Ni chairos, ni fifís

© Isaac Barrios

Alexis Berny

Generalmente no escribo sobre política, básicamente, por dos motivos: primero,  porque no es mi principal tema de interés. Y segundo,  porque la única razón por la que me importa la política, es porque a la política no le importo yo.
Aunque, recientemente, había procurado mantenerme al margen del debate político, no por falta de opinión o postura, sino por simple salud mental, emocional y social; evitando así el desgaste ocasionado en un año muy movido, conflictivo, politizado y polarizado con motivo de la reciente época electorera, pre y post electoral.Pero dados los últimos acontecimientos y harto de la división que vive el país, me parece necesario hacer un alto en el camino y lanzar una reflexión.
En lo personal, siempre pensé que los separatistas, los divisores, los violentos eran ellos, ésos, los otros. Aquéllos cuyos intereses personales se ven, claramente,  beneficiados con el odio y la segregación entre los iguales, los recíprocos, los individuos, los ciudadanos, los de a pie…
Allá, lejanos, los veía a ellos, a los políticos, los grandes empresarios, los multimillonarios trasnacionales, los delincuentes, malhechores y malvivientes; oscuros, ocultos; confabulando,  orquestando, manipulando y controlando los hilos en un cajón de marionetas…
Acá, nosotros, los de siempre; aislados, dispersos, desvinculados, pero firmes y dignos, resistiendo y perseverando, luchando y superándonos. Dando batalla en un conflicto infinito pero desigual…
Y desde esa postura, que obsequia la debilidad y la inferioridad, el insulto, la burla y la descalificación parecían el bajo, pero justo, costo que valida la impotencia.
Sin embargo, hoy veo y leo, con profunda tristeza, que no es así; que el virus del racismo, el clacismo, la superioridad y la desmesura envenenan nuestro cuerpo, nuestra sangre, nuestra mente y nuestro espíritu, llenándonos de rabia y de sinrazón, con hambre de venganza y no de justicia, repartiendo el dolor y sufrimiento que antes nos causaron.
Así, las posturas extremistas, la intolerancia y el fanatismo invaden y derrumban la tierra, incluida nuestra nación. Y en esta fétida verborrea de zombies atacándose y mordiéndose, unos a otros, entre “chairos”, “fifís”, “pejezombies”, “derechairos”, “panazis”, “prianistas” y demás, la estupidez es el común denominador.
Debemos entender que la descalificación y el insulto son contrarios a la razón, las ideas y la inteligencia; destruyen y no dan espacio al diálogo, el debate y, por ende, a la construcción de un mejor país. Sometamos pues, nuestras conversaciones y publicaciones por el filtro socrático.
Tenemos que poder ver, con claridad, que la división, la crisis, el caos y la descomposición social son generadas metodológicamente por aquellos que se ven favorecidos de esta situación y que son fundamentales: la “conciencia”, la “cultura” y el “arte” como bastiones de defensa contra la sistemática doctrina del shock que nos subyuga y nos anula como individuos.
Despertemos de la ilusión y aprendamos a salir de la caverna como nos enseñara Platón. Es momento de revelarnos ante el régimen socio-político-económico-cultural dominante, cambiar el paradigma y adoptar una cosmovisión más humana, incluyente, tolerante, empática y armónica en correlación con nuestros congéneres, la naturaleza y sus especies, y el resto del universo; que nos abra paso a un futuro nuevo y mejor.  Hacerlo ya no es una elección ideológica sino un acto de supervivencia. Para acabar con el sistema no hay mejor resistencia que

 

la felicidad.
Emulando al filósofo francés “respetemos el acuerdo a estar en desacuerdo” y aprendamos a coexistir y a co-crear con n

uestras similitudes y diferencias.
Por lo que a mí respecta, desde aquí, desde mi sitio de guerra, me niego rotundamente a repetir y prolongar estás accio

nes que nos marginan y empobrecen a todos. Aquí y en mí, no habrá lugar para agredir a nadie por su creencia o pensam

iento de ningún tipo. Aquí y en mí existirá siempre la apertura de mente y corazón para todo aquel que quiera y sepa expresarse civilizadamente y con humanidad. Aquí y en mí, encuentre el universo un pequeño rincón para erigir un mejor sitio para vivir.

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