El niño santo

José Goméz Lobo

A cielo abierto, una serie de rayos solares se abren en abanico tras de una robusta nube. Bien definidos. Espigas doradas perfectamente simétricas alzándose encendidas hasta el infinito. Detrás de esa nube debe estar el reino de Dios. Y él estará ahí. Ahora. Encuclillado con el mayor sigilo. Oculto. Desentendiéndose de lo que ocurre abajo. Con las manos en sus oídos para no escuchar. Con la vista puesta en otra parte. Pretendiendo ignorar su creación. Sin la más mínima gana de hacer un seguimiento de sus progresivos fallos. Replegándose lo más que puede en sí mismo, cuidando que su joroba no rebase los límites de la nube, con verdadero empeño, con verdadera concentración, para así evitar que alguna posible torpeza lo delate y que entonces se evidencie esa discreta sonrisa, involuntaria, trazada en su boca que denota un cierto gusto por la nueva travesura que se le estará ocurriendo.

Y a pesar de tanto empeño, a pesar de todo su sigilo, acá abajo alguien cree mirarle. Allá arriba, en ese cielo tan bonito que revive los detalles de las pinturas de magnánimas divinidades, ornamentadas con sendoshilos de oro cuyo fulgor evoca las voluntades del Señor, como lazos que nos unen a él. Y la creencia de quien cree mirarle se suscita, precisamente, al percibir uno de estos hilillos dorados atravesando las ramas de un fresno para descolgarse hasta el piso adoquinado del jardín de la colonia. Y si lo aseguro no es tanto porque sea yo quien esté creyendo verle, sino porque estoy al lado de quien así lo ha creído, y porque le estoy escuchando aseverarlo. Es esta señora de aquí a mi lado, quien justo ahora, con el corazón engarruñado, con los ojos lagrimeantes y con la razón a punto del extravío, mira a su adolescente hijo con el cráneo reventado bajo la enorme piedra que, interpretamos todos quienes lo vemos, le sorrajó de golpe el advenimiento de la muerte.

—Es tuyo, mi Señor, tú me lo diste y ahora te lo entrego.

La escucho decir a través de los gorgoreos de su garganta y por entre tanta sílaba enroscada de dolor. Y la veo dirigir su vista, temblorosa entre tanta lágrima, hacia arriba, en donde mira a su interlocutor; a la nube pues, de donde se desprenden los hilillos de oro; a donde, quizás por la ausencia de lágrimas, yo ahora no veo nada. “No veo nada” exclamo por decir algo, porque quizás por los efectos de la conmoción, clarito se me ha figurado verlo también, aunque en un gesto algo esquivo. La nube al moverse un poco descubre la presencia de uno de sus pies, el mismo que rápido ha levantado para volver aocultarlo.

—Que sea tu santísima voluntad.

Eso mismo dice la señora pero ya después, ahoritita, en este momento, que según eso es uno de los más duros de sobrellevar, cuando el hijo es depositado en su tumba. Entre la lloradera general la oigo decirlo, repetir lo de la voluntad de Dios. Y los tres tipos empleados del panteón, a paleadas secas que silban al mordisquear el bulto de tierra antes extraída del hoyo, forzando a la indiferencia de su gesto a que parezca pesadumbre, terminan de cumplir, a medida que cae la tierra sobre el ataúd, la voluntad de Dios. Porque así parece ser el asunto, Dios, sabrá Dios en qué momento, en cuáles circunstancias, con no sé qué gesto, emite su sabia voluntad que extiende expeditamente a sus principales colaboradores para ver quién la puede ejecutar. Alzan la mano primero los asesinos, con la navaja lista y destellante, con la bala acomodadita en el cañón, con la piedra de mayor peso y volumen. El segundo lugar se lo disputan los montonesde enfermedades y los choferes del transporte público. Y luego por último, los enterradores, que a paladas de tierra van cubriendo el hilillo dorado que fue la voluntad, y con ello, el finiquito del proceso. Aunque también están los gusanos, cuyas mordiditas demoledoras les otorgan una posición de importancia en la consumación.

—El bueno agradó a Dios y Dios lo amó; vivía entre pecadores y Dios se lo llevó. Lo arrebató para que el mal no pervirtiera su mente ni el error sedujera su alma. Dios se apresuró a sacarlo de la maldad…

Sí, sí, sí, ya se imaginarán ustedes quién lo dice. Lo dice el señor cura del templo del barrio; en cuyos jardines, a unos cuantos metros del atrio, como un tronido seco que sin duda hubo de despabilar en sus madrigueras a las ratas que ahí pernoctan, crujió el cráneo del ahora recién nombrado “El bueno”. Y todavía sigue sacudiéndose la trompa agrietada del padrecito con la cascada de palabras de consuelo, cuando yo ya me estoy haciendo la pregunta obligada: “¿No sería más lógico extirpar de su creación todo aquello que resultase malo?”

“Carajo…” esto ya lo digo viendo al cielo “si fueras el director de una empresa resultaría que despedirías al eficiente y se le darían horas extras y bonos de compensación al trabajador más estúpido”.

No sé si sea la desvelada del velorio o la resultante lagañosidad, o la saturación de tantos rosarios absorbidos a lo largo de la noche, pero así como estoy, con mis ojos levantados al cielo, con la razón algo obnubilada, el entendimiento confuso, creo ver la mano de Dios allá arribita, casi a un lado de un avión que en este momento pasa. Y rápido me hago el disimulado. “Conla lógica que te cargas no vaya a ser que luego resulte que me encuentres agrado en el instante del contacto y me descubras apto candidato a postrarme frente a tus colaboradores.”

—En lo que a mí respecta, señor cura, gracias —le digo con la torcedura de mi boca sarcástica que el señor cura no entiende.

—No me des las gracias a mí, hijo, dáselas a Él, que vela por su pueblo santo.

Pues ánimas que ya se duerma porque ahí nos trae dando tumbos para aquí y para allá, jalados con sus hilos de oro bien amarrados en los dedos de la mano que se le pasó ocultar en su escondite. Jalados todos en bola hacia la salida del panteón, como simples marionetas.Marionetas en manos de desvelado, dando saltitos dislocados en este tinglado de cartón que es nuestra chafa realidad, en la que ya le estamos construyendo su altar al muertito y la cual vivimos hasta que al titiritero se le ocurra dar el último jalón de hilos, para distanciarnos de lo que ahora se le ha nombrado maldad.

—Así es este asunto, mi amigo —le digo al tipo de sombrero con aliento etílico que pega uno tras otro, los ladrillos que yo le voy pasando, bajo la supervisión de la madre del difunto y tres señoras más, enlutadas todas, en el sitio exacto donde murió el muchacho— a Diosito se le antoja dar el último jalón a nuestros hilos y justo en el sitio de donde nos arrancó hace brotar, casi como monumento a su arbitrariedad, una crucecita, una ermita, un altarcito con nuestro nombre… y con fecha de nacimiento y de fallecimiento para que no se pierda el registro de su caprichosa voluntad.

—Así es este asunto, mi amigo —me contesta sin perder concentración en lo que hace, embarrar los ladrillos de mezcla, beber continuamente de su botella de alcohol, odiarse en secreto por su montón de pecados—como un hechizo la maldad oscurece al bien, mi amigo, y por eso hay que construirle sus honores al bueno, al que murió joven y antes de tiempo, dejar señales en la tierra del momento en que se trasladó a la gloria, como inicio de su andar hacia la santificación.

“Pues sí, pues sí”, ya no le digo a él, sino me digo yo; y entre más corto sea el lapso entre fecha de nacimiento y de fallecimiento, mayor santidad se alcanza. O sea que entre llegues a más viejo más jodido estás, la suma de años sólo sirve para almacenar maldad. Seguimos con esa lógica suya tan original. Y la madre del muchacho y las otras tres mujeres, salpicando vocablos a veces desgañitados a veces murmurantes la cadena de rosarios, van poco a poco, frase tras frase, lágrima tras lágrima, formando la vereda que el alma aborda cuando perfila a convertirse en santo. Y sea lo que sea, créaseme o no, un viento arremetido aparece de la nada como queriendo ayudarles en su empresa. Allá estará arriba Dios, allá mucho más arriba de los fresnos que tan poca sombra dan, inflando sus cachetitos y exhalando el soplo que empuja a su destino a quien empiezan las señoras a llamar El Niño Santo. Y yo divago: “¿será de verdad un soplo o tan solo la imposibilidad de contener la risa?”

—El bueno que muere condena a los malos que todavía viven, y la juventud que pronto llega a la perfección condena a la prolongada vejez del malvado—rezan las señoras que por cierto ya no son tres, ni cuatro, incluyendo a la afligida madre, son diez o doce, una cifra que aumenta conforme los días pasan, días que se contabilizan ya no con fechas sino con el número de gente que se va agregando a los rezos ante el altar del Niño Santo.

Pero hay que aclarar, no sólo son familiares del difunto, es gente vecina del jardín donde fue asesinado el difunto, o recurrentes transeúntes, padres todos, que temen por sus hijos adolescentes a que sean asesinados con la misma saña, o con menos, para el caso es lo mismo, por los mismos asesinos que lo mataron, según se ha corrido el rumor, por robar al muchacho, de quien se dice y se califica como un buen muchacho, trabajador y responsable. Lo dicen los mismos asesinos u otros diferentes, porque sin duda sobran, por aquí, por allá, por todas partes, y cuya prolífica presencia se confirma con la saturación en las calles del barrio de ermitas, altares y crucecitas en honor a los caídos.

—Ruega por nosotros, ten piedad de nosotros, trono de sabiduría, rosa mística, torre de David, torre de marfil, casa de oro, arca de la alianza… ¡Ay güey!

Rezamos ante el altar ya terminado del niño bueno, pintadito de amarillo, con una vitrina en donde van depositándose sus objetos personales, dos o tres de sus juguetes, su película favorita, la foto suya más reciente. Y entre rezo y rezo el tiempo transcurrido deja de medirse en días. Transcurre en un continuo presente por el terror de ver en el pasado el origen de nuestra maldad y en el futuro nuestro merecido castigo. Abstraídos por el terror de cada uno y de cada cual, nadie mira al sol ponerse, ni a la negrura del firmamento llegar; sólo resta dar jalones a nuestros hilos unidos a los dedos divinos del titiritero, para tratar de esquivar a sus colaboradores, que pintan rayas en el suelo con el filo de sus cuchillos, que hunden frenéticos sus pies en el acelerador. Y van las tensiones de hilos de un lado a otro, enredándose a veces, desenredándose en ocasiones con un usted disculpe, con un perdón por la distracción, con un lenguaje saturado de contenidos religiosos, en una cotidianeidad aterrada por el acecho de la voluntad de Dios. Y al fin terminar, abrumados y resollantes, frente al altar del niño bueno, junto a las veinte o treinta personas, negociándole el título de Niño Santo a cambio de un poco de protección.

—Oye, ¿pues no que Dios ya había muerto? —medice un iluso después de un codazo en mi costado que mesorprende en medio de una jaculatoria.

—Pues según yo, a lo que yo sé, sí había muerto. “Dios ha muerto” se dijo hace algún tiempecito, pero después el hombre, empequeñecido ante tanto canijo problema de la existencia humana se vio obligado a revivirlo. “Dios ha revivido” creo que gritaron. Y volvió a sus viejos terruños disparatado y torpe, cegatón, con una enormecapacidad en la ejecución de actos inentendibles y sin atino alguno en la justicia.

Y mi interlocutor asiente con la cabeza y alza sus hombros en franco gesto de resignación. Retomamos el rosario a la altura de las letanías. Cruzamos los brazos e inclinamos la frente. Por mi parte no tengo ni la más mínima gana de levantar mi vista hacia su reino, es decir, hacia un cúmulo de nubes aborregadas ennegrecidas por el humo de la cercana zona industrial. No quisiera ver, ni por equivocación, a una especie de monumental Frankestein con sus ojos inyectados de furia, babeante de amarillenta bilis, levantando uno de sus rollizos brazos dispuesto a lanzarme un fulminante rayo. Mejor así me quedo, con mis ojitos bien cerrados, bisbiseando los “ruega por nosotros” que exige la letanía y acercándome poco a poquito con un gradual arrastre de mis pies hacia el altar del Niño Santo, quien ahora mismo, por intermediación de un favor concedido a una petición escrita en un papelito depositado por alguien en la vitrina, se estrena en su incipiente carrera como milagrero.

En lo que transcurren los rosarios, las oraciones,las alabanzas, el tiempo se consolida en una larga plegaria de entonaciones febriles con apetencias de protección. Y los días se han convertido en los temblorosos dedos de nuestro ánimo, recorriendo las cuentas y los misterios de nuestra muy posiblemaldad. La maldad de nosotros, la nuestra, la que somos, la que late y subsiste por el simple hecho de seguir vivos, vivos en esa vida condenada por el buenoque ha muerto, la misma condena que se traduce en unaespecie de culpabilidad. Y es entonces la culpa lo que nos hace desbaratar el tiempo, sus días y sus horas, para rehacerlo en una continua búsqueda de protección ante nosotros mismos y ante nuestra subyugación a los hilosenredados en los dedos del Señor.

Y es la búsqueda de protección la que, como a mí, hace que toda la concurrencia arremolinada en el jardín, cincuenta por aventurar un cálculo, arrastren sus pasitos poco a poquito hacia el frente, hacia el altar del Niño Santo, urgidos de encontrar en la cercanía la sanación detodas las culpas.

Entonces, el empeño de todos los presentes por estar cerca del altar, aclara —según yo lo interpreto colocado casi al roce de la vitrina— el motivo por el cual Dios, en el principio del evento en curso, hubo que mostrarse —pese a su intento por mantenerse oculto—, con tal actitud de socarronería, sus inmensas ganas de divertirse un poco con su creación. Generó nuestra cercanía al al tarpara que alguien, uno de los cincuenta presentes, con la foto del Niño Santo de la vitrina casi frente a la nariz de ese alguien, con una exclamación que hizo trabar los engranes de la retahíla de oraciones evidenciara toda la trama del divino juego de nuestro Señor.

—A ver pérense, pérense. Este muchacho era de labanda de chavos que asaltaba aquí… en el jardín… un día a mí me tumbó cuchillo en mano un reloj y mi cartera.

—Ah deveras —dice otro mirando hacia donde señala el dedo del primer acusador— ya me acordé… con razón completamente. Estarán llenos de angustia. Y no quedarárecuerdo de ustedes.

—Así sea y amén —digo.

joseluis_gomezr@hotmail.com

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