Luz verde

Montserrat Varela

El semáforo estaba en siga. A lo mucho, íbamos a cuarenta kilómetros por hora en una calle angosta de doble sentido con flechas recién pintadas. No llevaba casco, Fredy sólo tenía el que traía puesto esa mañana. Nunca se nos ocurrió que pudiera pasar algo malo a tan baja velocidad, tan cerca de nuestras casas. Por el carril de la izquierda venía un auto. A nuestra derecha estaba otro, creo que azul, estacionado. Justo cuando íbamos pasando entre ambos, sentí un mal sabor de boca. Fredy ladeó la motocicleta y entonces la mujer del auto estacionado, sin fijarse, abrió la portezuela. A partir de ese momento todo fue demasiado rápido. Las opciones eran estamparnos contra el coche que venía de frente o llevarnos la puerta del auto azul.

Con el impacto, salí volando varios metros y rodé hasta chocar con el pavimento, quemándome la piel del brazo derecho. La motocicleta cayó encima de mí y sobre ella, todo Fredy. No recuerdo el estruendo, mis oídos se llenaron con un zumbido largo. Frente a mí apareció un cúmulo de caras haciendo valla alrededor de nosotros y de la portezuela convertida en chatarra. Me avergoncé. Era la primera vez en mi vida que tenía un accidente y me alarmaban las miradas reprobatorias de esas personas. Miren, estoy bien, quise incorporarme y decirles, pero de inmediato sentí los extremos de mi vista nublarse al punto de quedar casi en negro. Quieta. Era mejor permanecer así para alejar la negrura y los malospensamientos.

Llegaron tres ambulancias y, tras ellas, mi hermana corriendo. Un vecino ángel guardián debió haberle avisado. La rechacé. Era secreto que había salido con Fredy, y ahora mis papás se enterarían. Vi a los paramédicos y me dio pánico, ya era demasiado el alboroto. Me subieron en una camilla, pero no a la ambulancia. Mientras, Úrsula se acercó y tomó mi mano. La sujetó fuerte cuando se percató que yo la estaba tratando de esconder para que no me clavaran la aguja. Notó que yo no quería el suero. Los médicos dijeron que estaba teniendo un shock nervioso. Lo que sentía era más bien rabia. Lo único que deseaba era gritarle a los mirones que se fueran a sus casas, correr a la mía, tal vez cojeando o en muletas, no sabía si tenía algo roto, no me movía. Tampoco podía hablar. Las palabras se amontonaban en mi garganta, me provocaban náuseas.

Cerca de donde estaba recostada alcanzaba a ver que otro grupo de gente rodeaba a Fredy. Él, sin embargo, se veía espléndido. Sentado, con algo de sangre en el rostro y el párpado entre abierto, alcanzaba a sonreír un poco. Quería hablar con él, tomar su mano, pero mi hermana no me soltaba. Cada vez me apretaba con más fuerza, estrangulaba mis dedos.

Al otro extremo, el semáforo culpable del siga en el que nos arrancamos permanecía en verde. La luz era intensísima, redonda, hiriente. De pronto me extrañó que yo aún siguiera afuera de la ambulancia cuando a Fredy ya lo habían subido; que mi hermana, en silencio, no parara de llorar; que los paramédicos no me pusieran suero ni limpiaran mis heridas. Volví mi rostro y la luz se veía cada vez más grande y más intensa, entonces me di cuenta de que seguía viendo aquella luz aunque yo tenía los ojos cerrados, aunque me habían cubierto con una sábana que me cubría el cuerpo, aunque mi hermana ya me había soltado.

motserratvarela@gmail.com

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