El Quinticéfalo

Daniel de Cullá

(“Brutal violación de una joven madrileña por San Fermín, Pamplona, 7 de Julio de 2016”. Prensa y Telediarios)

El Quinticéfalo, cruel y sanguinario
Después de atravesar caminos y veredas
Se vino a las corridas de toros de Pamplona, en fiestas
Con el deseo de “joder todo lo que se menea” Como él mismo le cantaba a su polla
Cuando orinaba entre yerbajos y matojos. Rimbombante y exagerado
En la noche, después de la primer corrida
Con toreros bobitos y pitirres bobos
Cuando la Luna está ahíta de sangre
De toros asesinados en la plaza
Crimen vitoreado y aplaudido
Por la alegre gente de la plebe en algazara
Más bien salida y muy borracha
Que a los ojos del palco presidencial
Sacando pañuelos blancos, grita: -Respetable, no tengáis pena por los toros Porque sus almas están gozando
De gloria eterna como nosotros aquí y ahora
El Quinticéfalo marchó a la Plaza del Castillo Donde se celebraba un concierto
Con música que sonaba a chatarra
Y él, saltando y bailando cual majadero
Se manoseaba la polla para mantenerla tiesa

Lo que algunos tíos y críos, y ¡hasta mujeres¡ le reían Eligiendo a su seleccionada presa
Que, asqueada y cansada de esta música
Y de tantos apretujones de baile, huía.
El la siguió, arrastrando la su polla
Que hasta el zancajo le llega Arrojándosela él mismo de mano en mano Como suelen hacer los albañiles con los ladrillos Diciéndose a sí mismo:
-Hoy le meto a esa coneja
De vara y media de cintura
Dándole curvatura a su superficie
Esta cuarta y media de mi peneal muñeca Quiera o no quiera ella, desde luego
Pues tengo gana de hembra
Y me subo por las paredes
Como estáis viendo que hago
Entre las calles Paulino Caballero y Roncesvalles. En un portal, a un descuido de ella
Se abalanzó sobre la chica con malas maneras Rompiéndole el sujetador de un lametazo
(¡No olvidéis que eran cinco lenguas¡)
Y las bragas de un zarpazo Apretándola con su brazo izquierdo con fiereza
Y con la mano derecha guiando su polla
Que, ahora era un vergajo, no verga
De cualquier manera

Por su cuerpo
Sin saber ella, aturdida y atolondrada como estaba Asustada y medio muerta
A dónde él guiaba este su larguísimo mango.
Él lo llevó por caminos de odioso Amor Hasta sus altas tetas
También, le llevó por las traseras
Se le frotó en su pelo y, también, en sus orejas
Y cuando lo tenía “a punto de caramelo” Cuando el criminal pensó que estaba
Ya lo estaba metiendo en su Chumino Como el guarapo o la meladura
En los ingenios de azúcar.
¡Y la chica estaba medio muerta¡
Después de eyacular como un Burro
Lo sacó cargadito de espermas Llevándolo a su boca, diciéndole a ella: -Ahora, por último en la Garganta de Polla ¡Madrileña, di Pamplona¡ Je, je, je.
Las gentes del edificio no se enteraron de nada Pues las casas estaban medio vacías
Y, en su mayoría, seguían de fiesta. Cuando el hiriente Quinticéfalo marchó corrido Después de cometer sus salvajes fechorías Ella, como pudo, se levantó del suelo
Donde él la había puesto
Y, al empezar a caminar y levantar la vista

Vio un hilo de luz de Luna roja
Que iluminaba un triste y solitario banco Donde se sentó muy afligida Escuchando, de pronto, y al instante
La campana de una iglesia que tocaba a muerte Deseando que hubiera sido por ella Cagándose en la sociedad y en su dios falso
Por no haberle defendido nadie a ella Principiando a llorar, diciéndose a sí misma: -¡Ojalá que hubiera muerto¡
El Quinticéfalo ya estaba ido
Y ella pudo ver que de sus espermatozoos Nacían estrellas que se unían a esa Vía Láctea
O Camino de Santiago
Que ilumina los calabozos de asesinos y violadores Que no son degollados
Y, al poco tiempo, salen a la calle
Sin rendir cuentas.
Mirando más lejos, unos pasos más allá de él mismo Advirtió algo extraordinario:
“Que del culo de Quinticéfalo salían cuatro cagajones Como de Burro que se convertían en machos
Y ya, los cinco juntos, seguían a otra doncella Alegres cantando:
“Como almetes y bonetes
Vamos a seguir echando polvos de copete”.
Con la boca seca

Y muy altas las comisuras de los labios La pobre chica quebrantada Violada y profanada
No pudo disfrutar
Del amanecer del barrio, ¡qué pena
!

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