Una nueva minoría en el largo abecedario

© Juniper Fleming

Eduardo Alejandro Escoto Córdova – En sentido figurado

A pesar del miedo y de la culpa, el movimiento se inició clandestinamente en 1990, poco después de que la Organización Mundial de la Salud declaró que la homosexualidad no era una enfermedad. Pronto se hizo público y adquirió notoriedad en las redes sociales, en la televisión, radio, prensa, blogs, etc. en 2015, cuando la Suprema Corte de Justicia de México declaró inconstitucional cualquier norma que estableciera que la finalidad del matrimonio es la procreación o que lo definiera como la unión entre un hombre y una mujer. A partir de entonces se comenzaron agregar nuevas letras al abecedario LGBT (lesbianas, gays, bisexuales, trasgénero y transexuales) bajo los mismos argumentos de libertad sexual, derecho de amar desde cualquier orientación sexual. Pronto se agregó a LGBT, otra T (trasvesti), la I (intersexuales), la P (pansexuales), la A (asexuales), Q (queer, “raro”) y el abecedario creció LGBTTTIPAQ, y por si se agregara otro se incorporó el signo más “+”.

Los primeros ímpetus de la lasciva libertaria se dejaron sentir. El éxito rotundo de la minoría gay y su impacto político movilizó a nuevas minorías sexuales más allá de las diez letras. El abecedario amenazó con crecer. Dos días después de la resolución de la Corte, tuvo lugar una rara reunión de personajes disímbolos y extraños en un antiguo café remodelado en el centro histórico de la ciudad de México. En una mesa apartada, junto a la vitrina desde la que se ve el pasaje de Isabel la Católica, en actitud de secrecía, un grupo de libertinos impudentes formó el Comité pro la Diversidad de Prácticas Sexuales que convocaría a un Congreso Nacional de Otras Minorías Sexuales. Era ahora o nunca. Usarían creativamente la misma estrategia gay. Se movilizaría a cada pequeño grupo de cualquier rincón del país, y se invitarían a representantes de todos los estados de la República y de cada minoría sexual.

Cuando se supo de la convocatoria, la sociedad reaccionó con azoro: era algo inusitado y sorprendente que alteró hasta las conciencias más asexuadas. Ni tardo ni perezosos se incorporaron la plutocracia de abolengo, amante de las buenas costumbres, la decencia y el decoro; siempre discreta, conspicua, pulcra y religiosa; siempre bendecida por un cardenal y enriquecida un poco más al amparo de sus vínculos con el gobernante en turno. Finalmente podrían hablar sin tapujos de los gustos y hábitos de sus hijos, de ellos mismos, de sus cuñadas y cuñados, etc. aunque sus otras perversiones más íntimas debían esperar mejores tiempos.

Lo más extraño fue la reacción de las Damas de la Caridad y la Decencia, ligadas al PAN, que a partir de entonces dijo mantenerse expectante. Un oscuro personaje yunquista del sexenio foxista llamó a la mesura. Nada de gritos, nada de condenas, aunque se les permitió gesticular su desprecio. Solo una muestra del “falso oro de sus virtudes morales”, como dijera el Periquillo Sarniento.

Aprovechando la resonancia de la decisión de la Corte, el Congreso se organizó rápidamente. Su consigna parafraseaba a Monsiváis: Abajo a la censura que construye las mentalidades a base de prohibiciones. El día de la inauguración la prensa, todos los medios de comunicación nacionales cubrieron el evento. El procedimiento fue de lo más simple: había una mesa de honor de pocas gentes: Al centro, como los principales invitados, una pareja en representación del Orgullo Gay; a su izquierda, el cronista de la antihomofobia; a la derecha el segundo transexual mexicano (el primero ya había muerto), representantes de la comunidad lésbico, gay, bisexual, transexual, transgénero, travesti e intersexual etc., pero lo novedoso eran los nuevos personajes de las minorías de abolengo: un pedófilo juez de la suprema corte junto al Cardenal, a la extrema derecha; una mujer del área de espectáculos extraordinarios y atención a políticos de las televisoras mexicanas encabezados, nada menos ni nada más, que por la más distinguida licenciada de la oficina del Concubinario para Políticos del Gabinete Presidencial de Neoliberales, incluido al Presidente; y por último, como muestra simbólica de la conciencia histórica nacional de luchadores de antaño, un representante por cada símbolo histórico: en primer lugar, los bisnietos afines a los gustos familiares de los “41 lagartijos”, menos, claro está, el bisnieto del yerno de don Porfirio, no por prejuicio sexista, sino político contra el dictador. En segundo lugar, los bisnietos de la antigua Cofradía de Intelectuales Homosexuales al Servicio del Estado —de añejo abolengo enarbolando los retratos de sus muertos: de Salvador Novo junto al del presidente de la República, del pintor Anguiano, del dramaturgo Carballido, de la cantante Chavela Vargas, el compositor Juan Gabriel, de Jorge Cuesta; mientras que, por los extranjeros, competían la escritora Virginia Woolf, Marcel Proust, Walt Whitman o clásicos como Oscar Wilde.

Las primeras filas fueron apartadas para invitados especiales que, el Comité Organizador, con fingida prudencia, les llamó la juventud pubescente. La prensa reaccionó ante la burla y les llamó caterva de lechuguinos, pisaverdes, petimetres, gomosos, catrines, currutacos, mequetrefes, dandys, rotos y lagartijos de actitud gazmoña y mirar lúbrico. Instalada la mesa y este pequeño inconveniente con la prensa, uno a uno de los demás participantes pasó a la tribuna a exponer sus argumentos.

Los primeros en tomar la palabra fueron los pederastas. En su representación habló un compungido varón vestido de negro que al hablar modulaba santificadamente su voz mientras juntaba o abría los abrazos mirando oblicuamente al cielo. Un rumor corrió por todo el auditorio: “¡es el Cardenal!”, decían, mientras bajaban la voz para no ser escuchados. Después se supo que era un sacerdote de fama nacional con apoyo cardenalicio. El santo varón tomó el micrófono y haciendo alarde de sabiduría histórica dijo con voz suave y fingidamente pubescente: “gracias por invitarme, Dios se los ha de pagar”. Después dijo con tono serio, grave e imperativo, mientras su mirada mostraba el brillo de la impudicia libertina: “¡oigan bien aquellos que me han acusado: el momento de la reivindicación y del perdón ha llegado¡, ¡sí una minoría sexual LGBTTTIAQ ha conquistado el derecho de ser sin ser perseguido a pesar de los excesos de su sector más radical con su estrafalaria vestimenta y su hablar afeminado, ¿por qué nosotros —personas de buen tono, pose y vestimenta— no hemos de tener el mismo derecho de ser como Dios nos ha hecho?…¡también somos hombres! Y remató con erudición monacal: “entre los griegos y romanos, entre los santos papas de la Iglesia, entre los artistas, políticos, empresarios y científicos, los más geniales e inteligentes siempre han tenido un lecho infantil a quién amar: ¡la infancia es nuestro destino!”. Lo efusivo y vehemente de su discurso arrancó nutridas palmas del público concurrente, entre los que destacaban un político poblano, un empresario mezclillero, un diputado priísta de gran influencia en la Cámara y un alto funcionario de la seguridad nacional mexicana. Por supuesto, el aplauso más estremecedor fue del coro de los Legionarios.

Los periodistas de la fuente comentaron rápidamente que, con tales apoyos, cualquier resolución del Congreso tendría futuro.

Por los feminicidas de Ciudad Juárez habló un alcalde panista. Erguido y pretencioso, dijo venir en representación de ciertos funcionarios políticos de altos, muy altos fueros, y de algunos comandantes policíacos. Su mirada era turbia, su pose pendenciara y su aspecto brillaba por su cabello engomado en exceso. Algunos lo confundieron con el farolón del Secretario de Trabajo prianista, pero pronto salieron de su error. A su paso hacia el estrado, se miró en cada espejo que encontró como si estuviera orgulloso de ir vestido finamente con traje de muselina azul y camisa blanca. En la solapa derecha llevaba un retrato de Vicente Zorro. Se paró en el estrado como cualquier baladrón; se aplanó bruscamente el bigote cerdoso de dos aguas deslizando sus dedos índices mojados en saliva, y con voz engolada dijo: “la sexualidad es una cuestión de opción, un verdadero derecho humano a la libertad de decidir con quién, cuándo y cómo que no podía serle negado a nadie”. El Congreso en pleno aplaudió tan ingenioso recurso argumentativo, aunque la gritería mayor provino de un grupo asilado y arrinconado en el extremo derecho del auditorio. Un grupo de hombres mofletudos, obesos y lujosamente bien vestidos que después se sabría que eran un político, un judicial, un juez y un empresario. El tipo alzó las manos callando a la audiencia y envalentonado retomó la palabra: “si la sexualidad de unos se regocija sintiéndose mujeres en cuerpos de hombre, o viceversa; si la de otros se renueva con púberes marmitones, ingenuos pilguanejos y garbosos monaguillos, ¿por qué la nuestra se ha de ver como una villanía por el solo hecho de ser violentamente amorosa?, ¿por qué nuestra lujuria mortal ha de concebirse como delito y no como una forma del romanticismo posmoderno?” Y alzando el puño de su mano izquierda, gritó: “¡Exijo se respete nuestra sexualidad!” El recuerdo de las muertas de Juárez opacó la algarabía previa, pero finalmente hubo aplausos atenuados.

Por los violadores hablaron un par de sujetos; uno típico lagartijo de porte elegante, trajeado y perfumado como jefe de oficina de empresa privada surgido de escuela privada, y, por supuesto, de buenas costumbres. De ceño orgulloso y altivo, hizo gala de amaneramientos cortesanos con poses de ornato y frivolidad. Nunca miró de frente a la audiencia; sus párpados entrecerrados solo permitían ver el ir y venir de su mirada sinuosa. El otro, un mocetón gañán; un roto, farol y presuntuoso pícaro. Vestía como petimetre del siglo XIX con hablar atronado y pedante. Curtido ante el escarnio y el desprecio, caminó lento hacia el estrado pavoneándose cual macuteno jayán que domina a su víctima. Ambos decidieron alternar su voz ante el micrófono como muestra de la unidad clasista que el evento concitaba y se concretaron a decir: “¿Por qué ha de ser bien visto el amor que se acrecienta ante el remilgo, y no el amor que se acrecienta ante los gritos, el temor y los arañazos?, ¿qué siente un gato que otro lo arañe? ¡Eso, eso es lo que nosotros sentimos cuando nos meten a la cárcel los jueces homosexuales, los licenciados pederastas, los judiciales feminicidas! ¡Exigimos los mismos derechos que ellos tienen porque el que está dispuesto a las maduras, lo ha de estar para las duras!”, Hicieron una pausa, y para sorpresa de todos, la más gentualla de los dos esgrimió argumentos psicoanalíticos sobre las virtudes de una erección mediante la violencia. La canalla tronó en aplausos y la algarabía fue acompañada por un coro de cócoras que desde los puntos más lejanos formaban la masa acompañante del último orador…

Por los video-Snuff, habló un tipo alto, flaco, huesudo, amarillento y vestido de banco; lo azulado de sus ojeras contrastaba con lo amarillento de su piel. Pacato y ceremonioso, caminó lentamente hacia el estrado y antes de hablar esbozó una gran sonrisa mostrando sus dientes encafetados de café y nicotina. Después engoló la voz y dijo con verbosa agudeza impensable por su porte: “Tenemos derecho a la libre expresión y manifestación de nuestros placeres. ¡Oigan bien, tiranos de la posmodernidad: demandaré ante la Suprema Corte y ante Amnistía Internacional al Estado Mexicano por privilegiar a Televisa y Canal 13 en la transmisión de imágenes de muertos, asesinatos y violadores en las horas familiares, en las horas en que el lecho matrimonial comienza a oler a estro, ¡porque tales privilegios conculcan el derecho de los individuos de filmar sus propios muertos!”. Su argumento fue contundente: “si los artistas que mueren en las películas son seres reales que nos causan placer, nuestros muertos también lo son, y también lo causan”. El público estalló jubiloso y al grito de: ¡si-se-puede!, ¡sí-se-puede!, ¡sí-se-puede!, bajó en hombros al famélico orador, mientras que, en una puerta lejana pero cercana a los baños del sótano del auditorio, dos exgobernadores norteños y el representante legal del dueño de una televisora sonreían.

Por los sádicos habló un émulo del Caníbal de la Guerrero —este, para tormento de sus guardianes, ya se había “suicidado”—. El gerifalte tenía nariz aguileña, cara alargada, huesuda, de pómulos salientes y frente estrecha. Sus ojeras estaban azuladas y su color coincidía con sus dos uñas largas y sucias en el dedo meñique de ambas manos. Su voz era cavernosa, pausada, lenta, pero sus modales adamados. Miró despectivamente a la audiencia y dijo: “Todos nos topamos con la misma frazada de una sexualidad no reconocida, no legitimada y socialmente renegada. Todos, pero todos los que estamos aquí, exigimos el mismo derecho. Sin embargo, no basta exigirlo, debemos explicarlo a las masas”. Y dando muestras de su erudición científica continuó su discurso con argumentos biologicistas diciendo que simplemente así habían nacido. Citó los múltiples libros, artículos o videos que difundían los recientes descubrimientos de prestigiados neurocientíficos nacionales y extranjeros mostrando en Tomografías de Resonancia Magnética Funcional la zona cerebral del masoquismo o del sadismo, y sentencioso terminó diciendo: “si no se persigue a un Down por haber nacido con trisomia 21, ¿por qué perseguirnos si nacimos con menos corteza frontal en el hemisferio derecho?”

Por los masoquistas habló el representante legal de la finada Marga López quién fue escueto, pues se limitó a una consigna: “¡también tenemos derecho a sufrir como queramos!”. Otras presentaciones escuetas fueron la de los voyeuristas, exhibicionistas y travestís, quienes simplemente gritaron: “¡de la vista nace el amor!”. Mientras unos hacían un círculo con sus dedos y miraban por él, otros abrían sus gabardinas mostrando sus impudicias y los últimos de acomodaban los falsos senos que se habían desgarbado ante la emoción. Los frotteuristas fueron más explícitos, con donaire y originalidad lanzaron su consigna: “al rozón que me toquen, bailo”. Y citando a un escritor mexicano del siglo XIX decían: “el baile es un círculo cuyo centro es el demonio”. Pero el más escueto, parco y concreto fue el del único onanista que se presentó al evento. Su intervención fue tan antisolemne como los motivos que lo llevaron ahí: al grito de: “¡este es mi derecho!”, se escupió la mano derecha y comenzó a masturbarse.

La audiencia silenciosa captó que las expresiones de los últimos participantes no fueron virtuosamente sobrias ni mucho menos quejumbrosas; sino simplemente cínicas. El silencio pareció romper la unidad sexual que campeaba en el evento, hasta que un lento pero creciente aplauso resonó en la sala, mientras que masoquistas, voyeristas, exhibicionistas, froteuristas, el onanista y un senador, se sentaban juntos.

La minoría porno, gente retozona y de vida airada, dejó la palabra a un tal Andrade, y aunque Televisa le dio mayor cobertura a su supuesta perorata en el entendimiento de sus intereses compartidos, aquél se concretó a cantar viejas canciones de Gloria Trevi, mientras el público coreaba letra y música unificados por las melodías.

Los amantes de los animalitos del bosque o del hogar optaron por el argumento sociológico y cultural. Su representante, un reconocido veterinario rubio, chaparro y de mirar pudibundo, dijo pertenecer al Partido Verde; caviloso y pausado sostuvo que la preferencia sexual es un asunto cultural y, exponiendo una elaborada y compleja teoría que llamó “Teoría del Anti-homo- centro-sexualismo”, dijo: “si antes la Humanidad creyó que la tierra era el centro del universo y fue falso; si los imperios creyeron que su cultura era el centro del mundo y fue falso; si el eurocentrismo fue rotundamente falseado por los Olmecas; si se creyó que el Homo Sapiens era la única especie sensible en la tierra y fue falso; si todos los animales del planeta se comunican, sienten y se reproducen, y el Hombre es uno de esos animales, entonces, el bestialismo con los animalitos no es mayor perversión que el bestialismo que se da entre los mismos animales Homo sapiens”. El auditorio se cimbró ante la gritería, los siseos, chiflidos y aplausos que motivó el discurso, mientras en el estrado las cámaras de televisión dirigidas por una tal Denis, cubrían el evento. La emoción fue contenida por el anuncio de la incorporación de un grupo especial.

Al elenco de sumaban las minorías de golpeadores de mujeres —con todo y sus mujeres— que argumentaron razones de tradición familiar a la par que ondeaban banderitas con el escudo nacional mientras cantaban con poses de enamorados, fandangueros y valentones, canciones de Jorge Negrete. Fue el toque nacionalista del evento.

Pero de plano, los que cambiaron toda correlación de fuerzas y le dieron una perspectiva económica, social y política al movimiento, fueron los narcosexuales que argumentaron que la sexualidad con un poco de éxtasis o mariguana era una forma pacífica de amar. Esta minoría traía como observadores a un grupo de hombres obesos y con sombrero vaquero que ostentaban botas de cuero de víbora o cocodrilo, medallas, pulseras, cadenas y anillos de oro macizo, lo que despertó la codicia, adulación y miseria de una parte del público. Prestos, anunciaron sendos financiamientos de las campañas de las minorías y ordenaron a sus candidatos a puestos de elección popular, a sus gobernadores y a sus comandantes policiacos, apoyar cualquier medida para fomentar el derecho a la diversidad de los placeres sexuales edulcorados con éxtasis, anfetaminas o mariguana. Hasta el chino de los 200 millones de dólares para la penúltima campaña electoral, hizo llegar un mensaje de apoyo desde EUA: “si no gozas, cuello (‘cuelo’)”.

El Congreso terminó hacia las tres de la madrugada con el juramento de una lucha hasta vencer o morir, y la elaboración de una manta con la leyenda y las siglas:

“Viva el orgullo PFVVsSMVEFOPBGmN + LGBTTTIPAQ”

Entre los efectos inmediatos del Congreso Nacional de Otras Minorías Sexuales estuvo la reacción del jefe de jefes encabezado por un tipo pelón, chaparro y de orejas prominentes. Su habilidad financiera lo llevó a comprender que el negocio adquiría nuevas modalidades y decidió movilizar sus tentáculos en Televisión, la Prensa, Radio, partidos políticos, grupos financieros y clericales, bandas de robacoches, secuestradores y de contrabandistas de aduanas, y por supuesto, de comandantes de policía. Aparecieron grupos de nuevo membrete que apoyaban el derecho de las minorías a su diversidad sexual, entre los que descollaron La Alianza Cívica por la Diversidad en el Confesionario (organización vinculada a la alianza temporal del Cártel del Golfo, el de Sinaloa, y un comité clandestino vinculado a la arquidiócesis de cierta región del país); y el Comité Pro Derechos Universales de las Buenas Costumbres Familiares (organización vinculada a los hermanos Bibriesca/Hildebrando), lo que provocó un enérgico rechazo de la izquierda electorera encabezada por el PeRDeré por la intervención del prianismo y del innombrable en el proceso.

La movilización y agitación llegó a tal grado, que los derechos sexuales de las minorías provocaron una conmoción nacional por la pretensión de garantizar sus preferencias con cambios constitucionales. Un exsenador panista llamado Diego comenzó el cabildeo, y todos, absolutamente todos, se sintieron con el triunfo en las manos. Se inició entonces un movimiento para que tales derechos quedaran consolidados en la Constitución con amarres indisolubles. Manlio, por el partido político PAM, y Santiago, por el RIP, tuvieron reuniones semisecretas para un posible fax track apoyados por un exgobernador de Veracruz y otro de Puebla afamados por las denuncias de Lydia Cacho como pederastas empedernidos.

Para presionar en la recta final, las nuevas minorías convocaron a una gran movilización al grito de ¡Respeto a la diversidad de lo selecto! Un periódico llamado el Condón Usado, parafraseó la nota televisiva previa y exhibió a ocho columnas: “¡Los diversos también son pueblo!”, refiriéndose a los millones de seguidores.

Los políticos se pusieron nerviosos y apresuraron el paso. Y llegó el día.

Representantes de los medios de comunicación de todos los países del Mundo se dieron cita en la Ciudad de México para atestiguar este singular movimiento. Al anochecer de ese día de julio, un rumor inquietante corrió por los pasillos del Congreso de la Unión, por la Bolsa de Valores, por las fuerzas de Seguridad y los medios de comunicación. El presidente de la República hablará. Y el presidente habló: “Ciudadanos de México y el Mundo: hoy hemos sido testigos de un acto de plena libertad para reivindicar lo que deberá ser la política sexual del Estado Mexicano, política que no puede ser ya postergada. ¡El derecho de las minorías ha sido conquistado!

La algarabía de la Ciudad de México cimbró el improvisado estudio televisivo obligando al presidente a una pausa en su discurso. Este se repuso y continuó diciendo: “démosle la bienvenida a la nueva minoría”: y agradecieron el gesto los heterosexuales.