Percusiones del corazón

Ana Karen Valdez Arreola

Los que estamos más dedicados al arte lo que tenemos es como un sexto sentido, un tercer ojo, la capacidad de ver lo que quizás otras personas no ven, y al tener esa capacidad tienes una necesidad de compartirla con otros.

Valentina Ortiz

Valentina Ortiz se define como una mujer en constante búsqueda, una mujer a quien le gusta mucho la paz, pero, sobre todo, una mujer que necesita a los demás para poder sentirse plena, una mujer que no descansa, que quiere soñar que se puede construir un mundo mejor para todos. Desde pequeña desarrolló una gran sensibilidad por el arte; hija única del gran pintor mexicano Emilio Ortiz, florece dotada de una gran curiosidad por todo lo que le rodea. Con una visión única, es capaz percibir las cosas con tan sólo un suspiro.

            A los seis años empieza su fascinación por el teatro: monta su primera obra en primero de primaria, y así continua durante toda su carrera escolar básica. Por cuestiones familiares, migra a Estados Unidos, donde recibe su formación como actriz en el estudio de Stanislavsky en Nueva York; asimismo, cursa la licenciatura en Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia, descubre la danza y se mete de lleno a la danza afro-americana; en ese entonces no se consideraba lo cubano como danza formal. De la danza se acerca a las percusiones.  

            Cuando Valentina se va a la guerrilla en El Salvador, su expresión escénica se ve interrumpida por un tiempo. En 1992, cuando se firma la paz en ese país, vuelve a México, y decide regresar al arte. Al llegar, siendo ya madre de dos niños, se mete de lleno a la música, como percusionista en diferentes orquestas y grupos de música tropical y swing. Dice: “si no puedo bailar, quiero hacer bailar a la gente”. De niña había estudiado música, pero nunca la había ejercido profesionalmente. “La madre música es muy generosa”, señala: como madre soltera sostiene a su familia viviendo de su pasión por el arte. De ahí le entra la preocupación de que sabe mucho de Cuba, pero no tanto de México, y se acerca a la música prehispánica, o a lo que se registra como tal; esto le abre otra puerta. Por necesidad, empieza a enriquecer su actuación con el canto y la danza, y de ahí surgiría la inquietud de conducir al público a través de las canciones que ella y su grupo interpretaban.

Sin saber que existiera una disciplina artística denominada narración oral escénica, empieza a contar cuentos. Siempre ha sido una lectora, y crear un vínculo con los libros le ha ayudado a descubrir otra de sus grandes pasiones: la de ser cuentacuentos, una labor en la que ha encontrado una plenitud tanto artística como humana, interpretando y compartiendo su visión de la vida, cada vez más madura, moviendo el espíritu y el corazón a través de la música, el teatro y la narrativa.

Preocupada por la dramática transformación de las costumbres de nuestro país, crea una asociación con el ideal de recuperar las tradiciones, y las historias, en particular. Su inquietud por la cohesión y el desarrollo social queda representada en sus magníficas obras, en las que defiende la cultura y mantiene viva la visión confiada en el arte. En su andar descubre que no es posible recuperar nada, porque no hay nada estable, todo se mueve, cambia de dirección y de ser, todo es una construcción constante, así que decide bailar con los cambios, eso sí, al ritmo de su propio son.

Valentina entiende que el arte es vida, y que como artista debe compartir su quehacer; en ello está la riqueza de su existencia. Para ella el arte es un arma de dos filos: como artista, si no trabajas de una manera constructiva, te puedes autodestruir. Todo artista comparte una visión, su visión de las cosas, y es aquí donde el arte funge como constructor o destructor del propio creador. Al presentar una imagen de un hecho, el autor busca trasmitir un mensaje, empeña su alma por crear tal perfección que el espectador quede perplejo, que su mirada refleje lo que él siente por dentro (una realización absoluta, al compartir sentimientos, ideas, pensamientos, abstracciones). Pero como el arte no sólo es para dos personas, este tomara la forma que los espectadores le quieran dar (mayormente, por una proyección social), dotará de significado la obra, aunque no sea del autor, hará suya la expresión presentada y la transformará completamente, será una imagen para cada colectivo; esto no quiere decir que el artista haya fracasado, sino que ha logrado que una creación individual se singularice colectivamente, haciendo que nos miremos unos a otros a través de un espejo abstracto, pero está en el artista tomar el cuchillo por el filo o por el mango.

Valentina Ortiz es autora de magnificas obras que bajo su voz y talento crean un ambiente estimulante; interactuando con el público, logra hacer conexiones profundas: es capaz de hacerte sentir vibraciones con cada movimiento de sus impulsos percusivos; más que contarte un cuento, te hace vivirlo, interpretarlo, tú eres el protagonista de su mente; te atrapa totalmente, te sube con su imaginación, te mantiene con su interpretación y te deja caer con un estruendo melodioso, pero siempre protegido con una red de curiosidad.

Valentina es, asimismo, una activista que grita su inquietud a través del arte; parte de sus obras son un acercamiento a la problemática social de México, pero, procurando que el mensaje llegue a todo público. Así, rompe con el ideal del arte elitista, sólo disponible para los estudiosos. Su narrativa oral tiene una característica muy especial, desde la perspectiva de un personaje que superficialmente no entiende lo que pasa a su alrededor, pero que ingeniosamente construye un análisis sociopolítico majestuoso, y es así como esta gran mujer logra romper fronteras para hacer de su arte la lengua oficial de los inconformes.

Su espectáculo más reciente, En el Camino: cuentos de amor y migración, trata a grandes rasgos de la realidad mexicana actual; una realidad de muerte, deshumanización, desempleo, migración, delincuencia, ignorancia y anhelo de cambio. Todo está contado desde la perspectiva de Juanito, un cocodrilo que por azares del destino es arrancado del seno familiar. En su camino se encuentra con sucesos que no comprende, actos de crueldad y deshumanización que pasan frente a sus ojos de desconcierto. Asustado, trata de nadar contra corriente, pero su casi nulo desarrollo le impide lograrlo; cansado de luchar, decide dejarse llevar e ignorar todos los sucesos que conllevaba su desafortunado viaje.

Después de un largo camino a través de grandes y peligrosos ríos, Juanito es acogido por una mujer que lo pone en un lindo parque, un lugar que él jamás había visto, donde todo es nuevo para él, en un mundo donde todos ríen y se ven felices. Al intentar regresar al cauce, se da cuenta de que el frío lo ha dejado sin movimiento. Con el paso de los días, Juanito conoce algunos amigos con quienes se siente muy bien y está feliz, pero no es ahí donde él anhela estar, no son ellos con quien desea platicar y compartir. Un día el río cambia de dirección y el cocodrilo pide a sus amigos que lo empujen al agua; ellos obedecen y se despiden de él. Tras un largo viaje, Juanito por fin vuelve a casa, y aunque en un principio no lo reconocen, se reúne con su familia; mientras él les cuenta todo lo que pasó, ellos lo acogen como si nunca se hubiera ido.

La historia reviste una crítica social a las condiciones de una cultura en decadencia, en un país donde es normal que desaparezca la gente, donde la muerte con dolo se justifica por la misma sociedad culpando a la víctima, donde la violación es atribuida a la forma de vestir de quien la padece, donde el robo de una tortilla se castiga con cárcel, pero el salario mínimo es de ochenta pesos por una jornada de ocho horas, donde te enseñan a asentir con la cabeza y te reprimen; un país donde el clasismo se pone una máscara de derechos humanos, donde vale más una vaca que una mujer, donde la educación básica es deficiente y la superior es poca y corrupta; un lugar donde los maestros exigen un derecho y los padres los tachan de flojos. En fin, un país donde la deficiencia administrativa es tan patente que las generaciones por venir están sujetas a una deuda externa brutal.

La migración aparece, así, como el tema fundamental de la obra, un fenómeno que, en el marco socioeconómico descrito, es el recurso del que se sirven muchos al no poder satisfacer las necesidades básicas en su país y la situación que aquí se vive. Las lágrimas de cocodrilo sólo tienen sentido para su especie: la falta de oportunidades sólo es padecida y comprendida por quienes la viven; los que simplemente la ven juzgan desde su ignorancia. Y es que en cada mexicano existe un Juanito a quien, al crecer, la realidad arrastra por una corriente donde es más fácil dejarse llevar que luchar; ese Juanito que vio los crímenes cometidos contra inocentes, familias llorando, sueños abandonados, lugares en espera de un regreso que jamás existió, y no pudo hacer nada, porque no entendía lo que pasaba, nada más observaba y continuaba su arbitrario camino.

Entramos, como nos lo hace ver el personaje, en un conformismo despreciable, en el cual, si algo no me pasa a mí, no me afecta. El país está sumido en una crisis profunda, y por eso huimos a otro lugar donde las condiciones sean mejores, donde puedas estar en una hermosa piedra asoleándote y no te maten; pero qué pasa con los que se quedan, con tu familia, con tus amigos y conocidos, qué pasa con tu gente. Lamento decirlo, pero el problema no es el país, eres tú con tu actitud nefasta, eres tú con ese afán de siempre joder, eres tú con tu mentalidad mediocre, con tu conformismo, con tu egoísmo.

Trasformar el entorno es tarea de todos, y Valentina Ortiz ha encontrado la manera de aportar su semilla desde sus capacidades. Ella es una gran mujer con el arte en las venas que agitando las masas con golpes de imaginación trasmite, enseña y aprende de cada estruendo, una mujer que encuentra el descanso en el andar social, trabajando con los que sueñan con los párpados latentes y tienen una sed de luchar. Migremos, pero, migremos nuestras ideas acertadas a otras mentes y trasformemos a una sociedad en decadencia humana.

Valentina Ortiz, la mujer que transgrede con percusiones y armónicos cuyos sonidos aún resuenan en mi mente y en mi conciencia.