El cartero

© Bansky Editions

Benjamín Pacheco

El pugilista yace amasado en la camilla. Costal inquieto; pedacería que se reajusta. Las heridas del combate dejaron una marca de islotes morados por hombros, pecho y abdomen. Sus brazos son los puentes derrumbados, unidos a manos incapaces de sostener la hoja de un libro. Respira como automóvil averiado: se contrae, se detiene, arranca y se colapsa. Es una inflamación que palpi- ta. El brillo de sus cicatrices es intermitente.

Las piernas no reconocen el tronco que se agita. Saben que tenían que sostenerlo, aguantarlo, alejarlo del adversario. Al final lo llevaron a esta cama. Esperan que despierte y les ordene llevarlo de nueva cuenta a la arena. Este cuerpo es las piedras reunidas después del baile con el mazo. Arrecife sangrante, cordillera detonada. En la cara rebota el eco de los versos susurrados por otros guantes.

Traigan a los mecánicos, a la industria y sus obreros para remover la carne y desenterrar la mirada. Alguien construya un puente para unir el cabello con la frente; sumerjan palancas, vigas y tuberías para levantar esa nariz. Vacíen las nubes para limpiar la sangre; que los reos sostengan los labios mientras laboran las costureras.

Avisen al guardia: que mate al que entre al casillero con un espejo.

II

El cráneo de Mario El Cartero Kauffman parecía un pato escondido bajo dos arbustos de piel. Izquierda, derecha, finta, más abajo, derecha, finta, eran los pasos para evitar la embestida de un par de puños veinte años más jóvenes, más arriesgados, más hambrientos, que lo habían estado cazando a partir del segundo round. El recinto de la arena era un mar de flashes, en el que navegaban vasos de cerveza y mentadas de madre. Típico de una función de box de sábado por la noche.

El aire eleva el apodo de Mario de un lado a otro, lo sube y baja hasta quemarse contra los focos que tiemblan pegados al techo. La palabra Cartero une a las gargantas, guía el brillo de los ojos, son sie- te letras formando un himno hasta que las lenguas vuelven a encharcarse en la cerveza.

Derecha, derecha, finta, izquierda, abajo, finta, revés, giro, finta. No, detente, no sigas, error, regresa la cabeza, ordena la retirada de la frente, clava una estaca en los ojos para evitar el movimiento, que alguien amarre un grillete al cuello para frenar este avance.

Es tarde. El miedo y el sudor escurren entre el guante y el rostro, ya casi llega, se evapora el aire, es el puño, son todos los puños…

III

Rosenda De Sanctis está sentada en la fila cuatro, asiento 39, de la parte derecha de la arena. Al igual que ella, al menos veinte mujeres aprietan una car- ta entre sus manos; otras llevan la misiva entre el sostén y el pecho. Bajo las medias. Rosenda tiene 18 años y porta un vestido de flores. Lo compró después de ahorrar durante un mes de trabajo en la maquiladora. Los zapatos son de segunda, pero los milagros del boleado y la costura los hacen lucir de primera.

El que entienda de miradas, comprenderá el resplandor de Rosenda: está enamorada. Entre la pes- taña y la pupila se desvanecen las multitudes; los gritos se desintegran; es inalcanzable para los guardias que desean pasarse con ella. Ahí sólo cabe una figura atlética que sigue un vals en la partitura de las cuerdas, la sombra que gira en el cuadrilátero, la promesa de una Iglesia, una casa en el campo.

Si pudiera, los puños de Rosenda cubrirían el cuerpo de Mario. Su piel sería un escudo dispuesto a soportar la cascada de un par de guantes. Pero apenas es un tallo sacudido por el viento, que contempla a lo lejos, la tormenta que despedaza un muro.

IV

El puño de José El Gallero Dresden salió de repente. Tercer brazo indetectable que detonó el dolor en el pómulo izquierdo de Mario. El impacto del jab dejó una grieta justo en el tatuaje que El Cartero solía presumir entre las mujeres del barrio. El grito femenino desplazó todos los ruidos, cuando el golpe sacudió los huesos y la carne del eterno enamorado que se colaba en todas las casas.

El entrenamiento y odio acumulado por El Gallero finalmente coincidieron en un punto para desmoronar al conquistador de mil camas.

En ese guante viajó la venganza de maridos engañados, el recuerdo de un hermano golpeado a la brava, la hermana robada del propio José. Los hombres aplaudieron de pie, a brincos, se desgreñaron ante la caída del rival.

Esa noche, Mario peleó contra mil hombres, pero bastó un puño para derribarlo.

Esa noche, Mario enamoró de nueva cuenta a mil mujeres, pero bastó un puño para que todas fueran lastimadas.

El boxeador giró hasta el piso, las cartas brotaron de los senos. Rosenda lloró el manantial.

Oscuridad. Silencio.

Cuentos del sótano II, Endora Ediciones

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