Nuestro estimado profesor*

© Paul David Bond

Manel Costa

Tenemos un profesor de historia al que no conocemos; sin embargo le admiramos y, en algunos momentos muy concretos, incluso le queremos. Él nunca se ha dejado ver por el aula, ni siquiera por el colegio; a pesar de todo esto, como decíamos antes, le estimamos. En ocasiones, percibimos que está entre nosotros, y cuando esto sucede una inmensa felicidad y sabiduría nos inunda. Su ausencia nos enseña las lecciones mucho mejor que cualquier otro profesor que estuviera presente. Sabemos que, más tarde o más temprano, el director, un hombre recto y estricto allá donde los haya, se dará cuenta de esta eventualidad y probablemente desaprobará tal actitud y, por tanto, será destituido inmediatamente. Deseamos poder opinar ante esta circunstancia tan especial, si es que se diera el caso; al fin y al cabo pertenecemos, somos una parte importante del problema, si es que éste existiera, y ​​no se nos puede rehuir así como así.

Entendemos que, tal vez, el profesor de historia debería, al menos una vez al año, hacerse presente en el aula. La verdad es que nunca lo ha hecho; sin embargo también es verdad que nadie, absolutamente nadie, se ha preocupado del porqué de su ausencia. Puede que tenga razones muy poderosas para obrar de tal manera. Muchos de nuestros padres fueron discípulos suyos y recibieron exactamente la misma educación de dicho profesor, y ya entonces era muy apreciado aunque nunca había sido visto.

Preguntamos: Después de tantos años de dar clases mediante la ausencia, sin haber llamado la atención a ninguna autoridad de la institución, ¿a qué viene hacerlo ahora? Es muy probable que el profesor se encuentre muy a gusto en su casa y crea más conveniente, para su salud, permanecer en su hogar protegido por su familia, con el fin de evitar coger algún resfriado u otra enfermedad más grave. ¿Es justo que a una persona se la fuerce a trabajar cuando, posiblemente, se encuentre enferma o desanimada? Puede ocurrir, también, que haya olvidado la dirección del colegio y esté esperando que alguien se lo indique; aunque esto es poco probable, dado que un profesor de su posición y talento parece imposible que se le olvide algo tan sencillo como una dirección.

Algunos compañeros del preciado educador sostienen que todos estos años ha estado preparando una lección magistral. Parece que ésta es la hipótesis más creíble y la mejor fundamentada. Conociendo la cuestión como la conocemos, pensamos que el ilustre profesor desconocido volverá a su trabajo tan pronto como termine de pergeñar la lección ejemplar motivo por la cual, probablemente, se pueda explicar todo este malentendido. Será entonces, cuando toda su labor se convertirá en un icono emblemático entre todo el cuerpo universitario. Y el querido profesor será galardonado con los más importantes premios académicos del mundo.

Mientras tanto, nosotros, nuestros hijos y, con toda probabilidad, nuestros nietos, continuaremos y continuarán recibiendo, a través de su ausencia, la mejor educación que puede recibir un discípulo con ganas de convertirse en un hombre de bien.

*Del libro Las esferas puntiagudas

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