Posmodernamente jodido

© Daniel Trujillo

Plebes ilustres, los números no me dan: tres horas de sueño, quince cigarrillos de los baratos para lo que resta del día, dos novelas a gatas, cincuenta miligramos de queteapina cada noche antes de dormir, cuatro tazas de café de marca desconocida para empezar el viernes, ciento cincuenta rolas punk del más rabioso en mi playlist, un corazón que late entre sesenta y cien veces por minuto sin  tener una razón de peso para hacerlo, cien tristes varos en mi cartera, tres piquetes de mosco en el antebrazo, dos llamadas perdidas de mi madre, treinta páginas para dar por terminada la magnífica novela “Juegos de mentes” del escritor colombiano, Carlos Perozzo,  cuatro mil setecientos treinta amigos en Facebook, de los cuales tengo contacto con menos del cinco por ciento, una laptop Dell que data del 2010 con un procesador menos potente que cualquier celular de gama media donde intento escribir algo que tenga sentido, pero haciendo un balance llego al punto donde inicié: los números no me dan, pero al mundo no le va mejor.

Cuenta la leyenda que en 1939 cuando André Bretón conoció México se quedó anonadado por no decir que sacadísimo de onda, de ahí al franchute le dio por decir que la tierra del nopal y las buenas borracheras era el país surrealista por antonomasia. Si el DeLorean DMC-12 piloteado por el Doc Emmet L. Brown se cruzara por el camino con el papá del surrealismo y le diera un raite a nuestro agitado presente, seguro se daría cuenta que ahora el surrealismo es el mundo entero.  

Acabo de sobreponerme de un pasón histórico, esnifé demasiadas noticias el día de ayer con fines de escapismo, es decir, obtener la sensación de que algo está pasando en mi vida y ahora sufro las consecuencias post atasque. El Can de Nochistlán se fue a reunir con su cachorro y Zacatecas le llora, llanto contagiable a nivel México entero no para de chillar empañando la visión de lo impune. María Cristina Vázquez Chavarría también luchaba en un ring sin cuerdas, de esos donde las balas vuelan y son certeras, pero a quién le importan los héroes sin capa, los que nos recuerdan la existencia de hombres y mujeres que luchan un día y son buenos. De otros y otras que luchan un año y son mejores. Y esos y esas quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Lo cierto y triste es que los chidos para la mayoría, sin restarles méritos a los dioses del pancracio, son los que luchan todos los domingos.

Después para acabarla de amolar, fumarme la parafernalia en redes sobre la sirenita afrosabrosa, espero de perdis las sitúen en alguna playa caribeña y tenga frases simpáticas muy acá de las que se rifaba Marimar, ya saben el inolvidable “pa´ su mecha, pulgoso”, más allá de si es incluyente o no subirle el tono de piel la sirena en cuestión o si es congruente o no que una hija de Melpómene pueda ser morena, lo preocupante, a mi trasnochado parecer, es la pereza para crear nuevas historias o retomar relatos ahora sí que endémicos, donde se pueda exponer la visión de los pueblos originarios del África y dejarnos de tanto mame pro buena ondita reivindico a las minorías y a los menos favorecidos. Aunque haciendo un ejercicio express de análisis, mejor no, todo lo que toca Disney lo hecha a perder, aunque sería algo harto controversial si ahora si respetan el relato de Hans Christian Andersen y la Ariel termina fatídicamente siendo espuma de mar. Como no se va a deprimir uno con tanta jalada y el acabose fue la estrambótica imagen circulando de la irrupción en las redes en los días de la marcha del orgullo gay de los posicionamientos de las colectivas lesbofeministas transfóbicas y los dimes y diretes en redes sociales, mientras Leviatán devora todo al por mayor, no es por joder, pero si supieran la historia de cómo Edward Bernays utilizó el feminismo sufragista para hacer fumar a las mujeres… Pero bueno, el mundo es una mierda, pero aun así vale la pena oler a estiércol.

El síntoma más cabrón de la cruda por el consumo irresponsable de contenidos mediáticos es la pesada carga de consciencia sobre el absurdo, me enferma enterarme cómo cada vez entiendo menos el acontecer actual… Hemos sobrepasado la etapa donde el derrotero era el pensamiento sesudo, el “cogito ergo sum” ahora es “compro luego existo”, la revolución es un parque temático a punto de cerrar por derribo, y ahora el Che Guevara gritaría con un fervor trashumante ¡Hasta la Victoria Secret! Prada o muerte.

Alguien tiene que pagar la afrenta por tanto torbellino ideológico convulso y vacuo rondando en estos tiempos, le busco, pero no encuentro otro causante que el posmodernismo con sus conceptos ya harto banalizados por la “inteligentzia” global. En este momento me encuentro más que cansado de oír sobre la mentada deconstrucción, la supuesta muerte de los grandes discursos, cuando la democracia sigue en pie y no le veo para cuando cuelgue los tenis, aturdido por el afán vanguardista de las grandes mentes por desdibujar la línea entre la frontera de lo público y lo privado, la supremacía de la subjetividad y tantos relatos fragmentados sin pies ni cabeza…

Y sí, así me encuentro: posmodernamente jodido.

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