De la trova, lo que te acomoda

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Luis Eduardo Alcántara

La nostalgia comienza cuando termina un disco de los Beatles. Con esta frase iniciaba un interesante artículo escrito por Gabriel García Márquez poco después del asesinato de John Lennon. Porque efectivamente, amén de sus dotes literarias, periodísticas y humanas, el Gabo era un melómano consumado, un admirador de todo tipo de música. El gran Festival de Trova y Canción Urbana que se desarrolló hace poco en la Ciudad de México, me remontó curiosamente a su obra literaria, y también a mis dieciseis años, cuando comencé a estudiar el bachillerato, cuando comenzaron a afianzarse mis gustos fundamentales, mi conocimiento sobre las mujeres, las elecciones sobre música y por supuesto, literatura latinoamericana.

García Márquez, para mi, tiene el sabor de la memoria, de las disertaciones de aquellas primeras clases de ciencia política en el C.C.H Azcapotzlaco, tiene el sabor a Macondo antiguo, pueblo triste, atemporal como la grandeza y el color de nuestros pueblos. El estudiante que era yo, como todo el que se jactaba de pertenecer a una universidad pensante, debía entrar en contacto con aquello que significaba “contra cultura”, por ejemplo, las canciones de trova cubana que entonces rifaban.

Y era menester conocer de Silvio Rodríguez, de Pablo Milanés, de Amparo Ochoa, y hablar sobre ellos en las explanadas, en los jardines, y saber la letra de “Yolanda” y “Gracias a la vida”, “La niña de Guatemala”, “La casita” y por supuesto “Macondo” en la versión de Óscar Chavez, sin olvidar la interpretación suya de “Por tí”. Lo anterior no constituían reglas rígidas o inamovibles para los estudiantes de nuevo ingreso. El que deseaba seguirlas lo hacía. Yo participé de buen grado en ellas, aunque si he de ser honesto, la nueva trova cubana y su visión romántica que imperaba en la escuela nunca fueron santo de mi devoción. Lo que de verdad agradezco fueron las sugerencias de los profesores para que leyésemos buena literatura y poesía, las cuales se fueron decantando por autores de habla hispana, muchos de ellos agrupados bajo la etiqueta del “Boom”.

Recuerdo la emoción después de leer Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, y la visión nostálica de aquella ciudad desolada en  La región más transperente, de Carlos Fuentes. Rayuela de Cortázar me pareció hechizante. ¿Cómo es que ellos podían escribir de esa forma, con esas metáforas y esa imaginación tan desaforada, tan llena de vida? La casa verde de Vargas Llosa referendó mi admiración por autores de esta región. Como un muchacho que tentaleteaba la vida, la lectura de estos hombres alimentó mi imaginación más allá de la dictadura de las clases formales y de la obligación de haber leído dichos textos para merecer una calificación.

De ese tiempo fue Cien años de soledad, en una edición muy viejita, creo que la original. En la portada aparecía un barco, una carabela española que iba cruzando un exhuberante mar de árboles tropicales.Todo en el libro me cautivó, los personajes que habitaban Macondo, el realismo mágico en la manera de contar sus  dichas y desventuras, la certeza de que muchos países de América Latina reproducíamos la dura realidad que agobia a dicho pueblo y a su gente. Seré sincero, al enterarme de la muerte de García Márquez, me puse triste, con una tristeza que se siente cuando uno de nuestros antiguos camaradas se aleja para siempre, y con él se va parte de nuestra vida preparatoriana, con sus canciones, sus aventuras, su mundo propio. También en aquellos años se afianzó mi gusto por el blues, gracias a la compra exhaustiva que hacía de discos elepés, cassettes, revistas, y mi visita a los grandes festivales organizados en el antiguo D.F.

Muchas fibras se removieron con las recientes presentaciones de trova y canción urbana. Otra vez volví a disfrutar de Óscar Chávez en directo, otra vez volví a sentirme acompañado por el Gabo, en fin. Mariposas amarillas que vuelan liberadas:

Los cien años de macondo sueñan, 
sueñan en el aire, 
y los años de Gabriel Trompetas, 
trompetas lo anuncian, 
encadenado a Macondo sueña, 
don José Arcadio, 
y aunque él la vida pasa haciendo, 
remolino de recuerdos. 

Las tristezas de Aureliano, el cuatro, 
la belleza de Remedios, violines, 
las pasiones de Amaranta, guitarras, 
el embrujo de Melquiades, obóes.

Úrsula cien años, soledad Macondo, 
Úrsula cien años, soledad Macondo. 

Eres, epopeya de un pueblo olvidado, 
forjado en cien años de amores e historia, 
eres epopeya de un pueblo olvidado, 
forjado en cien años de amores e historia. 

Y me imagino y vuelvo a vivir, 
en mi memoria quemada al sol. 

Mariposas amarillas, 
Mauricio Babiloniaaaa, 
mariposas amarillas, que vuelan liberadas, 
mariposas amarillas, 
Mauricio Babiloniaaaa, 
mariposas amarillas, que vuelan liberadas…

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