La escrutadora de sueños

Ma. Dolores Arámbula Cosío

La criatura permanecía agazapada en la roca. Tenía la impresión, en algún intangible rincón de su ser, de que pertenecía indefectiblemente a ese sitio pues no había en ella nostalgia ni esperanza, sólo la impasible existencia del que permanece ausente del tiempo. Tenía ojos y oídos, pero no poseía con claridad las cualidades sensoriales de estos órganos o al menos no lo percibía así en la profunda capa abisal donde habitaba.

No supo cuándo comenzó a sentirse incómoda e inquieta por explorar los confines de la roca. Un impulso primario le hizo ingerir diversas clases de cosas que se encontraban pegadas a la superficie rugosa, así como algunas que flotaban rozándole al pasar. Así, de a poco fue seleccionando de entre ellas las que mejor satisfacían su necesidad desconocida, sin tener que alejarse demasiado de su sitio entre las grietas. Después se percató de que este estado de inquietud se repetía inesperadamente.

Sin indicio alguno de cuántas incursiones había realizado por aquel reino de oscuridad, se hallaba una vez más en la monótona tarea de obtener la dotación de elementos que le saciarían; sin embargo, esta vez un estímulo totalmente distinto le haría desviarse de su habitual comportamiento.

En un estado muy parecido al de su inescrutable sensación de pertenencia, empezó por percibir un ligero sonido, de dirección no específica, que rebotaba a su alrededor y penetraba en su cabeza. Este nuevo suceso más que inquietarle, pues claramente sentía que era inevitable, le paralizó en una especie de aletargamiento seguido de una incontenible curiosidad. Avanzó, sin proponérselo, desplazándose entre la densidad que le rodeaba, con ese poderoso y único impulso guiándole.

En realidad no poseía consciencia alguna del sonido, por lo que ignoraba lo que era, pero, como si aquella vibración fuera algo sólido, podía deslizarse sobre sus ondas. De modo que en poco tiempo se halló fuera de los límites de su mundo.

Lo que siguió fue una violenta sacudida y la incomprensible sensación de que la frecuencia vibratoria se estrechaba, creando un flexible túnel que le envolvía con fuerza y por él que ahora ascendía con vertiginosidad. Fugazmente, durante su ascenso, cobró consciencia de su forma, supo que se hallaba contenida dentro de un limitado saco y sus sentidos empezaron a dispararle impresiones sin tregua. La luz le cegaba, el sonido era una fina broca perforando sus sienes y la piel que le contenía comenzó a desgarrarse en jirones, arrancándole alaridos antes de otorgarle la libertad.

Cuando abrió los ojos su cuerpo temblaba sin control, inmerso en su propio sudor, y sus sentidos estaban de tal manera exacerbados que cualquier mínima percepción lo hacía sentirse enloquecer.

Poco a poco, mientras luchaba por recobrar su alterado ser, fue distinguiendo, ya a la luz imprecisa del crepúsculo, la silueta de una anciana que, en una especie de trance, balbuceaba ininteligibles y largos cánticos a su lado.

Luego la anciana habló y él pudo reconocer las palabras en sus oídos como un eco profundo y diáfano que permanecería retumbando en su memoria por el resto de sus días…

—Bienvenido, Remigio Ahuitzotl, has vuelto al mundo de los vivos.

ilnamiqui45@hotmail.com

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