Penélope

© David Ligare

Felipe Gaytán*

El murmullo comenzó por el fondo, hacia el lado izquier- do de la calle. De la noche lluviosa que taladraba los muros surgieron varios hombres, algunos con mosque- tones ocultos bajo la capa y otros con lanzas que hacían sonar sobre el pavimento de piedra. El ruido era confuso hasta que uno de ellos gritó ¡Alto! Pero nadie lo escuchó, entonces accionó su arma y disparó. Satisfecho vio cómo los demás daban la media vuelta y se dirigían a donde estaba él, acto seguido sopló la pólvora escondida en la cazoleta y miró a todos con enojo. ¡Escuché mortales gemidos y no sé si son de placer o dolor!

Tú corrías hacia la hostería para atenderla mientras tu padre don Diego, el más rico del callejón del sapo, era hombre enfermo, atrás dejabas el clavicémbalo, el laúd, tu collar de perlas y la Biblia forrada con piel de armiño. Antes de llegar al negocio, Constanza salía a tu encuentro para entregarte unas ramas.

–¡Doña Leonor, aquí le traje estos condimentos para la comida!

El teniente que vestía de blanco, se acercó al mosquetero de rojo para burlarse de su miedo.

–Eso que vos creís haber escuchado no son mortales gemidos, sino el oing oing de nuestros compañeros convertidos en marranos por algún hechizo –todos ríen, se alejan sin hacer caso tratando de perderse entre el ruido del agua.

Tú cruzabas la calle de un lado para otro buscando algún recoveco para atravesar el mar de gente que se colocó por toda la avenida cercana a la Plaza Mayor, los árboles estaban repletos de curiosos, por todos los balcones se asomaban familias enteras esperando ver pasar el ejército, y en las azoteas las señoras más humildes de la sociedad se protegían del calor con sus sombrillas, mientras las más ligeras se abanicaban caminando por las calles lanzando miradas indiscretas a todo aquel que quisieran conquistar. De tu cintura se balanceaba una gallina muerta atada de las patas. En la cocina, diez y ocho mujeres dedicaban su tiempo preparando la vianda, cuatro de ellas esperaban tu llegada para completar el guisado, dos más ponían pacas de alfalfa rociadas con agua en algunos rincones para mantener el lugar fresco, mientras otras tres sahumaban el lugar con ocote para evitar la suciedad y los malos olores.

Sobre uno de los muros de la hostería, don Alonso de Mendoza, que un mes después te compraría el local en 15,000 ducados, colocaba un mapa señalando los triunfos del capitán Ulises que en ese momento llegaba por la calle principal ostentando las llaves de la ciudad que uno de los enemigos le entregó a su derrota. Todo era una enorme algarabía las campanas de la Catedral comenzaron a sonar, y en cuestión de minutos se le fueron uniendo las campanas de las iglesias más lejanas de la ciudad. A su paso había música de chirimía, trompeta y tambor con castañuelas que un mono hacía sonar, para darle la bienvenida. Se le veía rodeado de beldades y tres soldados con pata de palo que cargaban los barriles con vino. La tropa que lo seguía era vieja, sucia, desvencijada, como si hubiera salido mal librada de una batalla contra el tiempo. Cerca de la Plaza Mayor, uno de los hombres que sostenía un estandarte se adelantó para patear unos perros que estorbaban en el camino, provocando con esto un coito frustrado. A cien pasos, un pequeño grupo de niños a manera de coro, improvisaban la siguiente canción:

Vuelve en hora dichosa, vuelve diciendo
que el que vive triunfando triunfa muriendo.

Han pasado tres meses, ahora tu honor está en juego, el sargento Bernardo entró a tu casa y prometió ser tu esposo; tu padre, único testigo de la promesa, estaba muerto. Ahora que el militar ha regresado, si él no quiere cumplir sólo te quedará acudir al virrey para arreglar tan terrible estertor o convertirte en monja, tu criada Constanza ya está escogiendo el mejor de los Conventos, mientras tú buscas un padrino que te dé una dote y puedas ascender de puesto una vez que decidas la eterna clausura. Y mientras lavas la bacinica que acompañará tu soledad mística te pones a pensar.

–¡Si viviera don Leonardo, él me estaría pintando como monja coronada!

Tú cruzabas el jardín, con tu vestido de seda y tu breve sonrisa, te metías entre los jacintos y los rosales tratando de no lastimar tus pies con las espinas, subías corriendo la escalera, llegabas hasta la puerta, desde la penumbra lo veías en la cama, rápidamente te quitabas las sandalias, abrías la puerta dispuesta a la entrega fatal. La sábana lo cubría hasta el ombligo de donde brotaba el vientre voluminoso, su rostro trastornado por el alcohol te volteaba a ver mientras salían algunas incoherencias de sus labios emblanquecidos por la bebida.

–¡Pasa Circe..! ¡ramera… la más puta de todas las mujeres…pasa, te estaba esperando..!

Regresarás al día siguiente, por el momento era innecesario, el reptil entre sus piernas se encontraba insensible por la borrachera. Antes de salir tus pies descalzos se tropezaban con una vieja edición de La Odisea, entonces comprendías sus palabras, regresabas brevemente a su cama y lo mirabas con ternura.

–No me llamo Circe, soy tu esposa Adriana, puta tal vez, pero sólo para ti, porque te aseguro que he sido la única mujer decente en tu vida…la que ha cuidado de tu casa y tus hijos durante tus largas ausencias.

–¡Voto a Dios! ¡Juro por el rey y nuestro capitán que escuché gemidos!

–¡Medid tus palabras inmundo bellaco! Sólo porque sois sobrino de doña Leonor la bella te soportamos, aquí sólo hay una estatua de Pedro Calderón de la Barca, tiene ojos y no ve, tiene boca y no habla, tiene oidos y no escucha. Medid la distancia que hay de los gemidos a esta masa de hierro y vereís que es la misma distancia que hay del hombre a Dios.

Al día siguiente lo encuentras dormido en la misma posición, le quitas la sábana, ves a la salamandra dormida, y en esta ocasión con un simple rozón la haces despertar, le besas el tórax, tus labios descienden lentamente. Abajo de la casa de estilo colonial el viento chocaba silbando contra una escultura, mientras varios policías atrapaban a un ladrón que trataba de brincar uno de los muros para asaltar una de las casas vecinas.

Arriba, en el segundo piso, tú y Ulises se movían agitados sobre la cama de latón. Tú le besas las ingles y tu manos blancas acarician su cuerpo, ambos gemían, los gemidos cruzaban hasta el siglo XVII, estallando en los oídos de uno de tus antepasados que gritaba espantado ¡Alto, escuché mortales gemidos, y no sé si son de placer o de muerte!

gaytan3000@yahoo.com.mx

*Cuentos del sótano

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