Historias contadas en los tiempos de cuarentena

© Esmee Teeuw

Alina Dadaeva

No salgas del cuarto,  no cometas el error, aconsejaba Brodsky en uno de sus poemas.
          Parece que previó nuestra situación epidemiológica.
          O tal vez vez se dirigía a las mujeres. A Brodsky le incriminaban sexismo. Cuando una vez le preguntaron cuál era su visión del movimiento de liberación de mujeres, respondió: “Negativa”. Años antes, trabajando en el Mount Holyoke, una universidad privada de Massachusetts para mujeres, dijo: “Me siento aquí como un zorro en un gallinero”. Soy hombre y nada machista me es ajeno. Siempre y cuando no se trata de poesía.  La persona que “bautizó” en la literatura al Premio Nobel fue mujer, Anna Ajmátova. El poeta más grande del siglo XX, según Brodsky, era mujer: Marina Tsvietáieva. Así la nombró en una conferencia en Amherst en 1992. 

          No salgas del cuarto, mujer, si quieres pensar y crear.
          Amherst. Emily Dickinson. 1866. La poeta se encierra en su casa, donde pasará los siguientes veinte años.
          México. Juana Inés de la Cruz. 1668. Juana Inés ingresa al convento de San Jerónimo (actualmente la Universidad del Claustro de Sor Juana) y permanece allá el resto de su vida.
          Sacro Imperio Romano Germánico. Hildegarda von Bingen. 1112. La joven de catorce años se enclaustra en el monasterio. La sibila de Rin, una de las primeras, por no decir inexistentes, intelectuales-mujeres de la Edad Media. Monja, escritora, compositora, filósofa y científica, médica y naturalista, mística y profeta. Tuvo suerte:  la canonizaron en 2012. Tuvo más suerte que su antecesora, Hipatia de Alejandría, filósofa y matemática de Grecia Antigua, a quien, por su demasiada influencia en el medio político, asesinaron, destrozando su cuerpo y arrancándole los ojos. La que tenga ojos, que no vea.  Ni una menos. 

          No salgas del cuarto y si no tienes una bella casa con jardín o un monasterio a tu disposición, escóndete en un burdel. Vende tu cuerpo (si es la única forma de ser dueña de tu cuerpo) y escribe textos filosóficos sobre la sexualidad y emocionalidad femenina, cantos o poemas como las famosas cortesanas: la italiana Tulia de Aragón,  la árabe Kaina Arib o la china Xue Tao.

Las ramas se encuentra con los pájaros
que se posan sobre ellas.
vienen del norte y del sur,
las hojas se mecen con cada compás del viento.

          Dicen que cuando el padre de Tao leyó este poema de su pequeña, se entristeció: la sensualidad de los versos predicaba su futuro. Hoy en día en Chengdu, provincia de Sichuan, hay un museo de su hija, y en Venus, planeta de nuestro sistema solar, un cráter que lleva el nombre de Xue Tao.

            No salgas del cuarto, disfrázate de hombre, ocúltate detrás de un nombre masculino. ¿Quién va a leer a una mujer? ¿Qué puede escribir una mujer?
          Ellis Bell, el autor de Cumbres borrascosas, 1847.
          Currer Bell, el autor de Jane Eyre, 1847.
          Harper Lee, el autor de Matar a ruiseñor, 1960 (Lee optó por su segundo nombre “masculino” Harper en vez del primero, “femenino”, Nelle). 
          J. K. Rowling, el autor de Harry Potter y la Piedra filosofal, 1997 (la editorial Bloomsberry le recomendó a Joanne utilizar los iniciales puesto que “a los niños parecerá poco atractivo un libro escrito por una mujer”).
          Amantine Aurore Lucile Dupin de Dudevant. George Sand. Un cigarro, pantalones de hombre y un seudónimo masculino. Esta vez para siempre.

          Una mujer debe tener una habitación propia para contar historias. Sobre todo en los tiempos del cólera.  Inspirada en cuarentena por aquellos personajes de Boccaccio encerrados en una casa en las afueras de Florencia en los tiempos de la peste bubónica de 1348, les contaré una historia ad hoc.

          Todo inicia en el año 1922 cuando la joven microbióloga soviética, recién egresada de la facultad de medicina, Zinaida Yermólieva, en plena epidemia del cólera en la región de Don, se contagió a si misma. Bebió una solución con la bacteria vibrio, semejante a la vibrio cholerae, principal causante del cólera, para comprobar que ésta también provoca la dicha enfermedad. 
          Así, Yermólieva, cuyo nombre posteriormente fue otorgado a este tipo de vibrio, dio la primera batalla en su larga lucha contra el cólera (gran amante de la música de Chaikovsky, Yermólieva desde la adolescencia quiso combatir la enfermedad que mató a su compositor favorito).
          A sus 27 años de edad Yermólieva era la Jefa del departamento de bioquímica microbiana de la Academia de Ciencias de la URSS. Allí inició sus investigaciones sobre bacteriófagos. En 1942 desarrolló el primer antibiótico soviético derivado de la penicilina conocido como krustozin, lo que salvó, en la Segunda Guerra Mundial, a cientos de miles de vidas. El mismo año, durante la batalla de Stalingrado, Yermólieva, junto con su equipo de médicos, fue enviada a la ciudad para prevenir la epidemia de cólera en la población, puesto que las tropas alemanas sufrieron el brote de la enfermedadad. La infección amenazaba con proliferarse entre los habitantes de Stalingrado. Abastecer a los ciudadanos y al Ejercito Rojo con los bacteriófagos de cólera fue la tarea número uno, pero los doctores llegaron a Stalingrado con las manos vacías: el tren con los medicamentos fue bombardeado. 
          Yermólieva no se rindió. Logró construir un laboratorio improvisado, donde aisló vibrios de cólera de los cuerpos de los alemanes y organizó la producción de bacteriófagos. Diariamente sus colegas vacunaban a cincuenta mil personas. El cólera fue erradicado. A Yermólieva le otorgaron el Premio Estatal de la Unión Soviética, que ella donó para la construcción de un avión de combate, el cual llevó después su nombre. 

          Zinaida Yermólieva, la vencedora del cólera, la amenaza aérea, “la Señora Penicilina”.
          Margarett Ann Bulkly, cirujana británica, primera mujer cirujana, que para salvar vidas debió fingir ser hombre y llamarse James Barry (a Bulkly nunca la descubrieron, sino hasta después de su muerte, mientras preparaban su cuerpo para el entierro).
          María Sklodowska-Curie, científica polaca, pionera en el campo de la radiactividad, primera persona en recibir dos premios Nobel en distintas especialidades: física y química.
          Valentina Tereshkova, cosmonauta soviética, décima cosmonauta en el mundo, primera mujer en el cosmos. 
          Irena Sendler, enfermera polaca, que arriesgando su vida salvó más de 2 500 niños judíos condenados a ser víctimas del Holocausto. 
          Rosa Parks,  “La primera dama de derechos humanos”, “La madre del movimiento de la liberación”, “La rosa negra de la libertad”. En 1955 se negó a ceder su asiento en un autobús a una persona blanca, inspirando de esa manera el Boicot de autobuses de Montgomery, la protesta que llevó a la cancelación de la política de segregación racial en el transporte público.
          Catalina la Grande, emperatriz de la sexta parte del mundo a lo largo de 34 años, que convirtió Rusia en el imperio del arte, la cultura y la educación.
          Cleopatra.
          Nefertiti.
Y aún después de su presencia en la historia, así como de otras tantas grandes: reinas, escritoras, científicas, doctoras, ingenieras —hoy en día muchas mujeres todavía sienten la necesidad de luchar por sus derechos de expresarse y  expresar su desacuerdo con el sistema patriarcal, de trabajar y trabajar en las bases de la igualdad de género, de vivir y vivir tal como deciden, de ser mujer y ser libre. Parece que el mundo es un teatro del absurdo y todos los hombres son machistas. Pero no todos. Afortunadamente, no todos. Para que el humano logre levantarse y caminar se debe sostener sobre dos piernas. El mundo sigue existiendo porque se sostiene sobre dos géneros. Córtale una pierna y el coloso caerá. Los que aún no lo entienden están sujetos a extinción. Ni uno más.
          En la marcha del 8 de Marzo de este año participaron más de 80 mil personas (una semana después el coronavirus y la idea de aislamiento social empezaron a construir su reino en la mente de los mexicanos). Algunos de los manifestantes eran hombres. Un día antes, en el mercado, un vendedor de fruta me dijo que le tocaría trabajar tres días seguidos porque el día ocho su esposa iría a la marcha y, el nueve, se uniría al paro. “No es fácil chambear solo durante tanto tiempo, pero hay que apoyar”,  me dijo. La revolución empieza desde arriba. La evolución empieza desde el pueblo. El pueblo empieza desde el mercado. La evolución está en marcha. Si hay mujeres dispuestas a proteger su ser, habrá hombres dispuestos a apoyar. Así como lo hace mi vendedor de fruta. Así como lo hicieron nuestros colaboradores-hombres de distintos países para que este número internacional de La Otra, dedicado exclusivamente a las escritoras fuera posible. El coloso está bailando bossa nova, como diría Brodsky.

No salgas de tu cuarto. Dale vida a tus muebles.
Fúndete en la pared. Mueve el armario. Aíslate
así de cronos, cosmos, eros, rasa, virus.

Ahora sólo del virus. 

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