Celos rabiosos

© Robert Lenkiewicz

Luis Guerrero

Me quedé ahí, mirándolo. Ver su cuerpo tendido, sin vida, casi me hizo sentir feliz. Ahora el problema era otro, ¡cómo demonios me desharía de él!…

“¿En qué momento dejaste de ser tú para convertirte en su maldita esclava?” le pregunté furioso. “¿No te das cuenta que te está absorbiendo la vida entera?” continué con ira. Era un domingo por la mañana. “¡Estás enferma!” le grité.

Pude ver el odio en sus ojos. Su boca dulce de lindos y delgados labios se torció y estalló en insultos despiadados y fulminantes. Nunca antes la había escuchado hablar así. Parado frente a ella, me quedé pensando que si no fuera porque todo aquello me provocaba mucho asco, me hubiera dado mucha risa.

Salí de su casa azotando la puerta y caminé. Debieron ser un par de horas porque para cuando volví en mí, el sol caía a plomo. El calor a esa hora del día era insoportable y mi cabeza y mi cuerpo precisaban descanso. Pasé por un parque y me senté en una de sus bancas. Me tendí al resguardo de una enorme y exquisita sombra y fue ahí donde urdí mi plan.

Al otro día sería inevitable verla. Trabajábamos en el mismo sitio y la estrechez de la oficina era tal, que aún sentado en mi silla, agazapado, inmóvil; el contacto físico con el resto de las personas era inevitable. Lo detestaba. Pasó por un lado y su muslo rozó mi mano. Me miró, la miré. Hice mi mueca, ésa que siempre me ha funcionado con ella y sonrió. A la hora de la comida salimos juntos: “¡Eres un estúpido celoso!” me reclamó mientras revolvía el café con un tenedor lo que me pareció indecente. “¡No sé por qué te pones así, si siempre lo has sabido!” continuó. “Cuando tú llegaste, él ya estaba ahí ¡él ha estado ahí siempre! ¡Muchísimo antes de que tú siquiera pintaras en mi vida!” Eso último me acabó. Intenté decirle con tono indiferente que no se preocupara, que lo entendía, que en realidad no me importaba; pero nada de eso funcionaba ya. Mi boca debió torcerse con mi esa otra mueca que nunca he podido dominar. Me levanté y fui al baño. Cuando regresé ya se había ido.

Nada pasó los siguientes dos días. El jueves por la noche fui a buscarla a su casa. Toqué. Ella me abrió y me dejó pasar; así, sin más. No me sorprendió verlo ahí. “Éste cabrón siempre está aquí” pensé. Lo miré a los ojos y levanté la barbilla en señal de saludo, él respondió volviendo la cara hacia otro lado. No me importó. Ella me invitó una cerveza y me tumbé en uno de los sillones de la sala a beberla, despacio, como si nada pasara. ¡Qué situación tan grotesca! Ahí estábamos los tres, en la sala de su casa, echados como zánganos viendo la televisión. ¡Como si nada pasara!

Cuando terminé mi cerveza me levanté, me despedí y salí de aquel lugar. Ella me alcanzó y entrecerrando la puerta me dijo: “¿Ya ves cómo sí se puede?” después me abrazó y me besó en la boca. Su beso me gustó pero no pude evitar pensar en el hocico de ese cabrón, en su lengua asquerosa…

“¿Y si me dejaras a solas con él?” propuse al día siguiente, a la hora del café. “¡Sí!” continué emocionado, “quiero ganarme su confianza, quiero que seamos amigos”.

“No digas idioteces” me contestó con un tono que mezclaba la burla y la desconfianza. “¿Por qué habrías tú de querer eso? ¿Qué te pasa?” preguntó inquisitiva, mirándome a los ojos como queriendo descubrir algo.

“¡Está bien!” respondí indefenso. “No te voy a mentir, lo quiero hacer por ti, porque te amo, ¡yo sí te amo! Déjame al menos intentarlo” le supliqué. “¿Quieres?” lo pensó un momento y al fin respondió no sin un dejo de escepticismo, “oquei”.

El que fuera yo quien propusiera todo aquello, le gustó, o mejor dicho, la cegó. Increíblemente, su instinto de la sensatez, se vio hábilmente entumecido por el mío del cinismo y la compasión mal sana. Pero había funcionado. En cuestión de semanas nos convertimos en los mejores amigos. Eran tan elocuentes mis mentiras y mis actos que por momentos hasta yo mismo los creía. Incluso (debo confesar), hasta llegué a encariñarme un poco. Ya nadie podría sospechar de mí.

Fue justo un mes después de que todo aquello comenzara. Así lo dictaba el plan. Salimos a caminar. Juntos. Solos. Éramos como un par de buenos y viejos amigos. Los mejores. Llegó a saber incluso cuál era mi comida favorita pero nunca sospechó de mis más obscuras pretensiones.

Estábamos en el parque y quiso orinar. Yo me le quedé viendo con una sonrisa en el rostro mientras él

caminaba un par de metros hacia un árbol dándome la espalda. Unos segundos después, más o menos cuando su vejiga iba como a la mitad, le asesté un golpe duro, seco. Justo en la base del cráneo. Supe que había sido suficiente, que había dejado de existir. Me quedé ahí, mirándolo. Ver su cuerpo tendido, sin vida, casi me hizo sentir feliz. Ahora el problema era otro. ¡Cómo demonios me desharía de él!… Me quedé pensando un rato y al final decidí enterrarlo en ese mismo sitio.

Ella lloró desconsolada. Yo en cambio me felicitaba por lo convincente de mis palabras al explicar lo de su inesperado escape, lo de su trágica desaparición. Al final me creyó; me lo creyó todo, como siempre. Sin embargo, había algo que me molestaba: ella no dejaba de llorar. Lo hizo durante días. Semanas enteras. Verla así me desquiciaba.

Un mes después llegué a su casa cargando entre los brazos al cachorro de chihuahueño más hermoso, más barato, y más parecido al que yo le había matado.

Por primera vez en mucho tiempo, la vi sonreír.

luis_fgz@hotmail.com

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