Por la carretera de la ‘narcotredad’

© SantiagoCaruso

Cathy Fourez

* La violencia: entre negligencia y gritos

“La modernidad de una ciudad se mide en las armas que truenan en sus calles[31]” asegura Edgar “el Zurdo” Mendieta, el detective de Élmer Mendoza, en Balas de plata (2008). Semejante modernidad en la performance del matar no se limita a las grandes megalópolis; como lo patentiza el caso de Damiana, saca también toda su vitalidad de los interiores campesinos del país, fervientemente codiciados por sus tierras propicias para la sementera y el cultivo de drogas. En el capítulo “Una noche en Santa Rosa”, el narrador se detiene en la descripción de una persecución ocurrida durante une noche pueblerina:

Los judiciales de la Federal, o quienes hayan sido, porque a estas alturas no se puede saber si fueron narcos con credenciales de la Judicial o judiciales con facha de narcos, llegaron a la plaza, bajaron de sus camionetas, sacaron sus pistolas y sus cuernos de chivo, rodearon a la gente que divisaba el baile o que daba vueltas al quiosco y preguntaron por los fugitivos (87).

La fiesta celebrada en Santa Rosa, con sus tragos de cerveza en la cantina de Silvestre Maturano y sus partidas de billar, se pulveriza en tiroteos, en chorros de casquillos, en paredes descarapeladas, en pólvora quemada, en violaciones y expira con “dieciséis muertos y más de veinte heridos” (86). El saqueo – como táctica imprevisible, móvil e imperceptible –, secuestra la fogosidad jocosa y nocturna del pueblo. El campo léxico del combate desabrido no deja de exacerbarse en frases que se agobian en algo que es más fuerte que la muerte, y que es la magnitud del morir en el horror. El vértigo de las armas de fuego revienta la vida y siembra en todas partes grietas. Cuanto más penetramos las fisuras, más se imponen los vestigios, más imposible se hace el espacio público para verbos pragmáticos como “mover”, “salir”, “entrar”, “incorporarse”, “sentarse”. Santa Rosa se va volviendo en un territorio inválido, asediado por fuerzas que edifican un espacio del pánico[32]; el pánico anula, por el miedo, toda vida comunitaria, todo debate público como lo afirma Damiana:

La traición y el contrabando terminan con muchas vidas. Acaban también con pueblos. Santa Rosa es ahora un pueblo de puertas cerradas. Un caserío de antenas parabólicas por donde pasa el dinero mal habido. Un mundo de extraños que no se saludan en la calle. Y cuánta soledad hay en las almas. Santa Rosa de Lima tiene lágrimas, pero no son de cera. Está llorando (89).

En una economía del peligro, de la amenaza y del dolor, los habitantes saben que la preservación del vínculo social requiere valentía, hasta un acto heroico, dentro de un sistema que toma como rehén el derecho a la vida. En la novela, el Estado de Chihuahua se organiza alrededor de territorios en los que unos hombres se adueñan del poder y crean sus propios mecanismos de autodefensa y de inmunidad para defender e incrementar sus intereses gremiales. Y la tierra se “narcotiza”, y lo que crece ahí ya no son mazorcas de maíz, sino paquetes de cocaína escoltados por ráfagas de armas automáticas que hacen de la infracción y del desenfreno de la brutalidad, su Ley – y por consiguiente la Ley –, que se apropian de la autoridad sobre la sociedad y desclasifican al sujeto “ciudadano” hacia la categoría de cautivo, sin voz ni derechos. Lo que nos dice Víctor Hugo rascón Banda, – en el contexto de los años 70/80, pero que se comprueba en la actualidad, hasta de manera amplificada – es que el Estado Legal participa copiosamente en esa epidemia de violencia. “[…]

A todo lo sucedido en Santa Rosa le llamaban simplemente el incidente” (91); esta expresión “incidente” la profiere el responsable de los Judiciales Federales cuya misión consiste, teóricamente, en la persecución de los delitos. Fueron sus hombres quienes, como vándalos, asolaron al pueblo de Santa Rosa, y fue él quien desplazó las quejas de los vecinos hacia las denuncias calumniosas. Pero, “¿Cómo se puede creer las palabras y hacer mentir los ojos?[33]” se pregunta el escritor libanés Elias Khouri en su libro Yalo (2002)… El jefe de los Judiciales, desde su despacho defeño, desvencija el terrible acontecimiento al minimizarlo, al “resemantizarlo” como un epifenómeno. Petrifica los hechos criminales en un relato oficial cosido de elipsis y de simulacros, infamando así la palabra de las víctimas, molida por la máquina judicial que debería defenderlas. Esta lectura “administrativa” del drama de Santa Rosa, además, se despacha a partir de una línea telefónica que recorre más de mil kilómetros desde Chihuahua hasta la capital mexicana, como si la distancia contribuyera a la edulcoración de la abyecta realidad. En los flojos cables, la comunicación, que se entabla entre uno de los representantes nacionales de las Fuerzas del Orden y el posible gobernador del Estado de Chihuahua, se muestra a la vez defectuosa y deficitaria:

“[…] mire usted, mis muchachos no son hermanitas de la caridad, porque esa gente, tras la que andamos tampoco son blancas palomas […] no, no, permítame, no justifico la violencia de ningún modo, simplemente creo que esa gente no se detiene ante la autoridad, ni se intimida con una credencial […] / […] se dicen muchas cosas de mis muchachos, se les acusa de todo lo malo que sucede en el país, bueno hasta de […] sí […] los asaltos y secuestros en las residencias de […] ese chisme que han armado los periodistas […] claro, por supuesto, detrás de todo están los intereses que hemos afectado, nunca como ahora se han dado tantos golpes al narcotráfico, ni han caído tantos mafiosos […] es natural […] afectamos a gente poderosa […] sí, gente […] criminales […] / inventaron eso […] de que mis muchachos entraron disparando y destruyeron todo […] lo del dinero es mentira […] cuánto cree usted que puede haber en la caja de una cantina de pueblo, y lo de los parroquianos […] pues sí, es lamentable, pero mis muchachos sólo respondieron la agresión […] no es fácil distinguir a un […] sí, a un […] o sea un ciudadano pacifico, vestido de norteño con camisa a cuadros, botas y tejana, de un narco, verdad, que se viste de la misma manera […] tampoco […] tampoco lo del salón de baile fue como lo cuentan […] sí, efectivamente […] encerraron a la gente del salón para poder entrar y buscar a los fugitivos […] cómo cree usted eso […] bueno, hasta risa me da […] ya imagino a la gente bailando encañonada toda la noche para que entregaran a los […] no le suena más bien a película o a novela […] / […] cuáles violaciones, digo […] perdóneme, pero ahora sí […] ahora sí que […] no le digo a usted que mis muchachos sean unos maricones […] sí […] como a todos los hombres, se les sube la calentura y arman sus desmadres en burdeles o en hoteles de paso, pero con mujeres de […]”, (92-95).

La enunciación del jefe de los Judiciales Federales se irrita frente a lo enunciado. En un discurso formateado para justificar los daños colaterales de la guerra contra el narcotráfico, se aflojan los comentarios de su interlocutor en una mareante verborrea que esteriliza por la ironía, la irrisión y el eufemismo, la menor protesta. El texto de Víctor Hugo Rascón Banda, empotrado en un pasado de unos treinta años atrás, resulta, en el contexto del México de hoy, de una inaudita actualidad. Recuerda el discurso sostenido por Genaro García Luna[34], el Secretario de Seguridad Pública del Gobierno de Felipe Calderón, quien inciensa, dentro del marco de la lucha contra los cárteles, a los elementos de la Policía Federal[35] atribuyéndoles el título de “héroes de la nación[36]”, capaces técnicamente de enfrentar al crimen organizado y proteger a los ciudadanos mexicanos, sabiendo que es una de las corporaciones más corruptas del país; o el discurso del Episcopado Mexicano que, pese a los picos de violencia en el país, calificó de “encomiable” y de “indispensable[37]” el combate de la Presidencia Nacional contra el narcotráfico:

Ante este enemigo hay quienes, de buena o mala fe, quisieran ver a nuestras tropas retroceder, a las instituciones bajar la guardia y darle simple y llanamente el paso a gavillas de criminales. Yo les digo que eso no puede y no va a ocurrir, porque tenemos la razón, porque tenemos la ley, y porque tenemos la fuerza vamos a ganar. No está a la altura de nuestro legado histórico la opción de rendirse y entregar al país[38].

Así, se expresó en mayo del 2011, el Presidente Felipe Calderón para reafirmar la pertinencia de su política y responder a las críticas, en particular las formuladas por las Asociaciones Civiles, y a las declaraciones del poeta Javier Sicilia – cuyo hijo Juan Francisco fue encontrado asesinado en marzo del mismo año en el Estado de Morelos –, acerca de su visión errónea de la militarización del norte del país y de sus aparentes desastres en toda la República. Lo que señala finalmente el Presidente Felipe Calderón, es que sus conciudadanos no saben interpretar y mirar con “optimismo” a las más de 50.000 personas que perdieron la vida desde el inicio de esta guerra contra la industria del crimen; se olvidan, desde su acceso al poder, de las continuas detenciones de capos, del desmantelamiento de redes, la incautación de cargamentos de drogas y de armas de contrabando… Pero el señor Calderón se olvida de que es el protector constitucional de sus compatriotas y le ha quitado a su pueblo el derecho más fundamental, el derecho a la vida tal como se enuncia en el artículo I del Capítulo I de las Garantías Individuales en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

Como en muchas partes del México del 2011, el pueblo de Santa Rosa, muy lesionado, soporta las fluctuaciones de una jerga institucional que lenifica, hasta normaliza, los atentados de las Fuerzas del Orden y documenta las protestas de las víctimas a través de rumores o malentendidos. La voz del interior – la de la acusación, propalada por el Congreso local de Chihuahua – se transcribe gráficamente en las palabras del representante de los Judiciales Federales, pero por toscos puntos suspensivos que tienen el mismo valor que una aféresis y no hacen audibles los testimonios de los habitantes de Santa Rosa. No obstante, sus quejas y su versión de los hechos, aunque callados, se adivinan a través de la voracidad de las respuestas coercitivas del responsable de la Policía que siega, a la manera de la alegoría de las tijeras de la Censura, las refutaciones del gobernador de Chihuahua. Esta puntuación perentoria anula así las voces enlutadas, las que, en su drama, se quedan solas, e igual que la voz de Casandra, se debilitan en la inconsistencia de la credibilidad porque se tropiezan con una “realidad” oficial que descriminaliza la violencia perpetrada por el propio Estado Legal. Las quejas se empeñan en sacar a la luz el terror vivido hacia un afuera que se complace en extenuarlas, al sustraerlas de su verdadera historia. Pero, en esta discusión de sentido unívoco, entre el jefe de los Judiciales Federales y el gobernador de Chihuahua, lo “inauténtico” se hace “auténtico” en toda su inautenticidad. En esta narcoplaga de incoherencias y de encarnizada brutalidad, “[…] en el narcotráfico lo único cierto son los muertos. Miles de cadáveres que llegan a los cementerios sin que pueda saberse en qué momento exacto se metieron en éstos[39]”. Esta conversación que debía, para las víctimas, decir “los restos visibles en restos audibles[40]”, según la formulación de Paul Celan, y de decirlos, de entrada, en términos de vida y de muerte, se sintetiza, al fin y al cabo, en un parlamento porfiado y parcial que niega la realidad. Dicho parlamento dispara, desde la red de la legalidad, máscaras de palabras para contrarrestar las acusaciones, y rechaza las barreras del lenguaje oíble y escuchable para desarmar las voces antitéticas y reducirlas a voces de vapor. Con formación de jurista, Víctor Hugo Rascón Banda revela el grado elevado de manipulaciones ejercidas por funcionarios – que tendrían que estar en conformidad con la Ley –, que no vacilan en desnaturalizar la lectura de historias locales tintas de sangre, emblemas no sólo de la degradación del tejido social y del fracaso de la política securitaria en el país de aquel entonces, sino también en el de ahora.

La novela Contrabando plantea también la pregunta de ¿Cómo regresar a la vida cuando uno se ha sentido ser una parte de la muerte, cuando uno ha sido desalojado de su historia? El narrador-escritor, al azar de sus itinerarios, recoge los testimonios, entre otros, de tres mujeres, a quienes conoció en su juventud pero cuyos estragos de la vida las hicieron irreconocibles: La de Jacinta Primera, ex reina de belleza, coronada gracias a la narcocompra de los votos del concurso, pero destronada por las transacciones de lavado de dinero de su esposo polígamo; entró jovencita y hermosa en estas historias de narcotraficantes, pero salió de ellas destituida, abandonada y precozmente arrugada. La de Conrada que se desahoga al relatar la muerte de su hijo asesinado por ser sembrador de amapolas; trabajo que el muchacho aceptó para que su madre dejara de “comer quelites”, de “andar pidiendo fiado en las tiendas” y para que sus hermanos volvieran a la escuela (70). Y la de Damiana, quien, desde una madrugada, lleva eternamente en su pecho la blancura marmórea de la tumba, y quien desde entonces, como Catalina Ivanovna en Crimen et castigo (1866), “se fue a buscar la Justicia a alguna parte[41]”; es decir una Justicia íntegra, compasiva, reparadora, y no fingida que difama a la víctima. Su enclenque silueta va apresurada, se arrastra de oficina en oficina, se tropieza con la sordera de un Derecho que habla contra ella. La sombra nómada de esta mujer tan endeble comparte rasgos comunes con las madres, las esposas y las hermanas que, en el contexto de hoy, perdieron, pierden a un pariente en la narcoviolencia; aquellas a quienes la socióloga Teresa Incháustegui llaman “las Antígonas modernas” porque llevan incansablemente meses, hasta años, de resistencia para encontrar al hijo, al marido, al hermano desaparecido y ofrecerles una sepultura decente. Aunque estas tres voces de mujeres, fracturadas y desveladas, andan desamparadas, se liberan del espacio doméstico en el que han sido confinadas; desafían un territorio saturado de agresiones e injusticias para librar una batalla a favor de una verdad, al son de palabras que se acuerdan de la muerte del marido y / o de sus hijos; y por sí solas, van conquistando el escenario de la pronunciación y de la emisión a fin de que la lengua del dolor dé con un destino distinto de la condena a la desaparición. Sus palabras otorgadas al narrador, quien adquiere el estatuto de confidente, se presentan a la vez como autobiografías (nos dicen lo que vivieron y lo que viven) y testimonios (dan cuenta de una realidad vivida para aclarar a la Justicia). Su cadencia monológica e irreprimible suscita un efecto catártico que les permite, si no aceptar, por lo menos vivir con el luto y la ausencia. Al experimentar el ejercicio de la presencia del otro y de su escucha, recuperan la conciencia y la consistencia de sí mismas, así como esta capacidad de enunciar su historia con el empleo de la primera persona; vuelven a descubrirse actrices de su vida, después de haber sido despojadas de ella. Todas aspiran a un lugar en el recuerdo; por eso, Damiana le ruega al narrador que le escriba un corrido “para que no se olvide la masacre de Yepachi” (13). Estas composiciones musicales impregnan la vida pueblerina y ocupan, en los pueblos chihuahuenses de la época, una gran parte de su espacio noticiero. Este soporte informativo, puesto a la disposición de la analfabeta Damiana, se nutre de notas (rojas) insólitas que propulsan la realidad hacia la leyenda; y la leyenda, según la etimología latina, es no sólo “lo que debe ser leído”, es decir leer lo que está escrito, lo que deja una evidencia, sino que es también el texto, la inscripción que acompaña la imagen para clarificar su sentido. Damiana, rechazada por la Justicia de su país sólo ha encontrado como lugar de memoria y como lugar de aclaraciones de la violencia de la que ha sido víctima, un ilícito medio de comunicación que ha educado su relación al mundo. Su solicitud parece tener como modelo de expresión la estrofa de Pistolas de Sinaloa: “Voy a escribir unos versos / y para contarlos / voy a hacer memoria / de pistoleros famosos[42]”. No obstante, si bien los narcocorridos, interpretados esencialmente por hombres, mitifican al narcotráfico, lo subliman como un destino digno de admiración – que se mueve “entre plomo y plata[43]” y que reside en no vivir viejo sino intensa y furiosamente –, los que podrían escucharse desde la boca de estas mujeres serían “amargocorridos”; plantearían la experiencia del desastre que las ha situado definitivamente fuera del mundo de los vivos y han hecho de ellas pacientes de una desgarradura infinita.

* Conclusión

Salpicado de ramas autobiográficas, el microcosmos literaturizado de Contrabando da palabra a personajes tatuados por la época terrible de los 70-80 en la primera guerra contra el narcotráfico… “Terrible” porque así fue la vida real; y en la vida real, la actualidad mexicana es una tremenda y prolífica realidad de la extrarrealidad criminal presente en la novela. Según datos de la Fiscalía General de Chihuahua, en este mismo Estado – militarizado dentro del marco de “la guerra contra el narco” –, se registró durante el año de 2010 un total de 7.209 homicidios, una cantidad siete veces superior a la registrada hace cuatro años – 2006 corresponde a la llegada al poder de Felipe Calderón –  y el doble de los asesinatos ocurridos en 2009[44]. Las historias que nos ficcionaliza Víctor Hugo Rascón Banda, en las que la vida y la muerte, decididamente, ya no se distinguen, están inmersas en una cotidianeidad de lo extremo; historias de su aldea natal que el escritor recuperó y las incrustó en la literatura porque la Literatura está en el corazón del hecho de la vida. Si la Literatura no dice, tal vez, más la realidad que la propia realidad, por lo menos emociona, cuestiona, escandaliza, y provoca aquí un debate, el del impacto del narcotráfico en la región chihuahuense; impacto que supera lo local por sus devastaciones en toda la República mexicana, y por ser los Estados Unidos y Europa los principales consumidores de drogas producidas en América latina[45]. EnContrabando, caen muertos aquí… caen muertos allá … pero en México caen – siempre y cada vez más – muertos por homicidios en esta desastrosa contienda contra los cárteles sin que sepamos, en esa inundación macabra, quién murió, cómo, dónde, por qué, para qué… Si en su novela, Víctor Hugo Rascón Banda enseña la inercia de la Humanidad y la efervescencia de la inhumanidad, va también por estos muertos para que no desaparezcan totalmente y para que no se les anule, a las familias afectadas, la memoria de sus desaparecidos. Víctor Hugo Rascón Banda escribía la crueldad para no acostumbrarse a ella, para creer todavía – un poco – en el ser humano, a fin de que no se perdiera en el progreso de su propia ruina. Sabía, finalmente, que todo comentario escrito y divulgado, por muy desilusionado que sea, es ya de por sí un movimiento de rebelión.   

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