Para dejarte ir

Aída Reséndiz

Mamá, cuánto tiempo sin verte. Perdón por no haber tenido tiempo de visitarte en estos últimos meses, pero tú sabes cómo lo absorben a uno las labores de todos los días. ¿De nuevo estás teniendo esos dolores? Sí, yo sé que uno no tiene hijos para acabar tan solo como tú pero, ¿sabes mamá? desde niña me he sentido muy ajena a ti, temía tu repentina ausencia, que me dejaras amarrada a la nada, y a la nada me he sentido ama… perdona, tienes razón, ¿cómo olvidarme de tu dedicación? Cómo olvidar esos años…

Mi mamá se quería morir. Muchas noches la sor-prendí recorriendo la casa, caminando por los pasillos, subiendo y bajando las escaleras pausadamente, delatada nada más por el leve sonido de sus pies al caminar, sonido ágil y constante, propio de la poca presión que su delgada anatomía era capaz de ejercer sobre el suelo. No recuerdo con exactitud cuándo empezaron esos episodios en los que yo despertaba y escuchaba este eco seco, único transgresor del silencio de la noche, alarmante en primera instancia, tranquilizador después a fuerza de costumbre, como un grillo que elige momentos inadecuados para cantar, pero que canta al fin.

Qué ocupaba la cabeza de mamá, no era de mi incumbencia. La mente de los niños es egocéntrica, gira alrededor de sí mismos. En mi mundo, mamá existía para cuidarme, para atenderme; mamá me despertaba en la mañana, me hacía desayunar a fuerzas, me llevaba a la escuela; mamá me recogía del colegio —odiosamente tarde— y tenía ya la comida lista cuando llegábamos a casa. Mamá me ayudaba a leer las palabras difíciles de la clase de español y se aprendía conmigo los datos más ridículamente inútiles de las clases de historia. Limpiaba mi casa, lavaba mi ropa y me acostaba a dormir. Todos los días. Para esto vivía y era inmensamente feliz; así que seguramente mamá continuaba sus labores protectoras de noche, cuando la oscuridad provee de un camuflaje natural a los factores amenazantes, y se enfundaba en su identidad guerrera para asegurarse de que nadie pe-netrara nuestra fortaleza, para vigilar mi sueño, para que nadie me hiciera daño.

Salí un día del colegio y como era costumbre, tuve que esperar un largo rato a que mamá viniera por mí. Esta vez llegó inusualmente tarde provocando mi ira. Subí al coche cerrando la puerta frenéticamente y totalmente sumergida en mi sentir, sin siquiera voltear a ver a mi madre a la cara, lo cual me impidió anticipar lo que estaba a punto de decirme:

—A veces, las opciones son tan pocas que acaban reduciéndose a una sola ¿sabes? No creo que me extrañes cuando yo decida irme de aquí, irme de este mundo.

—Mamá…

—Niña, no digas mentiras, tú nunca me has querido.

En mis recuerdos se dibujan las imágenes como un esbozo muralista, en cuyas formas estoy yo incluida; tal difusa perspectiva me ha llevado a pensar que este episodio no fue sino un sueño o un invento de mi imaginación. Pero no, no es posible, pues la profunda tristeza que sentí por primera vez en mi entonces vida infantil es demasiado real aun hasta estos días. El evento ha sido validado por su efecto en mis emociones, ya que los episodios que le siguieron fueron menos contundentes pero igualmente indicativos de que mi recién descubierta capacidad de tristeza era más que nada contagiada —o imitada—; y es que el significado de las palabras que escapaban de los labios de mi madre en los momentos grisáceos de su vida no cabían por completo en mi entendimiento.

¿Cómo se suponía que comprendiera por lo que mi mamá pasaba? ¿Cómo entender que hay decisiones irreversibles, que ella había elegido mal y que ahora las consecuencias —entre ellas mi propia existencia— la agobiaban? No pude hacerlo. Lo más que logré fue encerrar ese otro sentimiento, también recién descubierto pero no por eso recién experimentado, el cual por decreto inapelable, como todo decreto maternal, no existía.

Ya son las dos de la tarde y mamá sigue aquí en mi casa. Le aclaré oportunamente que podía dedicarle solamente un par de horas de mi tiempo, el justo para comer y ponernos al día en cuanto a novedades, pero no sé si lo ha olvidado o si decidió ignorarlo. Yo no tengo corazón para decirle que debo irme, así que no tendré más remedio que recoger del colegio de nuevo tarde a mi hija Sofía; sentadas en la cocina, intento atender la conversación mientras miro de reojo el frutero vacío y me gana el impulso de hacer una lista mental de las compras del supermercado; lo único rescatable en esta plática es el desenlace que mi mamá le dará a la historia que lleva toda la semana escribiendo.

Desearía atreverme a preguntar lo que de veras he querido saber durante más de veinte años, pero mi entendimiento de nuestra relación no es mejor ahora que en aquel entonces y no puedo simplemente brincar el surco indeleble que existe entre ella y yo; no puedo, de la nada, cuestionar los motivos que la llevaron a transmitirle su constante miedo a la vida a una niña de cinco años; no me corresponde hacerla regresar a aquel tiempo, obligarla a recordar sus antiguas expectativas de vida, pensar en su potencial frustrado, en los obstáculos que no supo sortear. Más que nada, temo no poder tolerar su respuesta, en caso de que ella decidiera sincerarse conmigo, y prefiero mantenerme en un plano superficial.

Mamá, algo ha cambiado. Tú te expresas igual, pero ya no te siento triste; te siento ensayada, obvia. Ahora puedo observarte como un agente totalmente ajeno a mí; de nuevo me siento sumergida en un sueño y entiendo, de repente, que yo misma he creado esta estrategia para hacerle frente a las situaciones que me sobrepasan. Este descubrimiento me hace sentir un poco orgullosa de mí y es por eso que sonrío, no porque me haya caído en gracia alguna de tus bromas insípidas. ¿Sabes mamá? Tenías razón en todo. No creo que te hubiera extrañado si te hubieras ido, así como no creo que me extrañes cuando yo decida irme de este mundo. De cualquier modo, tú nunca me has querido.

aidaresendiz@hotmail.com

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