El jenga de la felicidad

© Vicente Hernández

Kobda Rocha


Los pobres no deberíamos ser escritores,
ni emprender ninguna tarea que cueste dinero.
José Joaquín Fernández de Lizardi

Escribir es tratar de erigir la torre de Babel sobre pantanos eruditos. Por más estudios arquitectónicos que dediques a tal empresa, una fuerza suprema siempre terminará por derribar tu edificación. Podrás usar los materiales de construcción más apropiados (teoría literaria, retórica, gramática, et cetera), podrás tener un excelente equipo de trabajo (colectivos, escritores, promotores culturales, et cetera), podrás poseer los predios más idóneos (técnica, talento, lectores, et cetera), pero aquella celosa omnipotencia jamás te permitirá alcanzar el cielo. No importa cuánto lo merezcas, no importa cuánto lo necesites, no importa cuánto lo desees, la torre siempre caerá.

Cada paso es un ladrillo que te acerca más a la gloria pero que, al mismo tiempo, te descubre vulnerable. El ladrillo de los concursos, por ejemplo, genera rivalidades y envidias entre los escritores; uno simplemente no puede evitar preguntarse por qué no sólo publican los textos que sean de su gusto, para qué echarlos a concursar si, como bien dijo Béla Bartók, “las competencias son para los caballos, no para los artistas”. Otro gran ladrillo es el del dinero: ¿tienes o no para pagarte una publicación? Un ladrillo que parece más una viga es el de los contactos, es decir, conocer a la persona correcta en el momento correcto… y no echarlo todo a perder además. El problema con los ladrillos en el jenga es que, aunque te ayudan a elevar la torre, poco a poco van perforando los cimientos hasta dejar más huecos que verticalidad. Todo esto sin olvidar que, cuantimás altas son tus ambiciones, hay mayor probabilidad de verlas desmoronadas.

La previa planificación, si bien no es una garantía de éxito, ayuda a vislumbrar el camino a seguir. Con sus respectivos obstáculos, retos y aliados, uno se siente más seguro teniendo a la mano los planos trazados con sutileza arquitectónica. Pues, en palabras de Antonio Ortuño, “además de escribir, hay que ser escritor; eso es lo espantoso”. Porque, aunque suene lingüísticamente ilógico, para escribir no basta con escribir.

A estas alturas del jenga, ya sabes que una editorial grande y famosa se encuentra fuera de tu alcance. Entonces, recurres a la alternativa, a lo independiente, a lo verdaderamente humano. ¡Oh, gran error! Esos autoproclamados indies o 1) te rechazan porque quieren ser y se sienten como los grandes y famosos, o 2) de todos modos te cobran y terminas pagando todo tú, o 3) son tan independientes que, en su afán de contracorriente, todo lo hacen mal. Se debe avanzar con cuidado en este punto, pues cualquier sacudida —por pequeña que sea— puede derrumbar la torre. Un movimiento en falso y todo lo que has logrado hasta ahora se vendrá abajo. La pieza más sensata por mover es la de los blogs, las revistas y demás medios de comunicación y divulgación artística (radios, centros culturales, periódicos, et cetera). Ése es un muy buen movimiento, pero por desgracia no te puedes quedar allí; debes seguir jugando. Otra jugada efectiva es la interdisciplina artística: trabajar con ilustradores, fotógrafos, músicos, cineastas, pintores, dibujantes, con todo el que esté tratando de levantar su propia torre igual que tú. Hay varias formas de progresar en este aspecto aunque ninguna es suficiente para tocar el nirvana. Necesitas una jugada espectacular para pisar el olimpo sin despertar la furia deífica.

Alguna vez un crítico literario, de cuyo nombre no quiero acordarme, dijo:

Un escritor sin editorial es como un cocinero sin cocina. Puedes tener todos los ingredientes necesarios para preparar un buen libro, puedes poseer la receta exacta para alcanzar la sazón perfecta, puedes ser el mejor chef del mundo, pero sin una buena cocina donde publicar es como si no escribieras nada.

La cuestión es que, mientras más alta es tu torre, ya no te importa prostituir tus letras ni arremangar la calidad de tus páginas en tanto no se demuela el jenga. Tu autoconcepto como escritor se ve reducido a mantener de pie la torre a cuestas de lo que sea. Lo que menos interesa es el aspecto literario de la literatura, porque tu felicidad yace en la cúpula del jenga y, aun cuando la fragilidad de la construcción evidencie el error en que te hallas, simplemente no te puedes dejar caer.

Escribir significa construir un castillo por las noches con todas tus pasiones literarias y encontrar sólo ruinas creativas al amanecer. Escribir es sufrir el talento y aprender a gozar la desdicha. Escribir, citando a Florbela Espanca, “es tener de mil deseos el esplendor y no saber siquiera qué se desea”. Escribir es el jenga de la felicidad que tarde o temprano se desbaratará ora por un enérgico terremoto ora por un leve soplido. Por cierto (y para no dejar cabida a vacuas fluctuaciones), los escritores son tipos empecinados y magníficos que, a pesar de las editoriales y muy a pesar de los editores, siempre reconstruyen la torre de Babel con los trozos resquebrajados del jenga anterior. Un escritor, en suma, es aquel valiente que desafía a los dioses aun a sabiendas de que son ellos quienes controlan y corrompen el mundo editorial.

*Altas y bajas, Antología BABEL 2019

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