¿Promovamos la lectura en los niños… ¿Y despreocupémonos de los jóvenes y los adultos?

© Brian Kershisnik

 

Jorge Alonso Sierra Q.

Si usted habla con –o es – un profesor, promotor de lectura, bibliotecario, escritor o simplemente padre de familia, con seguridad habrá oído, charlado, o leído sobre la conveniencia de que se promueva la lectura en los niños. Campaña de lectura que se respete, sin duda tiene un gran énfasis en este público objetivo. Yo también estoy de acuerdo, pero sólo en su principio. ¿Por qué sólo en su “principio”? Porque se cree –ingenua y de buena fe– que, con hacer foros, debates, promociones de lectura para los infantes, –insisto, para los infantes– hemos cumplido con nuestro deber cultural ante la sociedad.

De tal manera que hacemos todo lo posible por formar un pequeño lector, y como parte de las campañas de lectura (o acaso como consecuencia positiva de las mismas) convencemos a los padres de empezar por leerles cuentos a los niños. Ese convencimiento lo elevamos al rango de “cargo de conciencia”, motivo por el cual a ese niño –pero sólo cuando niño–, lo complacemos al máximo en cuanto a libros y sus ceremoniales se refiere.

[…] ese ritual de la lectura cada noche, al pie de su cama, cuando era pequeño – hora fija y gestos inmutables – tenía algo de oración. Ese armisticio repentino después del alboroto del día, esos reencuentros a salvo de cualquier contingencia, ese momento de silencio cosechado antes de las primeras palabras del relato, nuestra voz por fin así misma, la liturgia de los episodios…Sí, el cuento leído cada noche llenaba la más bella función de la oración, la más desinteresada, la menos especulativa y que no concierne sino a los hombres: el perdón de las ofensas. No se confesaba allí ninguna falta, no se buscaba adjudicarse una porción de eternidad, era un momento de comunión entre nosotros, la absolución del texto, un regreso al único paraíso que vale la pena: la intimidad. Sin saberlo descubríamos una de las funciones esenciales del cuento, y en forma más amplia del arte en general: imponer una tregua al combate entre los hombres.

El amor ganaba una piel nueva.

Era gratuito.”

Daniel Pennac. Como una Novela

Enceguecidos de fe y de dicha por esos actos, ya creemos que hemos hecho lo suficiente para que el niño pueda gozar con la magia de la lectura de una vez y para siempre.

¿Y qué hacemos después? Que abandonamos a ese cómplice. Sin saber cómo, ni cuándo, dejamos aquellos ritos maravillosos para entrar en el túnel pavoroso de la adultez y las exigencias. Y empiezan las interpretaciones de lo leído, “Dios mío. Es inconcebible que este mocoso no haya comprendido el contenido de éstas quince líneas. !¡No es cosa del otro mundo, quince líneas!”

Y ya no volvemos a preocuparnos porqué, para qué ni qué leerle. Sólo exigimos. Desamparando a aquel pequeño lector no nos damos cuenta que nosotros que “éramos sus cuenteros, nos convertimos en sus contabilistas”. Y si él no lee por su cuenta, entonces gritamos: “¡Nada de televisión hoy! […] La televisión elevada a la dignidad de recompensa…y como corolario, la lectura rebajada al rango de incordio…”(Daniel Pennac)

La escuela, el colegio, la sociedad, harán el resto. Y aquel ávido lector a quién buscábamos todas las noches para leerle, se va convirtiendo poco a poco en un descuido andante, en un buscador de ilusiones efímeras y ya no sabrá qué pasó con la magia de su infancia. Y de amante enternecido de los libros pasa a odiarlos como a la misma peste. Indefenso, íngrimo, desamparado por todos, ve de lejos aquel alud de libros diarios que a él sólo llegan como a través de un cristal empañado.

Los lamentos de escritores, editores, promotores de lectura porque ya no encuentran lectores, le llegarán de lejos como un gemido remoto.

Como si fuese invisible, ninguno se volverá a ocupar de él. Nadie preguntará cómo restituirlo a la alegría de la fiesta, ni qué hacer con su tristeza; viéndolo de lejos, olvidamos qué señas hacerle para que torne de nuevo al convite.

La marcha bulliciosa de cantos y panderetas, con libros por doquier, se lleva a los niños.

Los jóvenes y los adultos, cabizbajos, acongojados, frío de luna en sus corazones, no serán nunca más invitados al jolgorio.

Mirando con amplitud este desolador panorama, encontramos que existe entonces un vacío entre los esfuerzos que se hacen por motivar la lectura en los niños y los que deberían hacerse con los jóvenes. Después de los niños –de ese vacío– nos hallamos cara a cara, sin más preámbulos, con las exigencias acompañadas de peyorizaciones hacia el adulto lector. Entre el niño y el adolescente no hallamos la motivación lectora acorde con la edad y la contemporización del mismo. Con una agravante que tiende a agudizarse con el tiempo: Los educadores, los ministerios de educación y cultura de nuestros países, los lectores avezados o consuetudinarios, pretenden – y vaya que lo logran– imponer currículos en donde en las clases de español y literatura deben leerse obras clásicas o contemporáneas que han sido escogidas bajo el concepto o el gusto de un adulto, no bajo la perspectiva del joven, además de que se le “obliga” o induce a leer sólo para los exámenes.

Observamos así que el adulto escoge las lecturas para los jóvenes determinado por su particular concepción de lo que una obra literaria debe ser u ofrecer, o recurriendo a su gusto por lo que él leyó, lo impactó o influenció en su adolescencia con lo que es muy común el ver en muchos países de América Latina la imposición como lectura para estudiantes de bachillerato, por ejemplo, de María de Jorge Isaac y no se tiene en cuenta que ya los jóvenes de hoy en día establecen relaciones amorosas bajo criterios y concepciones totalmente distintos de los de principios y mediados del siglo pasado.

Alberto Cañas Escalante, va más allá en su apreciación. Este escritor, dramaturgo y lector incansable, considera que algunas obras escogidas son muy complicadas para los adolescentes. Como ejemplo puso el estudio de Moby Dick, de Herman Melville, y María, de Jorge Issac, en sétimo año. La primera –según Cañas– es una obra maravillosa, pero por su densidad es para una persona muy habituada a leer. “No es para un muchacho a quién se le está extendiendo una invitación para que lea”, aseveró.

En cuanto al texto romántico, Cañas reconoce una función histórica pero afirma que ya no hay forma de leerla: “No hay un ser humano en su sano juicio que se lea María por gusto. Por supuesto que los estudiantes se aburren y no le cogen amor a la lectura”.

[…] La filóloga María Elena Carballo, del INCAE, también cree necesario que el programa de lecturas se acerque a los jóvenes y a su contexto. […] También propone la lectura de El Mundo de Sofía de Jostein Gaardner; de novelas de misterio y de ciencia ficción, así como de obras de Shakespeare convertidas en películas contemporáneas.

Los estudiantes consultados insisten en la incorporación de obras más actuales y relacionadas con su edad […] Karla Ramírez Carrillo tiene 15 años y es alumna de noveno año en el Liceo Mauro Fernández: “Me gustaría leer otro tipo de cosas, como Juventud en éxtasis, de Carlos Cuauhtémoc, que trata de los amores y problemas de la juventud o La fuerza de Shesid, del mismo autor, acerca de la pornografía que llega a los adolescentes”.

Antonio Jiménez Rueda. Semanario Áncora. Diario La Nación. Costa Rica.

Parece ser entonces que la palabra clave ante los jóvenes lectores de hoy sea contemporizar, pues por lo que vemos, muchas veces se tiende a exagerar la importancia y la influencia de la literatura–sobre todo la de los autores clásicos– en la lectura y por ende, en la formación de los jóvenes. “Suponen que los libros más hermosos casualmente han sido escritos por autores antiguos; y sin duda esto es posible, ya que los libros antiguos que leemos son los que han sobrevivido del pasado, un tiempo inconmensurable comparado con la época contemporánea. Pero una razón en cierto modo accidental no puede bastar para explicar una actitud mental tan general” (Marcel Proust. Sobre la Lectura. Edit. Pretextos).

Bastaría pensar y concluir que es preciso escuchar y atender las señales y los gritos de los jóvenes, para evitarnos hacer tantos aspavientos futuros con la lectura de los adolescentes y de los adultos.