con locura, por las que nunca han conocido el amor. Quiero escribir por mis amigas, porque no necesitan a nadie aunque a veces parezca que sí, porque son más poderosas que la palabra fuego, por su arte, por sus deseos, por sus planes, por su furia. Quiero escribir por mis “rivales”, por todas aquellas que hemos deseado al mismo hombre y no nos dimos cuenta lo mucho que nos parecíamos, lo mucho que podíamos compartir, lo mucho que nos pudimos respetar, lo mucho que pudimos haber hecho juntas de estar del mismo lado. Decir amor es decir demasiado, pero decir amor debería ser la forma correcta de decir mujer.

Quiero pedirles perdón a todas ellas, a todos estas mujeres que he nombrado. He gastado tiempo en criticarlas, en juzgarlas, en dudar de sus intenciones, en medirme con ellas. He gastado demasiado tiempo tratando de ser para otro, perdón por no quererme, perdón por no quererlas tanto, perdón por no defenderme, perdón por no defenderlas más, perdón por callarme y por tratar de callarlas, perdón por tener miedo de ser yo, perdón por no aceptarlas tal como son. Ya no más, a cada paso, a cada palabra, ya no más, revisando mi conducta, mi pensar, ya no más. No quiero sentirme así otra vez aunque seguramente me equivocaré de nuevo.

Son las 10:45 p.m. no se duerme el gato atrapado entre el pecho y la espada, seguirá arañando así por días, por hoy es tiempo de parar.

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