Testificando por las cicatrices de mi cuerpo

 

Débora Hadaza

Me miro al espejo. Un ciempiés de cinco centímetros, como frontera derecha del vientre bajo, es la novedad. De su lado está más abultado, más. Todo mi cuerpo se siente flácido, como si estuviera triste y ofendido. Sobre todo el vientre, el pecho, las piernas. Lo seco, lo encremo, quiero que no se “sienta así”, pienso en que no sé cuándo podré volver al ejercicio, a las planchas, a la bicicleta, pienso en mi espalda.

Mi espalda ha capturado miradas atentas por algunos minutos. Cuando adolescente, antes de los quince, hablábamos una “amiga”, mi tía, y yo, ellas decían que les salían barros en la espalda, y yo dije qué importa, nadie te ve la espalda, mi tía me dijo, con cierta severidad, que sí debía cuidar mi espalda porque algún día alguien me la iba ver. En ese momento pensé en la espalda como lo menos erótico o llamativo del cuerpo. Para mi suerte no he sufrido de acné en la espalda, ni tampoco en el rostro.

No sé de cuándo son mis cicatrices más viejas, tengo una en medio muslo derecho. Mi mamá planchaba y yo me recargué en la plancha. Tengo la de la vacuna en el hombro izquierdo. Tengo muchas pequeñas en las rodillas y en las pantorrillas. Yo tengo tobillos “de atole”. Todo el tiempo me falseaban los tobillos, muchos esguinces, pero siempre me gustó caminar, demasiado, entonces muchas veces después de un esguince sólo me detenía en la pared, apretando los dientes por el dolor, girando mi tobillo, hasta que sentía que ya podía seguir. Siempre me gustó jugar “a los trancazos” con mi padre, un día me agarró mal parada y al darme una patadita en el muslo se me zafó la rodilla. Desde ahí estuvieron más o menos firmes hasta que, en mi luna de miel, en los últimos cinco minutos antes de que llegara la camionetita que nos llevaría al aeropuerto, entré al baño, pisé un azulejo mojado y me la volví a zafar. Regresé de mi luna de miel en camilla, mis primeros días oficiales en mi nueva casa y nueva ciudad fueron vendada y en muletas.

“¿Irías a ser ciega qué Dios te dio esas manos?” Alguien alguna vez me dedicó esa pregunta nacida de Huidobro. Otra frase que merecían mis manos muy continuamente era “manos frías corazón ardiente”. Siempre estaban frías, pero un tiempo, creo que en la universidad y quizá uno o dos años más, fueron bonitas. Mis manos que de niña se veían huesudas, raspadas, con “padrastros” por jugar tierra. Mis manos que un tiempo se mancharon debajo de las uñas con un tono algo oscuro, mis manos que tenían las yemas encallecidas por la guitarra. Un tiempo, aun sin tener las uñas largas, fueron bonitas, mis dedos lucían largos, delgados, estaban suaves, se veían “femeninas”. El año pasado me volé dos uñas, y meses después otra. Alguien tocó mis manos hace tiempo y dijo vaya tú sí que haces “quehacer”, y es que no importa cuánta crema les ponga, siempre hay algo que lavar, limpiar, cortar, tallar. Ellas, mis manos, están llenas de cicatrices, de marcas y marcas, cortadas, quemadas. No, no iba ser ciega, pero mis manos me sirven, escriben, acarician, son útiles, son mías. Mías para equivocarse, castigarse, amarse, vivirse, sentirse.

Cuando iba en tercero de secundaria estaba friendo mortadelas, una cayó de lleno en la sartén rebosante de aceite hirviendo. Por las gotas que me cayeron en el rostro me llené de ampulas, todo fue de primer grado, todos los días fui al hospital para que me hicieran curaciones, sólo me queda una cicatriz casi imperceptible en las comisuras de los labios. Desde los trece años empecé a usar lentes, nunca me creí bonita, y si algún atributo en mi rostro recibió elogios alguna vez fueron mis ojos, entonces rogué mucho en mis más sentidas oraciones que me compraran lentes de contacto. Los usé por muchos años, pero una vez se infectaron de tal modo que tuvieron que parcharme los ojos, y debí permanecer varios días a oscuras. Otra de las preguntas “impertinentes” de Huidobro es “¿Irías a ser muda que Dios te dio esos ojos?” Alguien me la hizo, yo se la hice a alguien. Lo que más me gusta siempre de alguien son los ojos. Alguien me dijo hace dos años, justo después de mi segundo aborto espontáneo, que mis ojos se veían tan tristes como si en ellos no hubiera deseo, que antes brillaban y se veían vivos. Recuerdo ir al espejo, verlos, y soltarme a llorar. El año pasado “conocí” a Helí Morales en persona, le llevé varios de sus libros para que me los autografiara y en uno de esos autógrafos habló del brillo de mis ojos. Fue como el testimonio de su resurrección, de mis ojos, al menos fue algo que necesitaba.

Hoy sé que estoy convaleciente, que este cuerpo me acompañará mientras dure el viaje de mi vida, y que, parafraseando a alguien, quiero que sea un viaje tan intenso que llegue al final con mi cuerpo cayéndose en pedazos, diciendo wow qué viaje.

Podría también gustarte...