La irreparable persistencia del amor: De los incurables, de Karina Ruiz Vega

Raúl Eduardo González

Karina Ruiz Vega es una sensible y comprometida joven moreliana que trabaja para dar espacios dignos al arte y la cultura, que lucha con su pluma, con su voz y con su acción por los derechos de las mujeres y de las personas sordas, que procura a cada momento la comunicación profunda entre los seres humanos. Esa mujer que se reconoce en su feminidad y que busca reivindicar las posibilidades vitales de todos, más allá de la condición de género, nos ofrece su primera publicación, un breve volumen de poesía que lleva por título De los incurables, y que aparece en la doblemente hermosa por sencilla colección Poesía Volante, con el número 34. Como los otros títulos de la serie, aparece con grabados originales, debidos en este caso al talento y al oficio de Dulce Caballero Ruiz, y conjunta el compromiso, la sensibilidad y el conocimiento de los editores, Carlos Guzmán y Juan García Chávez, a quienes, como lector, como profesor y como interesado en la poesía, agradezco por su labor, que espero siga rindiendo frutos en la difusión del quehacer poético de los escritores morelianos.

He llamado joven a la autora, y creo que el adjetivo está empleado con justicia: alguien que a los veinte años de vida escribe, reúne, pule y ordena una colección de poemas no puede menos que llevarse el título de joven poeta, y de entrada nombro así a Karina, y la felicito por el esfuerzo que supone realizar un poemario. De su constancia y afán da cuenta el hecho de que los editores hayan apoyado esta publicación; al hacerlo, han avalado la madurez de la pluma de la autora, y el interés que el volumen podrá tener para los lectores. Las inquietudes y la vitalidad de Karina son parte del ser joven, y espero que lo sea por muchos años, por siempre, en el sentido de que no deje de escuchar, mirar y palpar con avidez, que no deje de luchar por lo que quiere, y que no deje de escribir versos, y publicarlos cuando llegue el momento.

Debo añadir que De los incurables surge en un entorno muy especial, en un tiempo en el que se están cuestionando a profundidad las relaciones entre hombres y mujeres, en un tiempo de terrible violencia, infligida por aquellos hacia unos y otras. En esta época que vivimos, las palabras, los discursos, las consignas y los actos dicen mucho, y con frecuencia dañan. Detrás de cada rostro, de cada desaparición, de cada abuso, de cada insulto, hay hondas heridas, que duelen y que no cierran, son incurables, muchas, como los males de los que Karina nos habla. Y en este entorno tan lesivo y lesionado, que esperamos que encuentre alivio para todas y todos, percibo en Morelia, y supongo que en otras partes del país, un florecimiento, un auge artístico que parecería paradójico. Nuestras dolencias parecen motivar esto en cierta medida, y han encontrado expresión en voces, pinceles, gubias, cuerdas y tintas, en los cuerpos que danzan, en los textos que se actualizan en el quehacer de actores, cuentacuentos, trovadores, raperos y cantores. El poder sanador del arte reclama su terreno, y así, en este entorno parece De los incurables.

Hay que agregar a lo anterior que las expresiones artísticas emergentes, la mayoría realizadas por autores que viven su juventud hoy en día, han encontrado en Morelia no sólo un creciente público, sino también foros de expresión, de diversos tipos y para distintos públicos. Prueba de ello es que el poemario ha sido presentado en la cafebrería El Traspatio, con una gran asistencia, principalmente de jóvenes, y la edición prácticamente se ha agotado en la misma presentación.

Karina señala en “Incurable”, el poema en prosa que abre el volumen: “Al incurable le dije que yo lo iba a curar, pero lo que no sabía era que su mal era uno de esos crónicos y contagiosos…”. Por donde quiera que le busquemos, como adjetivo o como sustantivo, la palabra mal tiene tradicionalmente un sentido negativo (‘lo contrario al bien’, ‘daño, ofensa, desgracia, calamidad, enfermedad, dolencia). ¿Qué pasa con ese mal del que el incurable no puede sanar? Nektli Rojas advierte en su texto de presentación al poemario que la “búsqueda creativa” de Karina, su “voluntad de escritora” se encamina a reflexionar en torno a “las consecuencias que el amor causa en el intelecto”; aparecen, pues, esos efectos irracionales del amor, que están en la poesía conceptista de Sor Juana Inés de la Cruz, con su escenario de dudas y contradicciones, que tan bien ilustran la paradoja que nos implica el deseo del ser amado: “Siento un anhelo tirano / por la ocasión a que aspiro, / y cuando cerca la miro / yo misma aparto la mano”, dice la Décima Musa.

Pero ¿qué pasa cuando no apartamos la mano, cuando nuestro tacto encuentra la correspondencia de otra mano, y nuestro cuerpo cede al impulso del tacto del otro? Como dice Karina, “Tu cuerpo es el mío / y somos un sueño” (“Me enfermo de ti”); somos, en virtud del encuentro con el ser amado, el sueño de la unidad, del reencuentro, de la realización y la complementariedad. Lo ajeno se nos entrega en el cuerpo del otro, y con ello sobreviene una forma única de la felicidad: “Mis manos huelen a tu sexo, / mi boca sabe a tu fuego. / De noche dibujé tus líneas / tú amaste mis huecos” (“Carteles”). Expresa en muchos pasajes Karina la fascinación por el cuerpo del amado que la complementa, y con ello pareciera que la paradoja de Sor Juana, la mano que se aparta, quedara abolida. Sin embargo, los que hemos amado sabemos que no es así, y que el amor es un bien supremo, como es también un mal incurable.

Hay, pues, males que no tienen cura, y la vida es un campo minado en el que la mayoría esperamos no contagiarnos, no sufrir y no caer al fondo de nuestro propio dolor. Los amantes no tienen opción: si bien la dicha de su encuentro, de su rito maravilloso, los pone al margen del tiempo, en la ocasión única de la mutua exploración:

Mi mundo

está reducido a tan poco

y me reduzco en ti,

en las horas robadas

de espera;

entras en mí,

me recorres completa (“Mapa”).

Sin embargo, el encuentro amoroso resulta siempre breve y fugaz en la percepción de quien lo vive, y en la maravillosa reunión de los amantes late impasible la perniciosa semilla de la separación; el deseo del otro nunca se ve colmado, y menos aún porque sabemos que la unión entre ambos lleva en sí la simiente súbita y tenaz del apartamiento y la ausencia:

Sería más fácil

borrarme la piel,

arrancar la raíz del árbol que te amo,

que olvidarte (“Dos”).

Hoy amaneció frío,

te espera tu taza de café,

me quedé sin azúcar,

pero a ti te gusta amargo;

soledad de tu partida (“Tres”).

Si a esto agregamos los vaivenes de la conciencia, la espesa sombra de las convenciones sociales, las obligaciones de la vida cotidiana y aún los desencuentros en los que los amantes pueden caer, acordaremos con la autora que el amor y su dimensión erótica son males incurables, que no acaban con la plenitud del encuentro, sino que persisten por la carga de la distancia y la duda; así, dice Karina: “Estoy desnuda / de nosotros”.

No deja de ser inquietante encontrar que en los poemas de Karina, entre los súbitos devaneos de la dicha, aparezca la visión del amante como un caníbal, como un ladrón, como un enfermo, un secuestrador, un foco de infección, un agresor:

Tus armas de fuego

rodean mi pecho;

enrédame en tus hilos,

desbarata la memoria,

prostituye al tiempo

y enciérralo en la trampa

que él nos construyó

y enfermo de ti (“Me enfermo de ti”).

Con Karina, sé que como seres humanos tenemos derecho a vivir plenamente y a cantar la maravilla del erotismo, cuando nos permite su intensa contemplación: “y escucho tu nombre / como ese arroyo de agua bendita / que he de beber / sólo para revivir” (“Cinco”); “Me voy a comprar un labial azul / para pintarte el cielo / y que te poses / en mi Venus” (“Venus”). Nektli Rojas llama con razón a Karina “luchadora en el mundo de la escritura”, y yo sé que la lucha, como el amor, tiene su dimensión doliente, pero sé que, asimismo, como la poesía, nos permite llegar al alivio y la dicha; y sé también que de eso nos hablará mucho Karina Ruiz Vega en sus futuras creaciones, para revelar con la lucha del verso cómo el amor puede tener formas plenas, por imaginar y por descubrir. Porque hoy por hoy importa mucho la denuncia de nuestros males, pero importa tanto o más el consuelo y la realización, por más que nuestras dolencias, como el amor, sean incurables. Y hablo de los futuros poemas de la autora, porque está contagiada de un mal acaso más profundo que el amor, ese sí incurable, cuando nos ataca a profundidad, como a ella.

Me refiero a la poesía, que ha de traerle más dolor en la vida, ciertamente, pero que le dará la satisfacción de expresarse, de forma irrenunciable, sobre la realidad que la rodea, por toda la vida. En la poesía hallará un cauce para las impetuosas y profundas corrientes de su conciencia, sensibilidad e inteligencia, y, estoy seguro, nos compartirá con palabras, con versos y hasta con señas, una magnífica poesía, pues espero sinceramente muy dentro de mí que no encuentre cura para este mal maravilloso del que nos ha brindado la primicia en las breves cuanto intensas páginas De los incurables.

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