En busca de la igualdad mediante la forma

Manel Costa

Fui un hombre preocupado por captar las medidas de las formas. Me encontraba sumamente obsesionado por la estrechez de ciertos vacíos, para llenarlos con las proporciones de las cosas. Esto, que podría parecer una locura, era en mí producto de una serie de meditaciones y conjeturas tremendamente largas y consecuentes.

Mi idea consistía en rellenar todo el espacio vacío, pero no con objetos sino con sus dimensiones, para así, una vuelta cumplido tal propósito, poder acoplar cualquier cuerpo en el espacio deseado. Es decir, hurtar el volumen de los entes materiales.

En un principio las cosas no salían como yo esperaba (aunque la perfección que da la práctica estaba ausente), pero tan pronto la experiencia y la costumbre fueron limando equívocos y errores, las cosas empezaron a funcionar con una suavidad y celeridad sorprendente. Lo más difícil de conseguir fue despojar de medidas a los seres humanos. Estos, en buena lógica (si bien relativa y errónea), se oponían, ya que sabían los problemas que la falta de escalas, calibres o dimensiones les produciría. Lo que no alcanzaban a ver, a otear, a vislumbrar, a comprender, eran los beneficios que esta situación les supondría. Como siempre el hombre necesitaba ser empujado para cambiar, para salir de su entorno. Como siempre, el hombre, tan pronto se vio fuera de su contexto habitual (aunque transitorio) se echó mano a sus vergüenzas para cubrirlas (esas vergüenzas que el tiempo y el lugar cambian constantemente); cada uno tapaba lo que creía que tenía que esconder a su enemigo (porque en esos trances de desnudez, todos, absolutamente todos, son enemigos): sus costumbres, su inocencia, su sabiduría, sus propósitos, sus recuerdos, sus vacilaciones, sus querencias, sus anhelos, etcétera. Una vez en el lugar donde todos se encontraban desprovistos de medidas, se dieron cuenta de que todos, sin excepción, eran iguales.

Mi error fue tremenda. El Universo se llenó de risas de satisfacción insalubre, de sollozos y de igualdad. La eternidad fue pequeña para acoger los gemidos, las quejas, las fatuidades. Y estos mismos gemidos se llenaron con nuevos llantos, con nuevas risas. Y mi mente, donde todo estaba, estalló sin posibilidad de recomposición.

Ya me lo decía mi madre: “hijo, no te olvides de cepillarte las pestañas antes de acostarte”.

Podría también gustarte...