Recuerdos de ayer

© Marc Fishman

Víctor Manuel Durán Ramírez

I

Al despertar Celeste

El sol se asoma por el horizonte, la mañana pinta para ser fresca, la brisa matutina recorre mi cuerpo, recostada sobre una hermosa playa… ¿qué más puedo desear? Todo es tranquilidad, todo es paz. Pero, ¿cómo llegué hasta aquí? ¿Qué es esta opresión en mi pecho, en todo mi cuerpo? ¿Por qué siento no respirar? Creo que no importa, me- jor disfruto del espectáculo que me ofrece este amanecer que me sabe al primero y al último. Ten- go puesta la ropa de ayer, la fiesta debió prolongarse, como siempre, pero hoy hay algo diferente, mi voluntad ha sucumbido a los días y a las noches.

Ayer recibí una llamada, de trabajo claro, este teléfono sólo suena para trabajo, la misma rutina del fin de semana, ¿qué más hacerle? Hay que agradecer el trabajo y hacerlo con la mejor disposición, aunque se trate de esto.

Mi hermana Aurora es muy inocente, cursa cuarto grado de primaria y está orgullosa de mí, soy su única familia, esta noche se irá con una amiga como siempre, como siempre que trabajo; mi ropa impe- cable, lista desde las tres de la tarde; será un buen día, el trabajo suena prometedor, un excelente pago y viáticos, no es la mejor forma de ganarse la vida pero es una forma muy redituable.

Aurora, ¿por qué pienso en ella?… ahora solo es- toy aquí tendida recostada sin saber muy bien por qué. Mis recuerdos son vagos, como sueños a punto de irse al olvido, las luces de la fiesta regresan poco a poco a mi mente, el pesado ambiente, la música fuerte, mi triunfal baile, las bebidas, el festejado… ¡El festejado!, demasiado ímpetu, quería algo más pero yo sólo bailo, su idea era sólo una, una idea que no se esfumaría tan fácil… ¡Hacerme suya!… recuerdo el forcejeo y lo que ocurrió después…

II

Crónica de Víctor Durán

—Una patrulla anda cerca, debemos apresu- rarnos…

—Ya está, ahora camina como si nada pasara…

—Qué bien, nadie ha visto nada…

Al despertar, los hechos de la noche anterior rondaban mi cabeza como fantasmas, atormentándome, voces en mi cabeza retumbaban como pasos en una vieja catedral. La cruda moral y algo de resaca me asechaban. Pero no había vuelta atrás, lo que estaba hecho, hecho estaba ya… Entonces me surgió una duda… ¿Por qué? Como cuando un relámpago cruza el cielo, llegó a mí el recuerdo y, por ende, la respuesta a mi interrogante…

Todo marchaba como se planeó, las bebidas, los juegos y la música, ¡la mejor despedida de soltero!… Mi amigo Eduardo se casaría a las seis de la tarde del día siguiente, una de esas bodas al atardecer, en la playa, meticulosamente planeada con años de anticipación, y por fin mañana sería el gran día.

La estruendosa música difícilmente dejaba escuchar los pensamientos, los efectos del alcohol ya se dejaban ver a las dos de la mañana, pero lo mejor aún estaba por venir.

Alguien del trabajo le contrató a Eduardo una bailarina exótica… Hicieron su presentación y todo mundo quedo en silencio, se adecuó la música para la ocasión, y el festejado estaba en primera fila, un pequeño escenario improvisado, un par de velas, todo estaba listo.

Y comenzó el espectáculo, no puedo decir cuánto duró aquel baile lleno de meneos de su pronunciada cadera. Sonaban cientos de gritos y silbidos de los asistentes, al final ella le deseó el mejor matrimonio al futuro cónyugue y con un beso en la frente se despidió de él.

Al dar las cuatro de la mañana era hora de terminar esa modesta fiesta en el penthouse que tengo en Cancún, que presté para la celebración de esta fiesta, en honor a nuestros ya muchos años de amistad. El lugar parecía circo, con uno que otro truco trapecista y contorsionista; los invitados, ya inmersos en el alcohol hacía horas, salieron del departamento agradeciendo y felicitando a la vez al prenupcial.

Al final sólo quedamos mi amigo y yo, él ya tenía un buen rato dormido, no quise molestarlo, estaba tendido en el sillón, así que lo dejé dormir pues quien le esperaba en la playa vestida de blanco ameritaba un buen descanso previo.

Me iba a mi recámara a descansar de la fiesta, cuando vi encendida la luz del baño de invitados, fui hacia allá a apagarla. Entre y la apagué, como en automático; al dar dos pasos de nuevo hacia mi recámara, me detuve, algo en el baño llamó mi atención con efecto retardado.

Regresé al baño, encendí la luz, y allí estaba, el cuerpo de la bailarina, en la regadera… Bañado en sangre, inmediatamente el alcohol se evaporó de mi sistema. Corrí a la sala a despertar a mi amigo.

—Tenemos un problema, ¡despierta!

Entre bostezos y quejas se levantó. No le dije de qué se trataba, pensé que sería mejor que lo viera él mismo. Lo llevé hasta donde yacía el cadáver. Al igual que yo en un segundo recobró la sobriedad y despertó de golpe.

—¿Qué es esto? —dijo con la expresión del más puro miedo.

—¿Qué vamos a hacer? –le dije preocupado–, si la encuentran aquí culparán a alguno de nosotros .

—¡Esto no está pasando! ¡No puede ser! ¿Por qué? ¿Qué vamos a hacer? ¿Que has hecho? —mi amigo tenía un ataque de pánico e histeria, justificable claro, por la magnitud de lo que había en la regadera.

—No fui yo… ¡cálmate!, cuando entré ya estaba aquí, pensaremos que hacer.

Envolvimos el cuerpo con la cortina de la regadera. Eduardo repetía una y otra vez, ¿qué estoy haciendo? ¿Qué hago? ¿Por qué pasó esto?… Yo intentaba aún y sin éxito calmarlo… Como pudimos sacamos el cuerpo envuelto en la cortina, entre sábanas y ropa sucia, hasta la camioneta de Eduardo.

Buscamos por media hora un lugar solo y alejado, dónde ocultar esa carga… Dejamos el auto escondido y nos llevamos el cuerpo cargando, pues el color blanco y el tamaño nos delataría. Llegamos a una de esas playas vírgenes y rocosas, pensamos en ocultar ahí la evidencia, y así lo hicimos. De pronto hubo luces rojas y azules… Sólo un operativo para proteger esas playas y mantenerlas en buen estado. Regresamos a la camioneta y nos fuimos. Nadie nos vio.

Eduardo insistía: ¿por qué? ¿Cómo?

Le dije: —Deja de pensar en eso, en unas horas te casas… además tú no tuviste nada que ver, algún invitado hizo eso, pero hemos enterrado la evidencia. Nadie sabrá nunca nada. Yo no diré nada.

Tenía que protegerlo de la verdad de lo que había pasado, tenía que protegerlo de él mismo, no recor- daba lo que había hecho, si se lo decía no habría podido vivir jamás con ese peso en su conciencia.

Mejor para él que no recordara nada, como quiera yo puedo cargar con eso. Aun es mi amigo, no pienso decir nada.

III

Crónica de Celeste

…lo que sucedió después, de alguna manera llegamos hasta la bañera, quería “privacidad”.

—Déjeme –le repetía una y otra vez, pero hacía más caso a su libido, ya inmerso en el alcohol no entendía razones.

—Su amigo me pagó sólo para bailar no para esto Señor –le dije.

Mis argumentos eran inútiles. Me empujó, caí en la bañera.

—¡Ya déjate, te gustará! —me decía con expresión enajenada.

Fue hasta la bañera y se recostó sobre mí. Yo luché con todas mis fuerzas, pero parece que el alcohol le había dado poder sobrehumano, o ¿sería que me debilitó perder sangre por el golpe con el borde de la bañera? No lo sabré, sólo sé que la habitación se quedaba en silencio, y la luz se hacía más tenue… lo último que recuerdo: la puerta del baño abriéndose, alguien entrando, me veía detenidamente, recuerdo que intenté balbucear, pero él me arrojó algo en la cara, no logré reco- nocer de qué objeto se trataba, luego salieron de la habitación…

El sol de medio día entra por algunos pliegues de la cortina de baño, que siento como un yugo envolviendo mi cuerpo. La comodidad va desapareciendo, lo que había visto como un hermoso y prometedor amanecer, ahora está vacío… literalmente falto de vida, sin sentido. ¡No, esto no tiene sentido!, hay alguien que me espera, no puedo quedarme aquí; sin embargo, por más intentos que haga… de nada servirán… Aurora suspiró en mi mente.

Resignada observo a mi alrededor, unas gaviotas, muchas rocas, un travieso cangrejo se pasea cerca de “mi” cortina, el oleaje suena cálido, me invita a irme, a caminar dentro del mar… ¿Qué más da?, me despido de mí misma, de la que yace envuelta y mal escondida en esas cortinas debajo de tantas rocas, colocadas a propósito sobre mí.

El mar, ya crece ya se contrae, como una melodía fría, fúnebre, como si supiera por lo que estoy pasando. Recorro aquel paraje desolado, por toda la orilla de la costera. El tiempo ya no tiene sentido, no sé cuánto llevo caminando. Risas, susurros, música, creo que llegué a una fiesta, al parecer es una boda, así es, ¡una boda!

La curiosidad me atrae hasta donde se encuen- tran los futuros esposos, me encantan las bodas, siempre soñé con casarme, pero algo me dice que ya no lograré ese sueño… El lugar luce hermoso, con decorado elegante pero casual, perfecto para la playa, debió tomar mucho tiempo planear esta boda, no hay detalle fuera de lugar, excepto quizás yo, pero ellos no lo saben.

Llego frente a los novios… ¡Qué bonita pareja!, pero hay algo familiar en el rostro de él, siento que lo he visto antes, pero no logro recordar bien. ¿De quién se trata?, recién lo ví, estoy segura…pero ya todo lo que fui en vida se ha escapado de mi mente, casi por completo… como sea, les deseo que ten- gan una bonita vida juntos.

Me quisiera quedar pero tengo que irme, alguien a lo lejos me llama, este mundo ya no es para mí, y por alguna razón siento que él me llevará al mundo que me corresponde.

—¡Aurora! –¿por qué dije eso en voz alta?–, ¿Aurora? Suena conocido, pero no sé quién es.

Una luz intensa me rodea, mi instante final en este mundo, qué curioso que lo último que dije antes de partir no tenga sentido aparente: ¡Aurora!

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