Naturaleza y letras, una eterna historia de amor

Isamar Cabeza*

@ Anna Wigandt

¡Qué importante puede llegar a ser el entorno! 

No es ninguna novedad y a todo el mundo le afectan, en mayor o menor medida, las circunstancias que nos rodea. La dinámica social nos arrastra, nos controla, impidiéndonos pensar libremente y actuar según nuestra voluntad. Somos como simples barcos de papel arrastrados por la corriente de un caudaloso río inmisericorde, al que no le importa nuestro destino.

En esta época nuestra tan dada a etiquetarlo todo, en un oportuno intento de controlar cualquier movimiento, de clasificarlo todo, nos hallamos con la palabra “tóxico” o “tóxica” mucho más a menudo de lo que debería. Y es que no podemos obviar que existen muchas situaciones diarias que nos van mermando emocionalmente hasta llegar incluso a causarnos daño a nivel físico. Surge una nueva rama dentro de la Psicología, catalogada como Psicología de la Salud, la cual trata la enfermedad desde todos los puntos de vista posibles. 

Términos como el estrés o el distrés, tan común en nuestros días, empiezan a adquirir carácter pandémico, pues ya es raro encontrar a alguien que no los sufra. El distrés afecta a la salud cerebrovascular.

¡Qué ritmo tan diferente al que llevaban nuestros bisabuelos o nuestros abuelos!

La vida transcurría más lenta, cargada de problemas y estrecheces, eso seguro que no faltaba, pero tenía más calidad, se sentía el momento presente, se saboreaba el día a día, como cuando se come despacio una exquisitez que no queremos que se acabe. 

Vestigios del pasado que solo lo puede ofrecer hoy la vida fuera de las ciudades, la soledad del campo, de sus dehesas y sierras, donde lo único que altera la paz que reina son los sonidos que emiten los animales que las habitan.

En ese bendito silencio y esa calma benefactora no es de extrañar que las letras emerjan como agua de manantial, es sin duda el lugar propicio para que brote de manera generosa la creatividad que el estrés se encarga de aniquilar.

El silencio consigue que oigamos esa vocecilla que nos susurra desde muy dentro tantas cosas, que de no tenerlo nos es imposible oír. 

Soledad campestre amiga de autores de todos los tiempos, naturaleza reflejada en los poemas de Rosalía, nuestra poeta gallega más conocida, a quien le hablaban las fuentes, los pájaros y las plantas.

El locus amoenus que en algún momento envolvió a nuestro entrañable Antonio Machado, con su limonero de la infancia o a Fernando Villalón, nuestro poeta andaluz más esotérico, el que pretendía tener una ganadería de toros bravos de ojos verdes y que fue incomprendido por sus rarezas, pero muy valorado por el genio que inundaba sus poemas.

Silencio saludable del que muchos privilegiados han gozado y aún gozan, mientras otros tantos añoran. Aislamiento que conjugado con el catártico arte de la escritura, produce un bienestar a quien de este oficio se nutre, que dará lugar a la creación de obras literarias cargadas de genialidad.

*Texto recibido vía mailing list

Podría también gustarte...