Novios otra vez

Luis Felipe Pacheco

Cuando él murió, Andrés no quiso ir al sepelio. Les dijo a todos que no soportaría pensar que aquel cuerpo que tantas veces había recorrido con la vista, con los labios… que aquel cuerpo que había acariciado hasta el hartazgo y que le había regalado el aroma más exquisito, el sabor más disfrutado, el calor más cobijante, el placer más divino y más humano… ahora estaba debajo de un montículo de tierra.

Prefirió permanecer sentado a la orilla del río, con los ojos perdidos en el cauce, mientras conocidos, familiares y amigos, elevaban la última oración, el último adiós, el último amén…

Dicen que hasta que se supo libre de miradas, dejó escapar una lágrima de aquellos ojos que ya no serían los mismos; luego liberó dos; luego tres… hasta que un borbotón de gotas muy agrias y calientes empezaron a hervir en el agua helada y dulce. Embelesadas en un orgasmo, gotas dulces y agrias, calientes y heladas, se abrazaron en un solo vaivén, se azotaron contra las piedras y continuaron su feroz descenso hasta el mar más cercano. Dicen que las lágrimas fueron tantas que el río casi rebasa sus bordes, que puentes y casas del camino levantaron sus faldas para no ser arrollados por aquella vorágine de locura, llena de árboles arrancados de raíz.

Dicen que encontraron el cuerpo de Andrés, días después, completamente seco; sentado en la orilla del río, ahora en calma. Dicen que el mar se tragó aquel dolor y se quejó con el cielo, mandando una misiva de vapor blanco envuelta en un sobre de color muy negro.

Al lado del montículo de tierra que no había querido ver Andrés, ahora estaba su propio montículo. Se descompondrían muy juntos aquellos cuerpos que tantas veces se habían recorrido con la vista, con los labios… aquellos cuerpos que se habían acariciado hasta el hartazgo y que se habían regalado el aroma más exquisito, el sabor más disfrutado, el calor más cobijante, el placer más divino y más humano…

Mientras conocidos, familiares y amigos elevaban la última oración, el último adiós y el último amén, el cielo respondió a la misiva del mar con una lluvia cristalina y sin truenos, gotas muy dulces que cayeron encima de aquellos montículos… Dicen que eran las lágrimas de Andrés ahora llorando por ambos… Habían llegado a un lugar en donde ya no había cuerpos que tocar, que oler, que saborear… Tendrían que aprender a amarse de nuevo… Tendrían que aprender a ser novios otra vez…

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