Las bestias

Daniela Guzmán Liebre

©Leonardo Yosovitch

¿Comprendes por qué tienes como cara un hueco pelón, lo grotesco de esa mata de pelo que crece a veces rebelde y de un solo lado? Entonces te da risa y rasuras tu cabeza.

Cuando aprendes que la única razón válida es por favor, desarmas tu cabeza sobre una mesa, donde ubicarás la silueta del mundo. La realidad la compras, la respiras, pero no la ves. A las personas las codicias pero no las amas. ¿Cómo pasó eso? Y el mundo, la vida, la realidad, se nos unen en un momento de sexo inalcanzable.

Cubres aquella extraña boca con la sábana blanca —o era quizás gris—. Su silueta dibujada te hace adivinar dónde está la lengua, sensible al leve roce del tallo de una flor. Hundes tu dedo como si lo sumergieras en el agua. Hay peces en el mar, hay un canto agudo que estremece lo profundo una vez que has llegado. Mojada la sábana, ¿qué color tendrán esas plácidas aguas? No las puedo ver a través de la tela blanca, no puedo nadar, sólo escucho por mi huella dactilar, luego del canto, el fondo latir: la tierra palpita y un contratiempo te hace disfrutar de un mal final, interrupciones.
***
Posees una amplia idea, la llevas a cabo, luego un impulso y como resultado encuentras al animal que no existía.

Moja su cabello, es azul, no esperas nada que no te hayan negado ya. Si te golpea lo agradecerás, porque dar y recibir, dicen, es de lo que se debe tener dicha. Te mira con sus ojos redondos, esa mirada se pierde en el horizonte de la impresión que causas y parece que lo que te observa ahora es su hocico con grandes colmillos, ellos nunca han probado la carne. Un encuentro sin tribu, especial y tal vez místico.

***
Te hincarás, eso creo, mientras te pesan las culpas. No recuerdas mi razón, será porque no la escuchaste y tampoco porque la sientes. Ahora sueltas tu pelaje fino y azul, me hace estornudar, lo soporto, hasta que no estés en disposición de enloquecer a mi par, por eso la velada es lenta y la tarde común. Por la noche percibo mi inmadurez para esta guerra, tu conciencia, la mía, para que digas más mentiras. Me enfermo de sexo, o me podrá dar amor. La soledad es como un fluido en las venas del que quieres salir porque te ahogas, mueres.

—Eres un grandioso ser humano —tiras mi remo, el que me habías regalado, me empujas a la orilla, la que no es tuya y te vas. Yo te miro, yo te lloro.

Evoco lo soberbio de mi cuerpo sobre el tuyo, las cosas raras que practicaste con mi corazón. Yo te lloré antes de felicidad.

El cuerpo flota, ilumina, florece, marcha… y tú piensas.

La codicia.

***

Dado el humor y lo disponible la bestia de pelo azul llegó con Nitelanva, que después del intermedio, al verle dormir dio por muerto, fue por eso que le ha cortado el pelo, haciéndose con él una peluca, huyó así, sin apuro de algún reclamo. Me topé con la bestia nuevamente, por eso llegó la noticia, le aventé mi remo, con el fin de investigar sus apetencias… se enojó y me gritó ¡perra!

—¿Es lo que querías? —pregunta la bestia calva.

De pronto jugando un juego sin esperanzas, me he quitado el pelo también, hacía frio, la bestia azul lo comprendió (mi desnudez y la suya) volvió a mirarme a través del horizonte, apreció su hogar y se lo echó a la espalda. Seguí caminando con el mío a cuestas, ya amanecía.

daniliendres@gmail.com

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