Querer y Poder

Alexis Berny

Iniciando el año impartí un taller sobre “El arte de vivir del Arte” y tristemente descubrí que “querer” y “poder” son dos cosas muy distintas.

Tengo muchos años participando del arte y la cultura, principalmente en la Ciudad de México, como artista, gestor y promotor cultural, organizando y participando de múltiples actividades, como: exposiciones, bazares y festivales entre otros. Así como una amplia experiencia como ponente y profesor de arte; impartiendo y desarrollando distintas materias como: dibujo, pintura, historia del arte, apreciación artística, análisis simbólico del arte, entre otras.  Lo que me llevó, hace un par de años, a desarrollar un método, con un sistema estructurado, para que los artistas pudieran desarrollarse plenamente y comprender más ampliamente el quehacer artístico y la generación de ingreso a partir del mismo. Cuando pensé en este proyecto parecía una idea millonaria, sin duda, podría ayudar a una gran cantidad de artistas y creadores en todas las disciplinas, ávidos de un mentor que los encaminará en su carrera y además podría, también, generarme un ingreso extra para financiar mis futuros proyectos (aunque al principio lo hacía gratis). Así lo hice y parecía que iba a funcionar pues cuando platicaba con diversos creadores, todos se mostraban muy interesados. Y cómo no, ¿a quién no le gustaría poder dedicarse de lleno a su pasión y poder vivir económicamente de ella?… Sin embargo, hubo un factor que no consideré: “¡querer no es poder!”. Aunque el proverbio popular diga lo contrario, la realidad  no necesariamente es así. Y es que querer es fácil, basta con desear, con ilusionarse, con fantasear, no requiere de esfuerzo, ni compromiso. Sin embargo, poder es completamente distinto, el poder requiere de esfuerzo, compromiso, voluntad y perseverancia. Es por eso que cada que abro una fecha para dar una plática gratuita sobre Aprender a vivir del Arte, los interesados son miles, los que piden informes son cientos, los que se inscriben son decenas y los que llegan a la charla son unos cuantos. Así es, sólo unos pocos terminan el proceso de asistir a una conferencia gratuita para aprender a convertir su actividad lúdica en un trabajo remunerado.

Dado que no soy del tipo de persona que se queja y saca conclusiones a la ligera; me di a la tarea de investigar en mi área y en actividades similares, pero dedicadas a otras ramas de la actividad productiva, para poder entender más a fondo el asunto. Y efectivamente, descubrí que no se trata de un caso aislado o una variante sino de una generalidad que se repite constantemente en el ser humano y que se acentúa en nuestra cultura. Es decir, es normal que todos queramos, pero que muy pocos podamos. Viene en nuestra genética porque así mismo fuimos concebidos, en una frenética carrera de un esperma por engendrar un óvulo y se reforzó el estímulo al crecer por ganarnos el cariño de nuestros padres y el afecto de los mayores, por conseguir las notas más altas, los premios y recompensas que nos ofrecían a cambio de nuestro mejor comportamiento y rendimiento. El condicionamiento sistemático del que somos sujetos, del que queremos salir y al que pretendemos engañar con vicios y mañas para lograr subsistir con lo mínimo, por lo que nos rendimos fácilmente en la busca de lo deseado, aprendiendo a renunciar a lo mejor para nosotros porque sabemos que sin importar lo mucho que nos esforcemos siempre habrá alguien más grande, más fuerte, más rápido, más talentoso, más, más, más… y que, de todas formas, nunca terminamos por satisfacer las exigencias del mundo, así que perdemos la esperanza. Es ahí donde el sistema se equivoca y se corrompe (porque no busca la felicidad del individuo sino la homogenización de las masas), y en donde nosotros empezamos a perder nuestro poder y nos conformamos con querer pero con escusas, porque nos justifica la existencia. De tal modo que si no triunfamos, ni conseguimos el éxito no es porque no hayamos querido sino porque algún agente externo se entrometió en nuestro camino hacia la victoria. Así, las historias de “Yo iba a ser futbolista pero me lastimé la rodilla” abundan y se multiplican en todos la ámbitos del quehacer humano, dando cabida a los “Yo hubiera podido ser el mejor, el más famoso o el millonario, pero…” “No me quejo, no me va mal, las cosas pasan por algo”. Nos decimos unos a otros, disculpando la mediocridad de la existencia y el adormecimiento del alma por la irrealización de los sueños. O en el caso extremo del espíritu del cínico “A mí no me interesa tener eso…”

En lo personal, no maldigo, ni reniego la experiencia, por el contrario, la abrazo con cariño, aprendo de ella, me despido y sigo adelante. Sé que no existe otro camino para el éxito que el trabajo constante y que la felicidad es personal y no puede medirse en comparación de nadie más que de uno mismo.  Por eso ya retomaré el taller en el futuro y, mientras tanto, seguiré creando mi realidad e invitando a cada quien a hacer lo propio. Como siempre digo: “Sólo se es idealista si se está trabajando en ello” porque “Ser feliz es el mayor acto revolucionario”.   

Espero seguir contando con el favor de tu lectura en mi próxima entrega y hasta que el arte nos harte. 

Fotografía de Liliana Acevedo 

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