Mi amiga la araña

© Odilon Redon

Manel Costa

Reconozco que mi actitud no es del todo habitual, tal vez no sea tan ortodoxa como debería ser (caso de que las actitudes pudieran ser catalogadas y calificadas a perpetuidad), a pesar de que cuando tomo una decisión, habitualmente la mantengo férreamente… salvo que la cambie por otra según me pegue el aire de cara o de culo. Sin embargo, al mismo tiempo, no puedo negar que puede ser que me encuentre en posición suficientemente objetiva e imparcial, como para poder juzgar los hechos con ecuanimidad; pero en todo caso no es —me refiero a la situación en la que he llegado— tan enormemente extraña como pretenden hacerme creer los que están a mi alrededor. Las posibilidades existen antes, mucho antes, de hacerlas realidad; y esto, evidentemente, no es producto de mi carácter ni de una decisión conscientemente madurada y elegida con cordura.

Lo que pasa, lo que me pasa, es muy sencillo e incluso, opino que es emotivo. Tan pronto me levanto por las mañanas acudo con imperiosa necesidad, y antes de realizar cualquier limpieza personal, a un pequeño rincón de mi habitación donde una pequeña araña ha construido su casa. Cuando lleguo, y ante ella me arrodillo, sus pequeños ojitos lanzan chispas de alegría y sus patas filamentosas y largas me saludan con movimientos anárquicos pero, en conjunto, atrayentes por su vistosidad y elegancia. En cierto modo no son sólo esos movimientos y esa alegría sin igual los que me atraen, sino toda una serie de disposiciones especiales que encuentro, las cuales, naturalmente, serían muy aburridas y fatigosas de explicar, no ya por la cantidad o calidad que atesoran, sino por su complejidad a la hora de interpretarlas y transmitirlas.

Todas las noches trato de cazar para ella alguna mosca o cualquier otro insecto que le guste. Cuando me ve llegar con el pequeño bicho para su desayuno, me muestra su agradecimiento recorriendo, con sus patitas ágiles, unas cuantas veces la tela por ella confeccionada. Acompaña estas correrías con ligeras e inverosímiles piruetas. La red que ha construido no es muy extensa, ni su perfección o magnificencia sorprende a todos los visitantes que acuden a disfrutar de su contemplación; sin embargo su colocación en el rincón es tan perfecta, tan estratégicamente perfecta, que todos quedan boquiabiertos y no se explican cómo un ser tan pequeño e insignificante puede situarla con tanta precisión, gracia y exquisitez.

Una vez se ha desayunado, le acerco la mano y de un pequeño y simpático salto se sitúa entre mis dedos, y, enseguida, para mi placer, pasea por todo mi antebrazo. Son minutos que no cambiaría por nada del mundo. Por todo ello espero inquieto todas las noches; no duermo apenas esperando el momento de tenerla encima.

Mi mujer, así como el resto de la familia y amigos, están en contra de esta relación; creen (y en esto puede que tengan razón, al menos, les ofrezco la duda) que esta amistad puede degenerar en pasión, en una pasión malsana y nociva… y ¿por qué no decirlo? asquerosa. Pero yo me niego, esa es la verdad, a rechazar una relación que me aporta una serie de gozos y satisfacciones inimaginables para otras personas. No sé por qué he abandonar unas prácticas que me son placenteras. No veo el motivo por el que debería dejarlo.

Últimamente los días están repletos de pensamientos. Mi cerebro pasa el tiempo buscando excusas y razones que justifiquen mi postura y puedan satisfacer a todos los que intentan alejarnos y aislarnos el uno del otro.

La verdad sea dicha, la araña y yo tenemos una relación, al menos rarita; empero en ningún momento he dejado de cumplir con mi familia, con mi trabajo o, incluso, con las responsabilidades inherentes que me impone la sociedad en la que vivo. Con este amor (hay que decirlo por su nombre) que profeso a mi araña, no hago daño a nadie, ni sustraigo afecto y atención de los demás para otorgárselo a ella. Poco necesita y prácticamente no molesta, tan sólo, y debido a su bondad, le llevo la comida, ya que no se atreve a matar ningún bicho, aunque solo sea para alimentarse; lo que nos demuestra que tiene un espíritu mucho más noble y elevado que muchos seres humanos.

Quizás su visión, su aspecto, no es muy agradable para los humanos, pero nunca estas personas, evidentemente, se han esforzado, como mínimo, a comprenderla y admitir que la diversidad nos enriquece a todos. Pienso que los humanos, en un principio, no serán, para ella, muy atractivos, es decir que el esfuerzo de aceptación tiene el mismo grado de intensidad por ambas partes.

Yo sé, con total seguridad, que ella está deseando conocer a otras personas, comunicarse con otros seres, aunque, por otra parte, esto me preocupa, ya que es actitud me produzca  ciertos celos. No acabo de entender el porqué de esta inquietud y la necesidad desmedida de conocer otras personas. Entiendo que intente relacionarse con nuestra sociedad (mal que ésta le sea extraña, al menos porque las reglas sociales nuestras son muy diferentes a las que ella conoce, en virtud de su naturaleza), pero no con las enormes ansias que ella demuestra. De todos modos se está dando cuenta de que, excepto yo, los otros la odian y le tienen miedo, y eso, verdaderamente, me tranquiliza.

A pesar de todo no he conseguido entender su jerga, pero espero y deseo que, con el tiempo y la buena voluntad de ambos, conseguiremos transmitirnos penas y preocupaciones, si antes, naturalmente, los malhechores que tengo alrededor, no consiguen separarnos.

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