Nocturno de fuego

René Díaz Lomeli

© Yacek Yerka

A Katya Alvarado Yáñez

Mi habitación, normalmente fría, está llena de calor con la presencia de Katya. Observo sus ojos, y una tormenta de recuerdos inunda mi cabeza. La abrazo, y al acariciar su cuerpo noto que su piel se siente extrañamente áspera. Pronuncio su nombre: Katya. Me cuesta trabajo hablar, no hay humedad en mis labios ni en mi garganta. Volteo hacia mi ventana: la luminaria de la esquina parece más grande que de costumbre. De pronto, Katya aprieta mi mano, y en ese instante mi habitación se desintegra, dejando aparecer un paisaje fantasmal del Parque Hundido, mientras la luminaria de la esquina se transforma en un sol borroso, cubierto de neblina. Katya y yo caminamos sobre la hierba, las manos y los sueños entrelazados. La hojarasca se levanta haciendo remolinos. Hasta nuestros oídos llega el rumor interminable de la sinfónica urbana. Somos felices. Nos detenemos entre unos árboles, estamos frente a frente, nuestros ojos se observan llenos de amor. Me acerco a ella y lentamente la beso. Veo a mi espíritu pasar por mi garganta, salir por mis labios y llegar hasta su espíritu.

El escenario ilusorio del Parque Hundido se ha ido: estoy de regreso en mi cama. Te siento muy tensa Katya, ¿estás bien? No me contesta, tal vez estuve fantaseando demasiado tiempo y se molestó. Pero en la penumbra de mi habitación advierto el verdadero motivo de su silencio: Leticia está aquí. ¿Cómo entró? Siento que el piso se esfuma: un abismo me traga y caigo, caigo irremediablemente hasta el fondo del tiempo, hasta llegar a aquel café donde Leticia y yo nos separamos. Ella está llorando, apenas le ha dado unos sorbos a su bebida y me mira con tristeza, angustia y odio. No puede entender que amo a Katya, y que ese solitario pero definitivo hecho obliga el final de nuestra relación. Algún día pagarás por esto, dice mientras se levanta de la mesa, antes de salir precipitadamente.

La visión del viejo café también desaparece. Mi habitación ha vuelto, perfectamente reconstruida. Estamos los tres aquí: Katya, Leticia y yo. Imposible predecir lo que va a ocurrir en este teatro. Katya ya no está sobre la cama, se levantó al ver a Leticia. Se acercan una a la otra, yo sigo acostado: un invisible y gigantesco peso me impide levantarme. La habitación gira, se inclina, rebota: es angustiosamente inestable. La acuarela imposible de los ojos de Katya está tratando de absorber a Leticia, escrutando sus pensamientos, sus recuerdos y sus emociones. Sé que Leticia detesta a Katya, y ahora mis más fatalistas premoniciones se confirman al ver un afilado cuchillo en su mano. Pero no la ataca: se arroja sobre mí, y me entierra furiosamente el arma a la altura de la axila. Un sudor frío cubre mi piel. En medio de una deslumbrante explosión, Katya y Leticia desaparecen, repentinamente precipitadas a un profundo y negro vacío. Sólo queda una nube de vapor, y de su interior veo emerger el rostro de mi madre, apareciendo de la nada con expresión preocupada. El cuchillo sale de mi axila: mi madre lo contempla atentamente.

–Que horror. Treinta y nueve grados. Estás ardiendo.

Me incorporo pesadamente. Al palpar mi almohada reconozco la aspereza que atribuía a la piel de Katya. Mi madre se acerca y me ofrece un par de pastillas y un vaso con agua. Las ingiero, y observo con alivio mi habitación. Mañana me sentiré mejor.

rene_lomeli@yahoo.com

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