Khiva: La cuna del álgebra

© Askarov Zainuddin

Mauricio Ruiz

Durante un período de mi vida, por aquellos años cuando no me importaba nada excepto la música de rock y si las niñas de mi secundaria me miraban, tuve que cargar en la mochila un libro de álgebra a la escuela. Dos veces a la semana nos pedían llevarlo a la clase de matemáticas incluso si el maestro, un hombre que pegaba la barbilla al pecho para observar la clase por encima de sus gafas diminutas y que llamaba a cada alumno por un número, rara vez lo abría. 

El libro fue escrito a principios de los años cuarenta por Aurelio Baldor, un matemático cubano cuya obra sigue siendo utilizada en el mundo de habla hispana hasta nuestros días. En el lado derecho de la portada aparece la imagen de un hombre barbado con ojos grandes e inteligentes, su túnica roja y amarilla combinando con el turbante bien ajustado — su tela parece tener docenas de pliegues minúsculos. Detrás de él se extiende una ciudad con edificios color de la arena. Del lado izquierdo se alza un minarete así como una cúpula de lo que podría ser una mezquita o madrasa (escuela). Me intrigaba, la imagen de ese hombre pensativo con la ciudad a su espalda bajo un día despejado, su mirada profunda casi una invitación a preguntar: ¿Qué misterios te inquietan? 

Su nombre aparece en la parte inferior derecha, sobre un pergamino que se retuerce: Al-Juarismi. Nunca me decidí a investigar quién era y los detalles de su vida permanecieron oscuros para mí por mucho tiempo. Después de terminar la secundaria me olvidé por completo del hombre del turbante excepto en esas ocasiones al final de una reunión familiar, generalmente en domingo, cuando veía a alguno de mis primos más jóvenes arrastrar los pies hacia sus escritorios después de un día de juego y malhumorados se desplomaban sobre una silla para resolver sus ecuaciones. 

*** 

En cuanto atravieso la Puerta Ota-Darvoza (Puerta del Padre) de la ciudad amurallada de Khiva (Ichon-Kala), en la provincia de Khorezm, en el oeste de Uzbekistán, tengo que parar. El cielo es prístino, el aire seco, pero incluso con una gorra de béisbol y gafas de sol, el calor es intenso. Las paredes de la ciudad fortificada se extienden por metros y metros, y en la distancia un minarete se eleva hacia el cielo. Detrás de un gran mapa en piedra de la ciudad, encuentro la estatua del hombre sentado en un banco, inclinado hacia un lado sobre un manuscrito, su rostro sumergido en reflexiones eternas. 

—Ese es Al-Khwarizmi—me dice una joven con un gafete colgando del cuello—. ¿Usted sabía que la palabra algoritmo se deriva de su nombre?— En ese momento asumo que es una guía de turismo y agradezco la información que me ofrece. Ella explica que el nombre de ese individuo era Muhammad ibn Musa al-Khwarizmi, un erudito nacido en esta región alrededor del 780 de nuestra era. En uno de sus tratados, El compendio de cálculo por terminación y balanceo, postuló una solución muy eficaz para ecuaciones lineales y cuadráticas. —Era astrónomo y geógrafo, un hombre muy respetado que se mudó a la corte en Bagdad—me dice la guía—. Muchos creen que fue el fundador del álgebra. 

Después de que ella se va, me quedo delante de la estatua por un momento. Bajo el fuego de la tarde observo la expresión concentrada en su rostro, los pliegues de su turbante esculpidos en bronce. Inclinándose sobre el manuscrito, con una mano en la barbilla, parece estar luchando contra un enemigo matemático de antaño. En ese momento imagino el río de vida intelectual que debió haber corrido por esta ciudad siglos atrás, los pensadores y filósofos que vivieron y estudiaron aquí, su deseo por comprender el mundo. Además de Al-Khwarizmi, el gran matemático Al-Biruni y el médico Ibn-Sina (Avicena) estudiaron en Khorezm en la Academia Mamún, llamada así por los dos hermanos de origen persa, Hassan y Abbas, que organizaban reuniones las cuales tomaron el nombre informal de academia en el siglo XI para fomentar el intercambio de ideas. 

Mi estancia en Khiva fue corta pero aprendí mucho sobre su historia. A principios del siglo XX había 65 madrasas en la ciudad, 54 de ellas dentro de la ciudad amurallada o Ichon-Kala. El Khanato de Khiva duró hasta 1920, cuando el último Khan, Abdullah Khan, abdicó y entonces se creó la República Popular Soviética de Khorezm. Esta república duró hasta 1923, cuando la efímera República Socialista Soviética de Khorezm (RSS) nació el 20 de octubre. Siete días después, parte de Khorezm se integró en la RSS de Uzbekistán, mientras que el resto pasó a ser parte de la Región Autónoma de Karakalpak y de la RSS de Turkmenistán. 

Debido a sus monumentos y edificios bien conservados, el Ichon-Kala  fue incluido en la lista del Patrimonio Cultural Mundial de la UNESCO en 1990. Hay 51 estructuras monumentales antiguas y casi 250 viviendas preservadas, incluidas las madrasas de Alla-Kulli-Khan, Muhammad Aminkhon, Muhammad Rakhimkhon, los mausoleos de Pahlavon Mahmoud, Sayid Allavuddin, Shergozikhon y varios caravasar. 

Me pasé la tarde perdiéndome entre la red de calles estrechas y callejones, hablando con comerciantes y artesanas. Por toda Khiva vi docenas y docenas de chugirmachiliks, los sombreros de lana típicos de la región de Khorezm. Se cree que ayuda a mantener la cabeza fresca en los días calurosos de verano y cálida en los días fríos. Docenas de bufandas de seda estampadas cuelgan al viento junto a manteles bordados y cubrecamas. Platos de colores y teteras yacen al sol. 

El tallado en madera tradicional tiene una historia antigua y rica aquí, y algunos de los ejemplos más bellos se pueden ver dentro de la Mezquita Juma (mezquita del viernes), quizás mi lugar favorito en Khiva. La mezquita tiene un patio interior con un puñado de bancos a su alrededor. Después de mostrar mi boleto a la entrada, una sensación de paz me invadió. Me quedé de pie por un momento observando un delgado velo de luz cayendo en ángulo y coloreando el piso con rayas amarillas. Sólo se oía el murmullo de una guía turística hablando con una pareja. Las columnas de madera, 213 en total, dan una sensación de profundidad y perspectiva por todas partes. Llamadas karagacha, las columnas de olmo tienen sinuosos motivos tallados en ellas. De las karagacha originales sólo se mantienen cuatro. 

Antes del atardecer decidí subir los 120 escalones hasta la cima del minarete Islam Khoja, construido en 1910 y de casi 60 metros de altura. Es una escalera estrecha y los escalones parecen haber sido hechos por atlantes pero la vista de 360 grados de la ciudad bien vale la pena. A unos cuantos metros del minarete se encuentra la antigua escuela de la comunidad rusa, y que ahora se ha convertido en un museo de fotografía dedicado a Khudaybergen Devanov. De las paredes cuelgan fotografías en blanco y negro, la mayoría retratos de hombres barbados portando chugirmachiliks en poses solemnes, mujeres con vestidos típicos y sonriendo. Nacido en 1878, Devanov descubrió la fotografía gracias a un inmigrante alemán, Wilhelm Penner, un menonita de la zona del Volga (actual óblast de Saratov) que había aceptado la oferta del Khan de Khiva para vivir en la región. Penner se conmovió al ver el entusiasmo del joven Devanov y al final le obsequió todo su equipo fotográfico. 

—Devanov fue el padre del retrato en Uzbekistán—me dijo el conservador del museo, y apuntó hacia la foto de un hombre de barba blanca y bigote con las puntas torcidas hacia arriba. Vestido con la típica toga uzbeca, su mirada es la de un hombre que no tiene miedo. Parece observar al retratista con resignación. 

—Tuvo un final triste—murmuró el conservador—. Esto es de lo poco que pudimos conservar. 

En 1938, Devanov fue acusado de ser «enemigo de la nación» y después de un arresto breve, fue ejecutado en la prisión de Yangiyul. Miles de intelectuales en toda la Unión Soviética desaparecieron durante las purgas de Stalin. 

De las especialidades típicas probé el Shivit Oshi o fideos sumergidos en una infusión de eneldo. La pasta tiene un color verde profundo y el sabor al eneldo es delicado pero persistente. Bajo un cielo sin nubes, comí un plato de arroz pilaf, que es preparado con uvas pasas, zanahorias y cordero cocido. Tres músicos envueltos en sus togas entonaban canciones del folclor uzbeco mientras una mujer se pasaba por entre las mesas bailando con las manos al aire. Gatos de ojos grandes observaban pacientes a los comensales, sus colas golpeando el piso con suavidad. 

El postre fue lo que cerró la noche. Los melones de Khorezm, en todas sus variedades (Gurvak, Kari Kiz, Bol Kovun) son jugosos y fragantes, mientras que las peras, tan pequeñas como un colibrí, parecen agitar sus alas de sabor al entrar a la boca. Sentado a la mesa, levanté mi vaso de vodka y observé los minaretes alzarse hacia el cielo, testigos del pasado y de lo que vendrá, y brindé por la hospitalidad de la ciudad. 

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