Astronauta

© Catrin Welz-Stein

Charbelí R. Chávez

Todo tuyo, Lourditas

De pronto ya no estuvo. Así, de un momento a otro, se había ido. Nos mudamos a casa de mis abuelos sin entender qué es lo que pasaba, aunque todos mencionaban la palabra muerte.

Para mí, muerte era sinónimo de ausencia. No sabía por qué, desconocía el significado real, lo único que comprendía es que mi papá ya no regresaba a jugar conmigo y ya no me llevaba a la escuela en las mañanas.

A veces, cuando preguntaba, me decían que se había ido al Cielo y que desde ahí me observaba. Entonces me surgían más cuestionamientos: ¿Cómo se había ido? ¿Cómo llegaba la gente al Cielo? ¿En metro, en avión, o quizá en uno de esos aeroplanos verticales que en la película de Barbie despegaban en Cabo Cañaveral? Y si era así, ¿por qué la gente que se va al Cielo también está bajo tierra o en el sótano de las iglesias? ¿No es acaso una contradicción que, si el Cielo está arriba, los dejemos abajo? ¿No van a tardarse más en llegar?

Cuando me preguntaban por mi papá en la escuela, solía decir que trabajaba como astronauta porque se había ido al Cielo en uno de esos aeroplanos verticales que despegaban de Cabo Cañaveral. Vivía en una estre lla y la urna depositada en la iglesia era el polvo estelar que mandaba a la Tierra para comunicarse con sus seres queridos.

Yo también quería ser astronauta. Me imaginaba llegando a mi padre quien me recibía en su estrella y me cargaba en los hombros. Me imaginaba recogiendo polvo estelar para depositarlo en la iglesia donde mi madre asistiría a recordarme. Quería morir porque así emprendería el viaje de mi vida a través del espacio.

Pero no sabía cómo. Había adquirido conciencia de mi propia fragilidad desde que me caí y mis rodillas san- graron, sin embargo no asociaba la muerte con un hecho triste, sino con la esperanza de volver a ver a mi padre. Los días se me iban preguntando sobre estrellas, y cuando aprendí a leer sólo lo hice sobre los astros luminosos. Imaginaba que el hogar de mi progenitor estaba lleno de luz. Tenía que morir.

Una vez escuché que mi mamá hablaba de la muerte de mi padre. Yo estaba jugando en casa de Santiago, uno de mis amigos del colegio, y nuestras mamás con- versaban. Me enteré de que habían encontrado su cuerpo acuchillado y su rostro estaba cubierto de sangre.

Recordé la sangre que salió de mi rodilla e inmediatamente la asocié con el dolor. Entonces, ¿tenía que sufrir para después alcanzar el Cielo? ¿Alguien debía lastimarme para alcanzar el objetivo de estar con mi papá?

Tanta duda me provocó el llanto. Mi amigo me llevó a su habitación y me preguntó qué pasaba. Se lo conté. Me ofreció su ayuda y después hicimos el juramento secreto que acostumbrábamos.

Por días estuve trabajando en aquel aeroplano vertical. Cuando estuvo listo, Santiago llegó a mi casa. Saqué los rollos de papel que había en los baños, un plato transparente de la cocina y unas botas que pertenecieron a mi papá. Enseguida fuimos a mi habitación, donde me cambié la playera por una completamente blanca y de mangas largas, mientras Santiago pegaba el plato a una capucha y admiraba el letrero de mi aeroplano, que decía “Cabo Cañaveral”. Después me puse las botas, que eran lo suficientemente grandes y pesadas para solucionar el problema de la gravedad –palabra que había leído innumerables veces, pero cuyo significado no terminaba de comprender– y, por último, Santiago me forró con el papel de baño y me puso la capucha con el plato en la cabeza, a manera de casco. Me monté en el transporte. Ahora sí, ya estaba lista para reunirme con mi padre. Ahora sí ya era una astronauta.

Recuerdo vagamente lo demás. Primero me despedí de Santiago. Lloré otra vez. Luego le pedí que le explicara a mi mamá que la esperaba en el Cielo y le extendí el cuchillo.

Santiago también lloraba cuando comenzó a enterrar el arma en mi cuerpo. La primera herida fue la peor porque no hundía con fuerza suficiente y me dolía, pero no alcanzaba a penetrar mi piel. Cuando al fin causó impacto me caí. Cuando caí me golpeé la cabeza y empecé a perder el conocimiento. Sentía un calor que ardía dentro de mí y que me lastimaba, pero después me pareció ver que el polvo estelar llenaba mis ojos, llenaba la habitación entera hasta cubrir por completo a Santiago.

Gracias a eso ya no sentí la siguiente cuchillada, ni supe cuántas más fueron. Sólo observaba el polvo. Era brillante. Tan brillante que me obligó a cerrar los ojos.

Cuando los abrí, la silueta de un hombre se vislumbraba oscura en medio de la luminosidad de una estrella gigantesca. Desde aquí enviamos polvo estelar a mi mamá.

charbelirc@gmail.com

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