La senda de las palmeras que bailan

© Paul Gauguin

Carlos Arellano

La muerte tomó por sorpresa al señor Gazcón, cuando quiso hacer algo al respecto era ya demasiado tarde. Un infarto puso fin a setenta y dos años de búsquedas y recompensas. Si viviera, sin duda afirmaría que la ironía más lamentable y divertida de su vida fue que no llegó a conocer las maldades del más sorprendente de sus hallazgos. Empero, el desorden de su habitación le sobrevivió.

Hacía seis años que los padres del joven Benito, envejecidos, rentaban la parte superior de la casa a un revendedor de arte barato, un sujeto un tanto fuera de lo ordinario que desde el primer día se hizo llamar señor y, después de pensarlo algunas décimas de segundo, también Gazcón. Su fallecimiento fue una mala noticia para la precaria economía familiar, acostumbrada a recibir la buena paga de un huésped tan reservado como entrañable. No así lo fue para Benito, quien vio la ocasión como una oportunidad para recrear su curiosidad, que no dejaba de tener algo de inmoral. Había espiado a su vecino desde la misma tarde en que se mudó, y si éste no tuvo a bien ponerle un alto en ninguna de las ocasiones en que lo sorprendió hurgando entre sus cosas, mucho menos tendría porqué hacerlo ahora que estaba muerto.

Casi siempre la recámara hablaba de una vida desordenada e inquieta, pero también de un espíritu sensible y hasta sublime. Cierta tendencia al refinamiento quedaba opacada por la presencia del caos, que estaba en todas partes. Sobre la mesa, papeles y lápices de colores y frutas maduras y una vela nueva y varios cabos y granos de café maduros. Sobre el piso estorbos, cajas, cáscaras de lima y más papeles. Muchas más cajas. Diríase que todos los tamaños de las cajas estaban ahí representados. Ropa fina en el clóset: trajes negros, azules, bufandas a cuadros y hasta un sombrero de piel. Discos antiguos, una guitarra que tenía un timbre que parecía venir de muy lejos y una colección de dibujos bastante fuera de lo ordinario. El pasillo se adelgazaba por una multitud de cuadros vueltos contra la pared. Uno por uno los revisó todos, con la paciencia de un coleccionista frustrado los auscultó y reprobó. Había más de cien, pero sólo una decena de ellos tendrían algún valor mediano, la mayoría eran litografías, copias apócrifas y supuestas antigüe- dades de dudoso gusto. Un par de pinturas al óleo, aunque a todas luces espurias, lo dejaron sin aliento. Se trataba de dos bodegones que no merecerían ninguna mención en especial, a decir por una excepción fundamental: eran surrealistas. En algún momento las frutas se alargaban de manera insólita y en otro se reducían de forma ridícula hasta desaparecer. En una de las copias había insectos y hormigas a la manera de Dalí, y en otra un cuadro dentro del mismo cuadro al más puro estilo de Giorgio de Chirico. Así había sido su vida hasta ahora, o mejor dicho, el entramado de su vida: a veces se alargaba, otras se acortaba o se sentía invadido por un ejército de inquietudes que eran como animales, insectos que no le dejaban dormir y a menudo lo empujaban a tener sueños y visiones propias de un demente. Pero lo más espantoso en las obras era el cuadro de un bodegón dentro del mismo cuadro del bodegón. Había en esta tautología inmunda una suerte de riesgo metafísico que le pareció monstruoso. La inmoralidad de los cuadros y un presentimiento, que acaso era una advertencia, le hicieron dirigirse al estudio.Contrario al resto de las piezas, aquí se respiraba un ambiente ordenado y austero. El escritorio limpio dejaba admirar el barniz de la caoba, la alfombra clara y tranquila contrastaba con un taburete oscuro. Junto a la puerta una chimenea de formas elegantes y sobre ésta un atizador plateado, impecable. Ni un solo papel, ni un solo libro, nada más una lámpara de cristal soplado en el techo y la sensación de que ésa era la habitación más resguardada de la casa. Él mismo tenía un lugar así en sus recuerdos, la tarde de la última vez que estuvo con ella, cuando le tomó de la mano y con una sonrisa que le pareció infinita le dijo: “Vete, te estaré esperando”. Se disponía a salir del gabinete y de su memoria cuando sintió el peso de una mirada sobre su nuca. Volteó fingiendo serenidad hacia el escritorio y se quedó impávido. A lo ancho de la pared que había juzgado desnuda en un principio, se dibujaba un escenario de belleza impostergable y agresiva. Un paisaje de colores salvajes y brillantes se revolvía ante su ser nostálgico y apocado, acostumbrado a evocar en el arte y en la música los reflejos de ella y de sus ademanes más típicos, de su sonrisa ahora incompleta, del infortunado viaje de estudios que habría de separarlos para siempre.

Se trataba sin duda de una copia impecable de algún paesaggio tahitiano de Gauguin. Lo conocía demasiado bien, la obra postimpresionista de quien se dio a la tarea de capturar, en toda su sensualidad, la piel morena de las húmedas mujeres de Tahití; le resultaba inconfundible. Paul Gauguin era con mucho su pintor preferido, no sólo por la temática de su obra no por sus colores intensos y chillones como salidos de un espacio más rico, más bien por su solidaridad. Benito siempre creyó que la vida, sin amigos solidarios en quienes confiar a sangre y fuego, la vida no tendría sentido. Gauguin fue un buen pintor y un buen amigo, un solidario, por eso pagó la elevada suma que su amigo Van Gogh le pidió por uno de sus cuadros y se convirtió en el único cliente que el excéntrico pintor holandés tendría en su vida.

En primer plano una vereda sorprendente, mejor dicho, una senda, porque la senda siempre es más angosta que aquélla. Abrojos de pasto amarillento, crecido, interrumpido aquí y allá por un verde acaecido, tintes rojos de tierra tezontle y arcilla y tepetate de terracota oxidada, elementos confabulados todos para recrear la senda, que se paseaba y se perdía sin prisa a los pies de una sierra tropical también rojiza, entrecortada por un cielo insólito, violáceo, y palmeras altas y graciosas que parecían danzar con un viento invisible, como aporre-adas por el calor morado del trópico. “Es la senda de las palmeras que bailan”, se dijo divertido, y pensó en su padre que solía poner una antigua grabación de Lara que decía: “en tus ojeras se ven las palmeras borrachas de sol”.

Casi al final de la senda se entreveía la silueta de lo que adivinó sería una nativa. El archipiélago de la sociedad, como se le conoce a la Polinesia francesa, es famoso por la gracia de sus mujeres. Precisamente el hecho de no poder distinguir bien la figura de la que se alejaba, de sentir irremediablemente que se iba, que se perdía en un horizonte indefinido, le entristeció. ¿Por qué lo que él más quería tenía eventualmente que irse, que desaparecer en una niebla de preguntas sin respuesta? Benito no se dio cuenta por dónde se coló la melancolía esa tarde, pero lo cierto es que un estremecimiento de rabia y de angustia le hizo apartar violentamente su mirada del paisaje. Sonó el teléfono encima del escritorio y el repiqueteo insistente del timbre lo llevó a otro repicar imprudente en una casa pequeña y húmeda, en otro país, con otros compañeros y otro clima, en donde planeaba graduarse y aprender de memoria el acento británico. No se acercó al escritorio ni contestó la bocina, pero se vio hablando ante otra bocina hacía cuatro años, en esa pequeña casa de la calle de Barton Road, donde la voz neutral de una telefonista le comunicó con el padre de ella.

Volvió su vista al cuadro, más bien parecía un mural, era enorme y desafiante, visto con detalle tenía mucho de horrible, pero no supo qué. Le pareció que la nativa estaba ahora más cerca, pudo distinguir su pelo oscuro y agitado y su andar presuroso, siempre en dirección de las montañas. Nuevamente sonó el teléfono y esta vez estuvo tentado a contestar, pero no lo hizo. Ya no estaba ahí, estaba en un poblado del sudeste de Inglaterra, donde la voz grave del padre de ella y una náusea horrible le comunicaron la muerte de la joven. Entonces no pudo decir nada, dejó caer el auricular.

De nuevo miró el paisaje tahitiano. La mujer estaba ahora más próxima, casi en primer plano, pudo ver sus rasgos finos, volteando como si hubiera olvidado algo, una sonrisa vuelta incompleta y un ademán que por momentos creyó reconocer. El cuadro era monstruoso. Cerró los ojos algún tiempo y pensó en el señor Gazcón (su espiado vecino) quien alguna vez, con esa voz entrañable de extraño que viene de lejos, le dijo que muchas veces lo que creemos más lejos está cerca. Recordó lo impalpable que le resultaron esas palabras en aquel momento. Su regreso abrupto de Inglaterra estaba reciente y su mente y su atención no estaban sino en ella, como todavía, aunque no quiera reconocerlo, callada y casi secretamente, lo siguen estando.

Abrió los ojos y enfrentó al cuadro. La muchacha no estaba más allí. “Esto no puede ser”, pensó. Pero no había lugar para confusiones, no existía sitio para algún tipo de ilusión óptica. La muchacha simplemente había salido del cuadro o, peor aún, se había internado demasiado en la senda y se había perdido. “No puede ser, pero es”, se dijo resignado, y fue entonces cuando se dio cuenta de lo que pasaba en esa habitación. Un nudo en la garganta le impedía respirar como Dios manda, tuvo miedo de ahogarse, de aceptarlo. Él no estaba mirando el cuadro, de hecho nunca contempló paisaje alguno: era el paisaje el que todo el tiempo había estado observándolo a él. La obra era pavorosa, calumniaba y corrompía la realidad de un modo inaceptable, y de algún modo pisoteaba también el recuerdo de ella, la más sagrada de sus memorias, la que prometió esperarlo hasta que regresara para casarse con él, la que tenía prisa, tanta, que en su partida olvidó incluso mirar hacia atrás. Muchas veces se había preguntado qué ocurriría si volviera a encontrarla, si se topase de pronto con ella, por imposible que fuera, en un bar, en un aeropuerto lleno de gente o en una habitación como ésa. No tenía previsto un curso de acción. Se convencía a sí mismo de que no sabría qué hacer.

Lo que para el señor Gazcón era el más sorprendente de sus hallazgos (aun y cuando nunca llegó a conocerlo en toda su infamia) para él no era sino un objeto de pesadilla, un lastre inexplicable que, sin embargo, suponía un compromiso ineludible: el cuadro no podía continuar en ese lugar. Retrocedió, se apoyó contra la pared y se apoderó del atizador que pendía sobre la chimenea, a un lado de la puerta, lo empuñó y corrió hacia el cuadro con determinación, estaba decidido a no dejar sino jirones del mismo. En su esfuerzo no vio a qué hora las briznas de paja y de hierba entraron en sus ojos y se enredaron en su pelo. Casi a ciegas vislumbró la senda de las palmeras borrachas y percibió una tierra rojiza que le empolvaba los zapatos. Supo que tenía que seguir adelante. El atizador en su mano lo hacía ver como un salvaje que va de cacería. Se rió de sí mismo y de contento. El aire traía el olor caliente del mar.

carlosarellanos@hotmail.com

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